Libro: Tristicruel

Luis Carlos Díaz

En la portada de Tristicruel aparece el autor mismo, difuminado, sosteniendo un cartel que dice Lea este libro. Quizás es una receta de médico urbano, quizás es la bienvenida al país de las maravillas que es la Caracas real. Abres la primera página y se te monta un muchacho en el autobús por puesto, posiblemente el mismo Domingo con diversas máscaras, y se convierte en vendedor, cuentacuentos, cronista y fabulador. En el bus te entrompa y avisa que escribirá el libro en lenguaje caraqueño, así que arranca:

Buenastardes señorayseñore pasajeroj. Porfavor esas buenas tardes…. Gracia poresas buenastarde. Bueno la verdá no quisiera fastidiarlos nincomodarlos yoséquesto fastidia. A veces uno está enuna camioneta y se montan como cuatro pana por viaje, así, a mostrar fotos de niñasyniños enfermas y la verdad es que ya nadie losmira ni lesda nada… La verdá, es que ya nadie se comesecuento —¿Usté no se lo come verdá seño?

TristicruelPero ocurre lo previsible: te comes el cuento. Te comes los cuentos. En dos viajes de bus te subes a las páginas de Tristicruel y te asomas a la ventana que escribió un joven de 27 años, parte de la revista Arepa y otros colectivos urbanos, que no cree es en nadie pero le tiene una inmensa fe a nuestra capacidad para llevar adelante este fardo de horrores cotidianos.

El libro de Michelli tiene esa característica de los amantes despechados que saben decirse las verdades a la cara mientras intentan un abrazo y lloran. Pero luego pasa una jauría de perros callejeros, que son como los brazos extendidos de un mendigo, los brazos con colmillos de un habitante de esta capital golpeada, y te enterneces o te ríes.

La brutal actualidad del libro exige que tras cada andanada de cuentos, revises que de verdad se trata de ficción, o que la verdad ya no importa. Hay un código secreto en esta generación de escritores, marcados por el conflicto político, el absurdo y la hiperrealidad de la crisis, que difumina fronteras literarias. El libro es de los que construye un mundo de referencias superpuestas a la ciudad, es como realidad aumentada y retorcida sin mucho esfuerzo. Basta refugiarse con los damnificados de “Todos, todicos, todos” para entender otra dimensión de las familias que llevan cuatro años hacinadas en edificios invadidos y estacionamientos de Caracas, esperando por las casas que el Gobierno prometió pero aún deben.

Ricardo Ramírez Requena, escritor y crítico literario, pregunta y responde sobre esta curiosa obra:

¿Qué es este libro?, ¿autoficción, testimonio, crónica? No es cuento ni novela. Es narrativa. Eso lo creo. Construye sus historias a partir de la fidelidad oral al lenguaje caraqueño. Se construye a partir de múltiples historias (reales, ficticias) de la ciudad de Caracas. Historias tristes y crueles, pero no menos reales. No es cuento, no es novela: son narraciones que dan testimonio de la podredumbre del mundo. De nuestro mundo.

Y luego las páginas de Domingo Michelli lo confirman con sus historias de barrios escondidos en la ciudad, suerte de paseo por dimensiones solo imaginadas antes por Otrova Gomas y que de tan contundentes, ubicas desde el autobús donde el autor sigue contando sus cuentos.

Otro relato maravilloso es la “Lectura peatonal” que hacen distintos postes de luz sobre la ciudad, algunos en la sórdida avenida Libertador, otros tapados por un árbol en medio de la violencia nocturna. Tristicruel es un retrato entrañable de este presente tan brutal.

Michelli no estuvo en la presentación de su libro. Pero habita en él.

*Miembro del Consejo de Redacción de SIC.

Título: Tristicruel

Autor: Domingo Michelli (1987-2014)

Editorial: Bid&Co

Páginas: 130

Año: 2014

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