La razón desarraigada

Wooldy Edson Louidor

espacinsular.- Al ver tantas escenas de barbarie, uno se pregunta si estamos haciendo uso de nuestra razón. ¿No se ha desarraigado la razón de nuestras mentes, de nuestras estructuras mentales, de nuestras sociedades, de nuestros sistemas políticos, económicos e incluso de nuestra supuesta “civilización”?

EDSON

Escenas de sinrazón

Un joven blanco, muy decidido, entró a una iglesia metodista en los Estados Unidos de América y mató a 9 afroamericanos; la Policía lo arrestó decentemente, mientras que esta misma Policía está acostumbrada a maltratar e incluso matar a jóvenes afroamericanos totalmente indefensos. Circulan en Internet imágenes contrastadas de ambas escenas que muestran cómo paradójicamente “funciona” el sistema policiaco racista en el país más poderoso del mundo, dirigido por un presidente afroamericano.

El gobierno dominicano decidió repatriar masivamente a cientos de miles de migrantes haitianos y convirtió irracionalmente en apátridas a más de 250.000 dominicanos de ascendencia haitiana, amenazados también de expulsión. El Estado dominicano mantiene ciegamente su decisión a pesar de la advertencia de sus mismos ciudadanos (por ejemplo, los que residen en Nueva York), de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y tantos actores internacionales.

En Haití varios ciudadanos critican e incluso culpabilizan a “esos” migrantes haitianos repatriados de la República Dominicana, por haber emigrado al país vecino y por haberse atrevido a tener hijos en un país que no los quiere. Uno se pregunta: ¿Haití quiere a sus propios hijos? ¿La élite de este país, que se cree más francesa y estadunidense que haitiana, se ha mostrado -en algún momento de la historia- solidaria con las masas haitianas, hundidas en la miseria y la exclusión?

En Colombia un proceso de paz está en marcha entre el gobierno nacional y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC); sin embargo, la guerra sigue matando y enlutando. Por un lado, se busca la paz; y por el otro, se intensifica la guerra.

Un jugador de fútbol, uno de los mejores del mundo, se hace expulsar puerilmente en un partido en la actual Copa América Chile 2015 (por el puro deseo de vengarse personalmente de un jugador del equipo contrario), cuando él es el capitán y la estrella de su equipo.

Los escándalos de corrupción en el seno de la FIFA dejan muy desilusionados a los fanáticos del balompié y nos hacen preguntar cómo esto pudo haber ocurrido con el deporte más popular del mundo.

Estamos perdiendo la razón

Las escenas arriba mencionadas y varias otras tienen un denominador común: evidencian cómo la razón está desarraigada de nuestro mundo. Jóvenes, viejos, autoridades públicas, deportistas, universitarios, etc.… estamos perdiendo la razón. Literalmente.

Tomamos decisiones, reaccionamos sin pensar o pensando de una manera totalmente equivocada. Creemos que podemos hacer lo que “nos da la gana”, sin pensar en las consecuencias nefastas para la sociedad e incluso para la humanidad.

¿Estaremos ante una crisis mundial: la pérdida de la razón? ¿Por qué tanta terquedad? ¿Tanta ignorancia? ¿Tanta insensibilidad al dolor ajeno? ¿Tanta sinvergüenza?

Decía el sociólogo polaco Zygmunt Bauman que la modernidad ha edificado sus propios monstruos, entre ellos la colonización y el nazismo. Que los sueños de la modernidad se han vuelto pesadillas. Que la civilización ha creado sus barbaries. Y que lo peor de todo esto es que la modernidad se ha atrevido a considerar “anti-modernos” o “pre-modernos” estos monstruos, pesadillas y barbaries que ella misma engendró.

Algunos se atreven a afirmar que el racismo es la única construcción moderna que la inteligencia colectiva ha logrado edificar y mantener con éxito. Efectivamente “nos” sale “el racismo” no sólo en las grandes decisiones, acciones o macro-estructuras, sino en lo cotidiano y en nuestras reacciones más espontáneas.

He visto y vivido personalmente cómo el racismo saca sus garras cuando a un negro lo nombran o lo ascienden a un puesto jerárquico, o cuando muestra que es el estudiante más talentoso de la clase, o simplemente cuando les gana a los otros en un debate académico. El racismo suele ser la reacción más espontánea frente a la desesperación, a la derrota… La última arma que sacamos para defendernos y poner “al negro” en su lugar. Es muy triste.

El racismo, ¿qué es hoy día? ¿Es resultado de la barbarie que resurge con fuerza en pleno siglo XXI o es producto de una modernidad “colonial” que quiere construir sociedades perfectas y homogéneas y, para lograr este fin, utiliza los medios más bárbaros (la desnacionalización, la repatriación, la matanza colectiva, la exclusión, etc.) como “efectos colaterales”?

Es importante mirar los imaginarios, que nos dejan ver a los monstruos que duermen dentro de nosotros.

Muchos norteamericanos creen que su país sería mucho mejor sin los afros. De hecho, los llaman “afros” porque se sobreentiende que su lugar está en África.

Varios dominicanos creen que los migrantes haitianos y sus descendientes son unos invasores y el país debe “recuperar” su independencia y su identidad (no negra) expulsándolos. Los otros dominicanos que no comparten esta locura son calificados de “vende patrias”, “traidores”, “pro-haitianos”.

Muchos latinoamericanos creen que nuestra región debe mirar hacia Europa y Occidente en general y renunciar a sus “herencias” indias y afros consideradas como “lastres” para el desarrollo.

Varios universitarios creen que la academia es el mundo “puro” (una especie de raza “élfica”) de unos seres humanos “superiores” (unos superhombres y supermujeres) que no deben ensuciarse las manos en los asuntos internos de sus países. Que la academia no es una “ONG” y, por lo tanto, sus preguntas y sus investigaciones deben ser estrictamente “intelectuales”.

Frente a las escenas de sinrazón a las que estamos asistiendo en los Estados Unidos de América, en República Dominicana, en Haití, en Colombia, en la Copa América en Chile…, debemos ser vigilantes.

Hay cuestiones de fondo que tenemos que hacernos, por ejemplo, ¿cuál ha sido el papel de la educación y de otros sistemas de reproducción simbólica que han alimentado de una manera u otra el racismo, la corrupción, la sed de venganza, el deseo de destruir al otro y tantos otros males?

¿Es posible seguir aceptando conductas tan bárbaras en pleno siglo XXI? ¿Hasta cuándo tendremos que asistir con impotencia a sus consecuencias tan nefastas para la humanidad en general?

¿Qué hacer? ¿Denunciar? ¿Llorar? ¿Buscar venganza? ¿Declarar la guerra? ¿Polarizarnos? O simplemente,  ¿tomarlo todo con “filosofía”, es decir, como parte del funcionamiento normal de un mundo que se ha descarrilado?

“El mundo ya no es digno de la palabra…/ Sólo queda un mundo/ Por el silencio de los justos”: reza el último poema que el poeta mexicano Javier Sicilia dedica a su hijo, vilmente asesinado por el crimen organizado en el país azteca.

Definitivamente, la justicia es la gran ausente en este mundo. ¿Para qué hablar pues? ¿Qué decirle a un mundo descarrilado? ¿Qué sentido le queda a la palabra ante la muerte gratuita, el sufrimiento inútil, la violencia ciega, la humanidad desgarrada y la injusticia generalizada?

El silencio se convierte en lo más razonable que existe hoy día para salvar lo que queda de dignidad a la palabra, lo que queda de humanidad al mundo. Para llamar a la razón ante la sinrazón universal.

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