Frontera de dolor

Francisco de Roux

Créditos EFEMauricio Dueñas

Llegué a Cúcuta, camino de Mérida, en la madrugada del cierre. En el puente fronterizo vi el tremendo desconcierto humano y la perplejidad económica. La frontera son hogares, comunidades, empresas legales y negocios ilegales de toda clase. Regresé a Bogotá para volar a Caracas, y hacer 700 kilómetros hasta los Andes por una autopista sin peajes, y tanqueando gasolina por 3 bolívares, equivalentes a medio centavo de dólar al cambio de la calle; mientras me preguntaba quién pagará ese costo que se acumula por millones de dólares cada día en Venezuela. En el camino vi las colas y la desolación de los comercios vacíos, con excepción de la frutas al borde de carretera en Valencia. Seguí luego, por las redes sociales, la agresión a colombianos expulsados y el drama de los que huían por temor.

Fui a Venezuela a la experiencia que, en silencio profundo, hacemos los jesuitas durante 8 días cada año, en Ejercicios Espirituales, para buscar que nuestras vidas se orienten desde el sentido más profundo que encontramos en Dios.

Desde ese mismo espíritu, la Conferencia de Religiosos y Religiosas de Venezuela, en solidaridad con expulsados, denunció el trato inhumano y pidió perdón, como venezolanos, por la vulneración de la dignidad de familias pobres colombianas. Los obispos de Cúcuta y San Cristóbal se reunieron para proteger a los pobladores; y el Servicio de Jesuitas para Refugiados, con Acnur y otras ONG, ha apoyado y complementado acciones gubernamentales de Colombia.

Cerrar la frontera y expulsar indiscriminadamente es una acción violenta, que no soluciona los tremendos problemas que allí se dan. En un territorio que mezcla lo legítimo con todas las formas de contrabando, donde la presencia de guerrilla y paramilitares colombianos, más la Guardia Nacional corrupta, contribuye a una tormenta perfecta.
Tormenta que no podía ser calmada por la OEA, a cuyos miembros Maduro ha estado disciplinando con amedrentamientos e insultos.

Nosotros estamos contentos por la demanda de nuestros productos en Ecuador ante la depreciación del peso; pero los venezolanos, que realmente quieren a los varios millones de colombianos que viven adentro, rechazan con toda razón que los productos escasos, subsidiados por su gobierno, sean revendidos a precios mucho mayores en la frontera con Colombia, por bachaqueros que, por supuesto, hacen mercado negro en toda Venezuela.

No dudo de la intención que dio origen al chavismo ante un pueblo que reclamaba justicia con la renta petrolera. Pero la creciente centralización de todo el poder en el caudillo, el culto a la palabra infalible de Chávez, la corrupción de funcionarios y administradores públicos, en gran parte militares; la hiperinflación y la devaluación acelerada, y los miles de asesinatos en los barrios pobres, que nada tiene que ver con paramilitares, son “cosecha de una mala siembra”, como escribe el jesuita Luis Ugalde. Venezuela tenía un camino en la economía social de mercado que propone el pensamiento social de la Iglesia; o podía fundarse en los teóricos del socialismo de mercado, muy distinto al socialismo de Estado; pero declaró enemigo al mercado, destruyó la iniciativa privada y desbarató los estímulos, los incentivos, la banca de desarrollo y la política fiscal que necesitaba para avanzar humanamente, y terminó por destruir la producción nacional y la moneda.

La inaceptable crisis humanitaria de la frontera es también una crisis estructural, muestra la necesidad de crear una región fronteriza, con suficiente autonomía e institucionalidad propia, articulada con las soberanías nacionales, que controle dinámicas perversas y fortalezca la comunidad de los pueblos vecinos. Hacerlo requiere acuerdos bilaterales estatales complejos, que tenemos que promover aunque tengamos herida el alma.

FOTO: EFE/Mauricio Dueñas

 

 

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