Excursiones misioneras: Los Ángeles del Tukuko

Minerva Vitti

Frente a la misión Los ángeles del Tukuko_Minerva VittiA las seis de la tarde de ese primer domingo de marzo ya estaban muchos en el terminal Flamingo, ubicado en Los Dos Caminos. Jeannariana, Suhail y Carlos, estudiantes de la UCAB y coordinadores del grupo que viajaría al Tukuko, esperaban en la entrada la llegada de los participantes del campamento Pazando, una experiencia de trabajo impulsada por la Dirección de Identidad y Misión de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).

El grupo del Tukuko estaba formado por 19 participantes. Todos de distintas carreras y semestres, dispuestos a servir durante una semana en una comunidad a aproximadamente 16 horas de sus hogares, en plena falda de la Sierra de Perijá: una cadena de montañas que se extiende en el estado Zulia y que fue declarada Parque Nacional en 1972.

En total serían 56 estudiantes que viajarían a cuatro comunidades rurales del interior del país: Santo Domingo (estado Lara), Cottolengo (estado Lara), El Tukuko (estado Zulia) y El Nula (estado Apure). En estos lugares compartirían con refugiados, indígenas, cafetaleros y personas con discapacidad.

Un objetivo importante de esta experiencia es que cada quien se encuentre con su núcleo personal, es decir, que se encuentre con su propio tesoro. El núcleo personal es el mejor lugar para encontrarse con la gente, especialmente en este tipo de experiencia tan significativa. Es el mejor lugar para experimentar la pasión, la búsqueda y la sorpresa.

Con mucha frecuencia nos sucede que vivimos como esquizofrénicos, escindidos de la realidad y desintegrados internamente, en donde las experiencias pasan y no dejan huellas ni contribuyen a aumentar el tesoro personal.

Desde la universidad estamos haciendo todo lo posible por generar espacios para que cada ucabista invierta y aumente su tesoro personal[1].

Por esta razón el plato fuerte de la experiencia sería el Magis ignaciano: “Magis es un término en latín que quiere decir lo más, lo más grande, lo mejor. Es algo que siempre podemos descubrir dentro de cada persona, como un impulso que desea grandes cosas, una sed de infinito. Es, entonces, esa expresión de una sed inagotable, de un impulso más vital, que nos conduce a una actitud de búsqueda”[2].  Este Magis tiene dos requerimientos: sentirse amado y sentirse llamado. Amado porque te sientes premiado con la vida y llamado porque es imposible que ante esa satisfacción la persona no sienta la necesidad de producir y contribuir a cambiar esas situaciones de injusticia.

De lo anterior se desprende la  misión que tendríamos en el Tukuko: “Abrirse a una experiencia renovadora a partir del encuentro con la gente de tal modo que le ayude a potenciar sus talentos, dejar a un lado prejuicios y etiquetas y “ampliar su zona de confort”. Re-plantearse su proyecto de vida a la luz de esa sensibilidad experimentada de tal modo que cuestione la realidad y quiera transformarla, tome de ella lo que le ayude a vivir mejor y quiera hacerla mejor, se sirva del equipo y brinde a él sus fortalezas, todo esto con miras a que a su regreso a la UCAB quiera compartir con otros la riqueza que ha encontrado en Pazando”[3].

Por su parte los coordinadores se encargarían de ayudar en este proceso al “ser bisagra entre la comunidad visitada y la UCAB, ser puente entre los campistas y la comunidad, ser pasarela entre los mismos jóvenes y coordinadores”[4].

El viaje

IMG_8940Luego de entregar todas las maletas y algunas cajas con los alimentos que llevaríamos a la misión nos montamos en el bus y a las ocho de la noche arrancamos desde Caracas a nuestro destino.

Durante el camino la guardia detuvo el autobús seis veces, de las cuales en tres nos pidieron la cédula. La última, quizás fue la más sonora cuando el militar gritó a toda voz “buenos días”, bromeó diciendo que no era señor sino “señorito”, y finalmente se despidió diciéndole a dos de las voluntarias que eran unas “cotorras”. El informalismo en su máxima expresión.

Llegamos al terminal de Maracaibo casi a las ocho de la mañana y ahí tuvimos que esperar otro rato mientras nos entregaban las maletas y luego mientras los coordinadores buscaban el transporte hacia Machiques, porque nuestra ruta continuaría.

Dispuestos en el nuevo bus y luego de dos horas y media llegamos a Fundaperijá, una urbanización de Machiques. Ahí nos recibieron los familiares del padre Danny Socorro, s.j.,  encargado de la Dirección de Identidad y Misión de la UCAB. Aprovechamos para lavarnos la cara y comer un rico pabellón criollo. Entre bromas y conversas nos íbamos conociendo. En mi caso, solo había visto a los muchachos una vez en uno de sus encuentros formativos en la universidad.

Los familiares del padre Danny nos contaron sobre la situación en Fundaperijá, plagada de inseguridad y la escasez de alimentos. Para marzo de 2015 un bulto de papel higiénico de 12 rollos costaba mil 200 bolívares. También nos dijeron que el robo de motos era uno de los delitos más comunes o de aquel tiempo donde tomaron por costumbre sacar las baterías de los carros: “Yo veía eso y no podía hacer nada”.

Este día justo terminando el almuerzo también recibimos otra información. La madre del padre Danny había fallecido, una noticia que entristeció a todos.

Durante el círculo hicimos una oración. En este momento los coordinadores explicaron que cada día se trabajaría un sentido, como mecanismo para percibir la realidad que los estudiantes estarían viviendo. El sentido de este día era la vista.

Ya habíamos experimentado varias situaciones entre el terminal y Fundaperijá pero aún quedaba día y camino. Y que mejor manera de ver, tocar, oler, oír y sentir cada una de nuestras experiencias.

Camino al Tukuko_Minerva VittiRumbo a la Sierra de Perijá

Llegó un camión largo con una plataforma en su parte posterior bordeada de tubos. Este transporte lo proporcionó la alcaldía a través de un enlace que hizo Fe y Alegría. Aquí nos subimos con nuestro equipaje. Tenías dos opciones: te agarrabas de los tubos o de un mecate que amarraron de extremo a extremo. Sin techo, con el aire tocando nuestros rostros y robando nuestras gorras nos fuimos adentrando en un paisaje de sabana, siempre con la Sierra de Perijá al frente, inmensamente azul, aguardando pacientemente.

Para llegar a la misión Los Ángeles del Tukuko se deben pasar tres puentes, cada uno con un río: Negro, Yaza y Tukuko. Caballos, vacas, árboles, hilos de agua zigzagueantes forman parte de esta gran postal. Todo en su máximo esplendor.

Suhail ya había estado una semana antes haciendo los preparativos previos de la misión y nos decía que en época de lluvia se ponía mucho más verde: “No sé cómo puede estar más hermoso”, soltó y yo pensé lo mismo. Aquello era un fresquito para nuestros cuerpos citadinos.

A medida que nos íbamos adentrando el pasaje cambiaba, en una parte los llanos se convirtieron en colinas y se sintió un ligero frío. Vimos al famoso árbol macho del que prefiero no profundizar y pronto nos alcanzó un carro de Fe y Alegría donde iban algunos de los voluntarios y otros colaboradores de la misión.

Miramos un cartel que nos indicaba que a la derecha estaba: Los Ángeles del Tukuko. En esta carretera vimos a la derecha un lugar llamado Los tres pozos que de una vez invitaba a tomar un baño, y luego una curva donde había una escultura gigante del Sagrado Corazón de Jesús. Suhail nos contó que aquí habían ocurrido tres accidentes, “los carros simplemente se van por el barranco”. Seguimos rodando y observamos una escuela llamada Irapa.

Justo al  final del camino apareció ante nuestros ojos un cartel que decía Bienvenidos al Parque Nacional Perijá, una iglesia y al fondo la Sierra de Perijá. El contraste resultó mágico y demandante de la razón histórica. Ya había leído un poco sobre la misión pero fue inevitable que comenzara a fabricar decenas de preguntas mientras me intentaba bajar del Chinero, como nos enteramos que se llamaba el camión donde nos trasladamos.

misión Los Na´geles del Tukuko_Carlos CarrascoLos Ángeles del Tukuko

Entramos a una edificación que estaba al lado de la iglesia. Un grupo de niños estaba jugando voleibol y otros estaban tendidos en el suelo jugando cartas o ajedrez. En este lugar funciona un centro misional de los padres capuchinos formado por la Unidad Educativa Sangrada Familia y una casa hogar para niños y niñas de las etnias yukpa, barí y wayúu de poblados muy lejanos, como por ejemplo Bogsí, una comunidad ubicada en El Catatumbo, del lado colombiano.

La estructura está dividida en dos áreas: de un lado las niñas y del otro los niños. Cada ala de la casa tiene dos pasillos paralelos con salones y habitaciones y un jardín central desde donde se puede seguir viendo la montaña y la Cara del Indio, una especie de risco que forma uIMG_8992na figura similar a un rostro. También hay dos perros rockwailler muy grandes y un cachorro llamado Flautita.

El cuarto donde dormiríamos durante una semana estaba formado por varias literas colocadas en dos filas paralelas, tres ventanales y un ventilador. Pero lo más impresionante era lo que estaba afuera, un corral con varios tipos de aves: loros, periquitos, pavos reales.

Mientras esperábamos la cena, en la que colaboran estudiantes de la misión, algunos de los voluntarios se integraron inmediatamente, comenzaron a jugar o a conversar con los niños. La noche nos arropó en esta dinámica.

Ese día cenamos con los internos, los ucabistas ayudaron a lavar los platos, y luego nos congregamos en uno de los salones donde fray Nelson Sandoval nos contaría la historia de este centro misional y de las actividades podríamos realizar con los estudiantes. Mañana fumigarían el colegio y eso cambiaba la dinámica ya que durante toda la semana solamente estarían los internos, en una especie de vacaciones.

El Centro Misional Los Ángeles del Tukuko fue fundado el 2 de octubre de 1945 por los padres capuchinos, luego de una exploración por la Sierra de Perijá. Fray Nelson cuenta que al principio la intención era evangelizar a los indígenas de la etnia yukpa y crear un centro de avanzada para los indígenas barí, porque estos “eran muy aguerridos y violentos”. El objetivo era traer a los niños de sus comunidades para que aprendieran el idioma castellano y esto generó que los padres también se movilizaran y formaron un poblado al lado de la misión.

En los inicios de la misión las personas se trasladaban desde Machiques en mulas. Dentro de las anécdotas destaca la de un misionero y un yukpa flechados en los primeros contactos.

La edificación comenzó a construirse en 1948, luego llegaron las hermanas de la Caridad de Santa Ana que se encargan de la formación de las niñas, y el 2 de octubre de 1956 fue la inauguración del centro misional. Finalmente se construyó la Iglesia.

Además de educación también se proveyó salud para toda la comunidad, a través de un ambulatorio que crearon las hermanas.

La Asociación de Escuelas Católicas (Avec) es la única institución que brinda apoyo a la escuela del Tukuko que tiene una matrícula de 790 estudiantes, además de los 155 alumnos de la casa hogar (65 niñas y 90 niños). Ellos les pagan a los empleados y brindan una subvención. Para marzo de 2015 el Programa de Alimentación Escolar (PAE) no les estaba enviando arroz ni harina. Antes desayunaban pan pero ahora deben hacerlo con verduras por lo que los estudiantes deben levantarse a las 4:30am. “Hacemos las cosas bien porque a los chamos les gusta estar aquí. Yo hago hallacas para vender”, dice fray Nelson a quien le gusta cocinar y busca cualquier oportunidad para conseguir una ayuda extra para la misión.

En un día normal pueden cocinar 35 kg de arroz para los niños del colegio y los internos. Como esta semana solo están los niños de la casa hogar cocinan 15 kg de pasta y 15 kg de pollo por día.

 Me gusta la gente simple

Para entrar en el suelo sagrado de la vida de la gente no hacen faltan grandes artificios, por el contrario, hay que despojarse de todo y entrar descalzo.

Para mí el segundo día comenzó a las siete de la mañana. Los loros que estaban al lado de nuestro cuarto nos dieron el primer saludo. Este día algunos nos encargamos del desayuno: arepas, queso, perico y café con leche. Tenía tiempo que no amasaba dos kilos de harina pan. Casi a las diez ya estábamos listos.

Luego de desayunar nos reunimos en el salón y los coordinadores del campamento presentaron la jornada de trabajo y el sentido que trabajaríamos durante el día: el tacto. La invitación era a ser conscientes de cómo tocamos, cómo nos tocan y darnos cuenta de las manos sencillas que lo hacen. Todo esto contrastaba maravillosamente con la canción que colocaron: Me gusta la gente simple de Facundo Cabral.

Campo en el Tukuko_Minerva VittiEl inicio de la fumigación puso fin al espacio de encuentro y nos lanzó fuera del colegio. Algunos de los ucabistas fueron a la cancha techada a compartir con los jóvenes y luego todos nos movimos hacia un campo inmenso, a pocos metros de la misión, donde jugamos kikimball con ellos. Otros voluntarios se sentaron a conversar con los niños, en unas tuberías de concreto a la sombra de un árbol. Ahí aprendieron nuevas palabras en barí o yukpa y se aproximaron aún más a esta cultura. Por ejemplo aprendieron que onayamo es hola o cómo estás, patumi es buena gente, kokostoro patumi es buenos días y nono es tierra.  Antony, uno de los ucabistas, anotaba todo en su cuaderno. De pronto un gusano cayó del árbol y un joven dijo: “Si lo tocas tus hijos caminarán como ellos”. Verdad o mentira, ninguno lo tocó y todos creímos el cuento. Me resultó fascinante cómo lentamente nos fuimos aproximando. Al terminar la fumigación regresamos a la misión pero antes comimos unas tetas (helados congelados en bolsas) de piña. Ya era el mediodía así que parte del grupo debía preparar el almuerzo.

Aproveché para visitar el ala de las niñas y leer las carteleras que estaban pegadas a la pared. En esta parte el jardín es más frondoso, tiene jaulas con guacamayas y columpios. También se encuentra la residencia de las hermanas, la cocina y el comedor. Precisamente de este lado estaba sentado en un banco Cope.

Lino Cope no sabe cuántos años tiene, solo sabe que cuando tenía diez perdió la visión. Una enfermedad congénita hizo que le salieran cataratas en sus ojos que ahora son absolutamente blancos con algún vestigio de gris. Cope viste unas ropas desgastadas, una gorra manchada que dice Betty Zuleta diputada PSUV y unos zapatos rotos, casi sin suelas, de tanto andar. Tiene una bolsa de reciclaje colgada de su brazo izquierdo y un palo de escoba, que es su bastón, debajo del banquito donde descansa. En su pierna derecha reposa un plato de arroz con karina (pollo en yukpa) y con su mano derecha agarra puños de comida que lleva difícilmente a su boca, porque Cope tiembla mucho. El viene a comer tres veces al día a la misión.

Fray Nelson está sentado al frente y le saca conversa. Al lado los voluntarios y niños de la misión observan cómo Cope come, cómo Cope habla.

A Cope le preguntan por su esposa y dice que está con ella desde hace un año, que no tiene familia, que todos sus hermanos están en la “sierra” y que esto le ha impedido ir a operarse a Cuba, “no tengo quien me acompañe”. A Cope también le gusta beber y ya se ha caído dos veces por un pequeño puente que está en uno de los barrios de la comunidad. Un día duró un mes con el ojo hinchado, tanto tiempo, que fray Nelson pensó que perdería el ojo, pero luego se recuperó.

Cope pregunta que cuántos guatías (no indígenas) hay a su alrededor y le explicamos que somos 19. Pregunta sobre Caracas y se impresiona porque piensa que es muy lejos. Eumary, una de las ucabistas, le saca conversa a Cope y él dice que está enamorado de ella. Todos nos reímos. A Cope le gusta echar broma.

Le cuesta mucho pronunciar nuestros nombres: Eumary, Minerva… Y cuando dice Carlos pregunta si es hombre o mujer. Cope siempre habla mezclando  palabras en  yukpa y castellano. Resulta curioso cómo algunos niños se intimidan con Cope y no hablan en su lengua nativa. Fray los anima “háblale en yukpa Cope” y yo lo percibo como una especie de práctica, muchos niños están perdiendo su idioma. Uno que otro rompe el hielo y cruza algunas palabras con Cope.

Cuando el hombre yukpa pide agua fray le recuerda que debe traer sus utensilios, porque Cope siempre pierde los vasos y “esa es la lucha”. El indígena cuenta que vive cerca del dispensario del pueblo, en una casa sin agua ni luz. “Cope vos para qué necesitas luz”, bromea fray Nelson con su acento maracucho.

DSCF2521Por la tarde fray Nelson y los niños nos hicieron un recorrido por el Tukuko. Esta población indígena de aproximadamente tres mil habitantes se encuentra asentada en las faldas de la Sierra de Perijá, estado Zulia, frontera con Colombia. Tiene ocho barrios (usando la terminología española de los primeros frailes), las calles son de asfalto con senderos de monte y tierra, y la mayoría de las casas están construidas con cemento y zinc. Fray Nelson nos contó que las casas fueron hechas a finales de los años sesenta por los frailes con el antiguo Instituto Nacional de la Vivienda (Inavi). También hay algunas viviendas tradicionales hechas con palos y palmas.

En esta comunidad donde funcionan una iglesia, una casa hogar, la escuela, el ambulatorio y un Instituto Radiofónico de Fe y Alegría (IRFA), el principal problema es el agua. Fray Nelson comenta que se han inyectado recursos para hacer el acueducto, pero estos se han esfumado. Existen algunas personas que reciben pensiones, pero la mayoría de los programas sociales no llegan.

El año pasado sucedió algo bueno para el Tukuko ya que Digitel concretó un proyecto para llevar conectividad a esta comunidad a través de una red de tercera generación. Con el encendido de una antena los niños ahora cuentan con internet para hacer sus tareas con contenidos actualizados y el ambulatorio puede consultar con especialistas gracias a la telemedicina. Antes ni siquiera contaban con teléfono[5].

IMG_9043Durante el recorrido pasamos por el puente donde se cayó Cope, conocimos a una mujer que nos mostró a Teo, una ardilla que tenía de mascota. Muchos voluntarios la tomaron y se la colocaron en el hombro. “En yukpa se llama kurukshi”, nos dijo el fray capuchino que ya tiene diez años en la misión y cuya formación ha sido en La Gran Sabana, Caracas, Tukuko y Machiques. Continuamos por una trocha de tierra con plantaciones de cambur y conocimos al cacique de la comunidad, Alfonzo Itnopa. Finalmente visitamos la casa de la señora Josefa quien generosamente nos dejó entrar en su patio lleno de plantas de cerezas amarillas, naranjas y guamas. Algunos de los internos se treparon en los árboles y nos daban frutas. Esa tarde comimos muchísimo. Incluso la señora sacó un plato con frijoles para que probáramos. Al lado había una casa hecha de palos con una mujer sentada en una silla de plástico y un montón de niños descalzos que jugaban con una palomita de monte.

Por la tarde fuimos a bañarnos al río como el resto de los niños y como haríamos todos los días durante la misión por el problema del agua que hay en la comunidad. Aquella noche compartimos nuevamente con los muchachos. Cristian me mostró sus dibujos de Goku y otros anime. Muchos tienen cuadernos con estos personajes y los dibujan simplemente viendo. Everson me contó que antes de llegar al internado había trabajado como agricultor, limpiador de monte y mototaxista. Y Lorenzo me dijo que tenía tres años en la escuela y que venía de Saimadoyi, una comunidad en la Sierra de Perijá. La mayoría de los internos son de la etnia barí. Esa noche también descubrimos que a las niñas les encantaba bailar y que pasaban sus ratos libres practicando coreografías o viendo videos musicales.

Sin duda este día conocimos a los rostros que hacían fecunda nuestra presencia en El Tukuko.

Nuevos aromas, nuevas personas

“Si me preguntan cómo estoy, aquí está la respuesta: Estoy yendo. Sin mucho equipaje. Pesos innecesarios siempre causan dolor innecesario. Deshice la maleta, y miré a su fondo vacío, la limpié, y estoy yendo a…llenarla con cosas nuevas… Nuevas sensaciones (aromas), nuevas situaciones, nuevas personas. Todo nuevo”.

Este día me desperté más temprano y uno de los loros estaba en el cuarto. Se había metido por uno de los orificios que hay en la puerta que nos separa de su espacio y no podía salir. Así que tuvimos que abrirle la puerta y guiarlo para que se trepara en la reja que si permanecía cerrada. Supongo que creyó que eran las barras de una jaula. Con sus uñas se aferró a cada una de las hendijas, cerramos la puerta y ahí quedó buscando el valor para saltar. Luego las muchachas nos contaron que el loro regresó, picoteó algunas cosas y hasta lo alimentaron. De hecho ese día durmió con nosotras.

DSCF2644El sentido del día era el olfato: “¿Cuál es el aroma de la mañana, de la tarde? ¿A qué huele la gente de aquí? ¿A qué hueles tú aquí? ¿Ya hueles como ellos o todavía te falta? ¿Cuál es el peor olor de este campamento? ¿Cuál es el olor nuevo? ¿Cuál es el aroma que me ha dejado embriagado por  lo agradable?”

Durante la mañana ayudamos a los estudiantes con sus tareas, se dictó un pequeño taller de computación y se dio refuerzo escolar en matemáticas. Cristian y Jordan hicieron una actividad sobre la Guerra Federal y el Gobierno de los Azules. Tenían que escribir la introducción, conclusión y bibliografía. En eso estuvimos un buen rato. Muchos tienen grandes dificultades con la ortografía, al ser el castellano su segunda lengua es un poco difícil. A Cristian como le gusta dibujar hizo el anexo: una iglesia con una montaña de fondo y unas personas con armas tratando de tomar el lugar.

Jackelin Kinkeshi, docente del Colegio Sagrada Familia, asegura que los niños se animan a proseguir estudios superiores gracias a la motivación de fray Nelson, las monjitas y los maestros. De hecho la mayoría de los educadores estudiaron en este colegio. Sin embargo cuenta con preocupación que está en riesgo la cultura indígena: “Por lo menos al niño le da pena bailar, hablar o cantar en yukpa, pero nosotros en el colegio estamos tratando rescatar esa cultura (…) Uno le va enseñando tanto en yukpa, barí, wayúu como en español (…) La mayoría de los docentes que estamos aquí hemos estudiado intercultural bilingüe (…)”. Las comunidades indígenas más tradicionales se ubican en la parte alta de la Sierra de Perijá, pero aquí en el Tukuko, estas manifestaciones culturales se hacen especialmente en efemérides como el 12 de octubre”.

Joshua y CopeAlmorzamos y Cope llegó a visitarnos. Está vez si sabía su edad porque le había pedido a Carlos que le leyera su cédula: 49 años. Nos preguntaba cómo estaba nuestra mama o cómo estaba nuestro papa (así sin acento),  hasta cuándo nos quedaríamos, y quedó enganchado con Joshua, uno de los voluntarios.

Por la tarde fuimos caminando con todos los niños hasta Los Tres Pozos, un río caudaloso con algunas caídas de agua. Algunos niños y voluntarios se montaron en las piedras y comenzaron a hacer clavados. “El río estaba lleno de risas y no importaba que te pasara el jabón por el lado”, luego diría Delbys en el círculo magis, un espacio al final del día donde los ucabistas socializaban sus experiencias. Para Delbys su día había olido a sodio.

—Los niños me preguntaban: ꞌ¿por qué dicen tanto ꞌberroꞌ, ꞌnaguaráꞌ? ¿Si digo marico en Caracas se ofenden?— recordó Carlos.

—Yo vine como muy rebelde, con una coraza, pero aquí he descubierto que en la sencillez se puede ser mejor, me acuerdo de la señora que tejía un sombrero y tenía nueve chamos que mantener— dijo Antony.

—Nunca he dejado de ser yo con ellos— confesó Mariana.

Poco a poco esta realidad iba moviendo profundamente a los voluntarios y cuando Joshua, quien no había ido al río porque se lesionó el pie,  reflexionó sobre cómo una persona ciega podía tener una mirada, entendí la conexión entre él y Cope, porque definitivamente tras esos ojos blancos había una mirada de alegría.

Excursión a Ipika

“No el mucho saber harta y satisface a la persona, sino el sentir y gustar cada experiencia interna e intensamente”

Amaneció nuevamente con el canto de los loros y todos nos alistamos para nuestra excursión a la comunidad de Ipika, ubicada en la Sierra de Perijá, a cuatro horas de caminata (paso guatía) desde el Tukuko.

Comenzamos a subir montaña a las 10:19am con seis niños de la casa hogar a los que fray Nelson les encomendó la tarea de acompañarnos. El señor Jorge iba adelante con sus dos mulas que llevaban sobre sus lomos algunas de nuestras cosas y a Joshua que todavía no podía caminar bien.

IMG_0175Durante todo el recorrido atravesamos zonas boscosas y espacios más abiertos llenos de numerosas piedras que había arrastrado el río en cada una de sus crecidas. El río estuvo en todo el camino y tuvimos que atravesarlo aproximadamente 34 veces (Jaime las contó).

Le pregunté al señor Jorge sobre la malanga (planta de ocumo) ya que había leído que grupos ambientalistas estaban protestando porque la siembra en grandes cantidades estaba generando daño a la Sierra de Perijá, al parecer al arrancar el tubérculo se extrae buena parte de la capa vegetal de la montaña. El hombre me dijo que el sembraba solo tres hectáreas  y que se las vendían a un comprador que llegaba a la misión y pagaba 500 bolívares por cada 50 kilogramos.

Pero la realidad es que muchos no tienen mulas para trasladar la malanga desde poblados que están más arriba de la Sierra de Perijá. Cada traslado en mula cuesta 500 bolívares y el animal solo puede cargar 100 kilos. Así que Jorge se queja porque esto no es rentable. Además dice que ahora el gobierno está controlando, que no puede sembrar, y asegura que a la escala en que él lo hace no daña la Sierra: “Pero en La Villa hay criollos que tienen hasta 20 hectáreas sembradas”.

Los ambientalistas denunciaban que el comprador de la malanga la vendía a Frito Lay para hacer papas fritas, pero esto nunca se confirmó porque los camiones provienen de distintas regiones. De hecho la empresa desmintió esta información[6].

DSCF2959En el camino nos encontrábamos a indígenas que caminaban rapidito con una habilidad tremenda para pasar descalzos sobre las piedras. Otras mujeres lavaban o bañaban a sus niños. Los excrementos de mula nos indicaban que íbamos en buena dirección. En un punto el grupo se dividió y unos iban más adelante que otros, con algunas paradas de espera. Cada quien a su ritmo. Pronto comenzaron a aparecer piedras de toneladas y un cerro majestuoso llenito de verdes. También apreciamos lo que los yukpas llaman tumbas que son los terrenos donde hacen una quema para sembrar.  Aproximadamente a las cuatro de la tarde llegamos a Ipika y nos recibió el maestro Rafael, indígena yukpa.

Lo primero que muchos hicimos fue quitarnos los zapatos empapados de agua de río. En mi caso tener los pies húmedos tantas horas hizo que me salieran ampollas, nada grave. Me paré sobre la grama cortita que cubre el suelo de Ipika y el alivio fue instantáneo. Pensé que si en ese momento nos hubieran visto desde un helicoptero hubiésemos sido solo un punto en medio de la montaña.

IMG_0201De acuerdo al testimonio de Rafael, Ipika se fundó en 1930 por su abuelo. El maestro cuenta que al principio la comunidad no prosperó porque como los religiosos venían a buscar a los niños para llevarlos a la misión los padres se iban con ellos. Luego en 1970 hubo otro intento de fundación y resultó. En 1980 Rafael viene a estudiar a Ipika. Ahora vive con su esposa Adriana y tiene cinco hijos, entre estos dos morochas preciosas de siete años.

Actualmente en el lugar viven 10 familias. Las casas son de bloques o tablas con sus fogones afuera. Hay una escuela que enseña hasta cuarto grado y que fue creada entre 1994 y 1995. Fueron seis meses cargando los materiales (bloques, arena, láminas de aserolín) desde el Tukuko hasta esta comunidad. Rafael nos contó que cada tres semanas llega comida al plantel educativo pero que esta no alcanza. La matrícula es de 70 niños pero solo van a estudiar 10. Hay 2 profesores, uno para educación inicial y otro para primaria, pero Rafael vive en una constante lucha con la directora para que consiga a otro docente.

En Ipika también hay un ambulatorio que no funciona, un consejo comunal y un cacique que no visita la comunidad desde hace tres años.

DSCF2940En la tarde fuimos a bañarnos al río. Fue inevitable ponerme a pensar en cómo había llegado hasta aquí y pensé que quería esto para mi vida. Mientras nos bañábamos los niños se sentaron a observar nuestras risas y gestos. Ningún niño hablaba castellano.

Una anciana estaba llenando botellas de agua que luego montaba en una cesta que caía en su espalda. Cuando me acerqué se levantó para darme permiso, pero yo sentí que la incomodé y me fui rápido.

Al caer la tarde en las casas las mujeres comenzaron a prender sus fogones para hervir ocumo. Nosotros montamos una olla con agua de río para cocinar pasta y una mujer nos ayudó a encender la leña porque no sabíamos. En ese momento nos percatamos que no habíamos traído ningún tipo de utensilios.

A veces los internos que nos habían acompañado nos ayudaban a traducir. Todos alrededor del fuego vimos cómo llegó la noche. La única luz era la de unos bombillos en la parte de afuera de la escuela donde dormiríamos en las hamacas que habíamos traído.

Detrás de la montaña comenzó a salir un destello de luz, pensé que sería algún pueblo, pero no. Poco a poco se dejó ver la luna, redonda, amarilla y hermosa.

Rafael nos prestó unos platos y comenzamos a DSCF2829servir la pasta con salsa de atún. Estaba pegostosa pero a nosotros nos sabía a gloria. Los yukpas se fueron acercando y se pusieron detrás de nosotros. Nos veían. Creo que fue Eumary que dijo que tal vez querían comer algo y cuando le ofrecimos a uno de los niños, todos comenzaron a traer sus platos. Lo que sentimos en aquel momento no puedo describirlo con palabras. Servíamos y servíamos y aparecían más envases. Nuestra preocupación era que no alcanzara para todos y así fue: se terminó la pasta y quedaron platos sin llenar.

La noche olía a leña de los fogones. La noche sonaba a burro alborotado, grillos, brisa, risas de niños, palabras en yukpa y castellano. Los niños jugaban futbol, a la rueda o a cargarse. Un grillo me saltó en la pierna, meses después comería uno de estos junto a los pemones. Se me ocurrió comenzar a tomar fotos a la luna, los niños se fueron acercando y les hice un video. Simplemente era feliz. Recordé la frase de El Principito que horas antes habíamos socializado: “El mundo entero se aparta cuando ve a un hombre que sabe a dónde va”.

Ocema, canto y escucha

“…Y que lo mínimo que hagamos sea, cada vez, lo mejor que podríamos hacer”

A las 6am tembló. Fue como si un trueno pasara por debajo de la tierra, como si un grupo de gente corriera en las profundidades del suelo. Pero el temblor solo era Ocema (Dios) que pasaba por la montaña a llevarse las semillas y el indígena que no hubiera sembrado ya había perdido la oportunidad. “No se sabe en qué época del año llega Ocema”, nos dijo Rafael. Lo mágico era que había pasado estando nosotros ahí. Luego en el Tukuko fray Nelson nos contaría lo que reportaron los medios: un temblor de 3.1 en la escala de Richter a 49 kilómetros al oeste de Machiques. Pero todos nos quedamos con la historia de Ocema.

Rafael se había levantado temprano a recoger agua, lo seguí hasta el río y ahí comenzamos a conversar sobre Ipika, la situación de la escuela, Ocema, lo controversial del caso del yukpa Sabino Romero, el contrabando de ganado y el cultivo de malanga. Pronto se nos unió Carlos.

Antes de irnos nos dijo que su esposa Adriana y sus morochas nos habían preparado algo. Todos nos sentamos a esperarlas. De pronto salieron de su casa vestidas con trajes típicos: unas batas tejidas con hilos rojos y morados. Las niñas llevaban unos sombreros de paja decorados con pájaros disecados, de sus cuellos colgaba un collar y en sus manos una planta con una flor. Salieron cantando en yukpa y pese a que no entendía nada aquellos sonidos me transmitían mucha tristeza, era como una despedida. Grabé solo unos segundos y no pude más, apagué la cámara y me senté al frente solo a mirar. Una de las niñas se acercó con una danza leve hasta Eumary y le puso el collar que ella minutos antes tenía en el cuello. Luego la otra morocha se puso al frente de mí y se agachó para ponerme su collar. No pude contener las ganas de llorar.

Al terminar todos estábamos muy conmovidos. Adriana se acercó a conversar con nosotros y por un momento se sintió muy mal, nos decía con lágrimas en los ojos que ella quería darnos regalos, que no le gustaba que nos fuéramos con las manos vacías, que ya la gente en Ipika no hacía artesanías, que las comunidades que estaban más arriba de la Sierra si tenían regalos para cuando volviéramos. Finalmente le obsequió uno de los sombreros a Eduardo.

Prepararon las mulas y emprendimos el regreso hacia el Tukuko. El sentido del día de hoy era el oído, la escucha. Así que nos fuimos con Ocema y el canto de las morochas. Por el camino nos bañamos en cuanto pocito nos provocara y en la loma de una de las montañas se asomaron un montón de niños a saludarnos. También vimos a una pareja con unos niños, del seno de la mujer manaba leche. Recordamos que horas atrás a Eumary le decían la “chica de la pipa” porque en Ipika se había acercado a unos yukpas para preguntarles qué era lo que estaban fumando.

Por un momento voltee a la derecha para ver los árboles y de esa espesura de verdes salió una mariposa azul. Hasta aquel momento no sabía su simbolismo.

Inventario de los regalos recibidos

“Solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que nos hemos planteado en nuestra vida”.

IMG_0320La noche anterior madrugamos ayudando a fray Nelson a hacer bollitos para vender, y el sábado en la mañana visitamos a Geraldo Romero quien trabaja con Fe y Alegría desde hace más de 14 años. Comenzó como voluntario, primero en radio y posteriormente en educación. Actualmente es estudiante de Educación Intercultural Bilingüe en la UPEL.

La sede del Instituto Radiofónico Fe y Alegría (IRFA) en el Tukuko nace a finales de 1999 gracias a un proyecto que introduce Fe y Alegría en la alcaldía para colocar un transmisor, de otra manera no hubiesen podido escucharse en otras comunidades como Machiques, Santa Rosa e incluso en algunos poblados del lado colombiano.

Geraldo explica que al ser una zona de frontera y ganadera la radio permite un acercamiento entre las comunidades informando sobre reuniones, jornadas de vacunación, o la demarcación de territorios indígenas donde las comunidades autóctonas  escuchan lo que dicen los ganaderos y viceversa. Geraldo recoge informaciones y todos los días tienen 20 minutos para transmitir en IRFA Caracas. La radio participa en una red integrada por siete pueblos indígenas de Venezuela. Anteriormente se dictaba educación a distancia por radio. Ahora los estudiantes se llevan el material y los jueves se reúnen para discutir las dudas que tengan.

IMG_0329En agosto de 2014 se quemaron parte de los equipos porque cayó un rayo en el transmisor, pero buscaron otra opción para salir al aire: desde la iglesia donde cuentan con el servicio de internet. Ese 7 de marzo que visitamos la radio ya tenían dos semanas haciendo el programa desde el teléfono. Geraldo comenta que en octubre se complican las comunicaciones por ser el mes más lluvioso.

Por la tarde aproveché para conversar con José Libardo, Fidel Suárez, Hilarión Romero (la entrevista la podrán leer en este espacio), quienes abordaron temas como la prohibición de la siembra de malanga en la Sierra de Perijá, el caso de Sabino Romero y la actuación de los consejos comunales.

Durante la noche los ucabistas organizaron una actividad para los niños de Los Ángeles del Tukuko con pintacaritas, piñatas, bailoterapia y otros juegos. Algunos aprovecharon para obsequiarnos dibujos. También salimos e hicimos una gran fogata donde cantamos el himno nacional en español, yukpa, barí y wayúu. Todos habíamos escrito nuestros sueños en unos papeles y los echamos al fuego para que fuesen eternos. Ya a las tres de la mañana el cielo estrellado del Tukuko nos decía buenas noches.

Fogata en los ángeles del Tukuko_Minerva VittiLa mañana siguiente fue la de la despedida. Desde el campanario de la iglesia todo el pueblo se veía espléndido. En esos últimos minutos nos dedicamos a tomarnos fotos con los muchachos. Algunos lloraban. Ya habían pasado siete días desde que llegamos a la misión y se habían formado vínculos muy sinceros. Teníamos las maletas llena de rostros y experiencias nuevas, que habíamos percibido con cada uno de nuestros sentidos. Nos montamos en el chivero con un huequito en el pecho, recordando la semana en la misión Los Ángeles del Tukuko, porque después de todo lo vivido se hacía más fuerte la pregunta crucial: ¿cuál es la mayor llamada a la que estoy impulsado a responder?

PD: Si se animan a ir a la misión no se olviden de llevar cosas para colaborar: ropa, cuadernos, libros,  lápices, comida, pero sobre todo muchas ganas aprender de estos niños que son los representantes de nuestras raíces indígenas.

Referencias

[1] Documento: Estaciones del Campamento Pazando.

[2] Manual del Peregrino. MAGIS BRASIL 2013. P. 128. (Dicha edición sigue al P. Carlos Rafael Cabarrús)

[3] Documento: Pazando, plan general.

[4] Ibídem.

[5] http://altadensidad.com/?p=71214

[6] http://www.azulambientalistas.org/posicion-de-pepsico-sobre-el-caso-malanga.html

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Acerca del autor

Periodista [UCAB]. Jefa de redacción de la Revista SIC.