El día que contraté a una santa

Bernardo Guinand Ayala

8.1.1_Cortesía de Carolina FernándezMaría del Carmen Pariente Gombau nació en Madrid en 1931, hija menor de un total de siete hermanos en una familia trasladada de Tarragona a la capital española a raíz de la Primera Guerra Mundial. Mafer Mujica destaca detalles de la infancia de Pari en una entrevista que le hiciera en 2013:

Cuando tenía siete años quedó huérfana. Su padre que era simpatizante de los republicanos, pero católico, fue fusilado por los rojos, y su madre que era monárquica, recorrió cárceles y hospitales buscándolo y murió en uno de esos recorridos porque su salud menguaba. Fueron despojados de su casa y cuando eso sucedió, la hermana mayor tenía doce años. (Años más tarde) Pari se ordena en la congregación del Sagrado Corazón y en 1959 la destacan a Chile que viene a ser, según sus propias palabras, su primer amor.

Pari vivió muchos años en el Chile de Pinochet, y luego de ayudar a un sinnúmero de chilenos a resguardar sus vidas por la característica represión que encarnan las dictaduras, tuvo que partir apresuradamente un día pues trabajaba en la Vicaría de la Solidaridad de la mano del Arzobispo de Santiago, Cardenal Raúl Silva Henríquez, acérrimo defensor de los DDHH durante la dictadura militar. Luego fue a parar al Zaire (actual República Democrática del Congo) durante el gobierno de Mobutu, donde colaboró en diversas actividades en una escuela dedicada a personas discapacitadas. Su continua presencia en países con gobiernos militares dictatoriales o autoritarios la marcó profundamente. Como ella misma tantas veces me dijo: Me confieso devota, pero ni de broma de botas”. Después de algunos ajustes, Pari llega nuevamente a su consentida Suramérica y al tocar Venezuela dedica quince años a la Federación de Familias de Desaparecidos y Detenidos de América Latina (Fedefam), siendo por ocho años su directora ejecutiva. Sobre esta época de su vida conservo un mail que me envió Ligia Bolívar, reconocida defensora de los DDHH en Venezuela sobre el día que conoció a Pari:

En 1984, siendo secretaria ejecutiva de Amnistía Internacional en Venezuela, por intermedio de Arturo Sosa, hice contacto con el escritor y dramaturgo argentino Juan Carlos Gené, quien generosamente donó la premier de su obra Golpes a mi puerta a beneficio de Amnistía Internacional. Gené insistió en que fuera a ver un ensayo de la obra. Asistí al ensayo y en él se encontraba un grupo de monjitas. Una de ellas temblaba como una hojita al final de la presentación. Para quienes no conocen la obra, se trata del drama ético de unas religiosas que esconden a un perseguido en un país bajo gobierno militar. Me acerqué para hablarle a esta monja temblorosa y así conocí a Pari, quien todavía tenía demasiado frescas las heridas y traumas por la persecución en tiempos de la dictadura de Pinochet.

Luego, el destino y la obediencia la llevan a apoyar a la Conferencia de Religiosas y Religiosos de Venezuela (Conver), de donde se produciría el afortunado acercamiento al Parque Social. Desde el Centro de Salud Santa Inés UCAB, nuestra Junta Directiva nos había encomendado la tarea de apoyar la creación de una red de centros de salud de inspiración cristiana, es decir, el comparativo de la AVEC – Asociación Venezolana de Educación Católica–  pero en salud. La idea fue apoyar esta iniciativa desde la UCAB y la Conver, pues esta última ya tenía unos años desarrollando algo similar. Así nace la Asociación Venezolana de Servicios de Salud de Orientación Cristiana (Avessoc), y la Conver tuvo la brillante idea de destinar a Pari a tal misión. Así pues, Pari junto al Padre Azagra, s.j.,  director del Parque Social,  y María Matilde Zubillaga, gerente general del Centro de Salud Santa Inés (CSSI) para esa fecha, fueron los fundadores y primer equipo de trabajo de la recién creada Avessoc.

Luego de varios años de trabajo junto a nosotros desde Avessoc, pero abrumada por encontrarse nuevamente en una situación militarista –ahora en Venezuela–  y con la añoranza de no haberse despedido nunca de los afectos que dejó en Chile, decide retornar a ese país del sur. Allí pasaría solo un año, pues luego contaría que no se fue preparada para tal reencuentro, que las cosas habían cambiado, que no sintió que podía desarrollar todo su potencial en las nuevas tareas asignadas, y que fundamentalmente se dio cuenta que fue a cerrar un ciclo que su abrupta salida a finales de los setenta no le había permitido.

Así, un día de febrero de aquel 2009, en los pasillos de Santa Inés, me reencontré con Pari a sus 77 años y buscando trabajo. Avessoc estaba en proceso de cambios y no me parecía el mejor destino para ella. Ese día, a pesar de que la lógica gerencial consideraría poco práctico contratar a alguien de esa edad, hice una oferta de trabajo a quien luego reconocería como uno de los santos que en vida he conocido. Creo que ha sido la contratación más acertada que he hecho en mi vida. Tenía algún tiempo pensando en la necesidad de acercarnos más a nuestros pacientes, y justo con eso en mente, apareció ella como caída del cielo. Solo dos indicaciones le hice para su trabajo y ella lo convirtió en la mejor experiencia para conocer el alcance de nuestro trabajo en el Centro de Salud Santa Inés UCAB. Esas dos indicaciones pautaban en primer lugar, que su oficina debía ser los pasillos de CSSI para conocer las necesidades de nuestros pacientes y, en segundo lugar, que debía encargarse que nadie se fuera por falta de recursos económicos para pagar. De allí nació la campaña de recaudación Amigo solidario y las anécdotas más bonitas y a la vez duras que hayamos conocido sobre nuestra gente, nuestros pacientes, nuestros servicios, el alcance de nuestra solidaridad, el agradecimiento del que es escuchado, así como los dramas más profundos del venezolano, y la posibilidad de ayudar en lo que está a nuestro alcance. Ha sido descubrir en rostros y nombres el verdadero sentido de nuestro trabajo. Y eso se lo debemos a Pari y su capacidad de conectarse con la gente sencilla, quienquiera que fuera.

Tarde tras tarde Pari se acercaba a mi oficina y me contaba estas historias, a veces llorosa por la cruda realidad que le toca vivir a nuestra gente: la joven madre adolescente de un niño con Síndrome de Down, sin recursos económicos ni relacionales que necesita que la orienten; la señora –ya mayor–  de La Vega que ahora vive en una profunda soledad y que al decir que lo único que sabe hacer es cantar, Pari dedicó 45 minutos a oírla en silencio en su pequeña oficina. La señora Dalia quien tuvo el detalle de contar su historia al Padre General de la Compañía de Jesús, Adolfo Nicolas, s.j., en su visita,  ya que Pari la acompañó en su depresión y toma de decisión de amputarse una pierna y poder ver que el mundo no terminaba allí.

Lo más sorprendente de Pari es que logra identificar silenciosamente las necesidades. Recientemente alguien me comentó que una vez la vio acompañar a una señora, a quien sus vecinos reconocen por una enfermedad de la piel parecida a la lepra, abrazada a ella sin inmutarse, al más puro estilo del Papa Francisco pero de un bajo perfil inigualable. Y como la necesidad espiritual no tiene distingo ni clase social, una vez recibí este correo de una profesora de la UCAB quien se sorprendía de cómo Pari pudo identificar su necesidad entre el tumulto de gente que día a día visita Santa Inés:

Conocí a la hermana Pari en un momento en el cual yo necesitaba que alguien sencillamente me mirara y entendiera solo con ello que necesitaba ayuda y allí se me apareció Pari, antes de cualquier cosa me metió en su pequeño cubículo y me dijo lo que parecía más inimaginable: suelta tus lágrimas primero y luego me dices qué necesitas. Siguió un largo camino por Santa Inés para hacer lo que tenía que hacerme.

Después de un tiempo supe que esa dosis la aplicó a un sinfín de personas y para colmo de humildad, ella nunca dejó de agradecerme por haberle dado “el mejor trabajo que había tenido”. Años más tarde, jocosamente contaba que cuando le ofrecí el trabajo me dijo que lo pensaría y su respuesta afirmativa fue al día siguiente, pero que evidentemente en el mismo momento que se lo ofrecí quiso comenzar a trabajar, pero no quiso hacerlo pues debía “darse cierta importancia y preservar algo su orgullo”. Siento que es demasiada bendición que Dios me ha dado a mí por ponerla en mi camino y hacerme sentir verdaderamente útil.

Tanto la historia de la conversa con el Padre Nicolás en La Vega, como la de Pari, se la conté a Juan Salvador Pérez, un amigo con quien comparto la cercanía con los jesuitas y nuestra vocación por ser profesionales con una visión cristiana de la vida. Producto de esa conversación me prestó un libro titulado Mi Vida con los Santos escrito por un jesuita norteamericano llamado James Martin, s.j., que no ha hecho sino confirmarme la presencia de santos entre nosotros.

Al igual que ocurre con los milagros, los cuales siento que están más cerca de lo que imaginamos y ocurren más seguido de lo que solemos reconocer, me pasa con los santos. Particularmente menciono dos de los santos que Martin describe y comparto el por qué destaca su santidad. En primer lugar, al hablar de San Pedro, el autor lo titula “Porque soy un pecador”, destacando más bien el lado humano del fundador de la Iglesia: “Pedro se encuentra entre los santos más grandes debido a su humanidad, sus defectos, sus dudas, y sobre todo, su comprensión profundamente sentida de todas esas cosas”. Martin se pregunta “si Jesús eligió a Pedro no a pesar de sus imperfecciones, sino a causa de ellas”.

El otro santo que traigo a colación es a San José, pues Martin lo destaca en relación a las Vidas ocultas, es decir, quienes viven una vida de santidad sin que sea realmente reconocida por todos.

Esa vida oculta la comparten muchas personas, incluso en las áreas más ricas del mundo. La mujer soltera de mediana edad que cuida a su madre anciana, pero cuyo sacrificio es apenas conocido por sus vecinos. Los amorosos padres de un niño autista que lo cuidarán toda su vida y cuyo dolor y tristeza no conocen ni sus amigos. La madre soltera que tiene dos trabajos para poder proporcionar a sus hijos una buena educación… Infinitas vidas ocultas de amor y servicio a los demás. El darse a uno mismo cada día por Dios.

En fin, destaca Martin, todos estamos llamados a la santidad, solo que algunos, como Pari, parecen desarrollarlo –aún con su humanidad, defectos y dudas como Pedro– con mayor profundidad.

La situación política en Venezuela no mejoró, cosa que carcomía día a día a Pari y, a sus 82 años, decidió nuevamente regresar a Chile en diciembre de 2013,  solo que esta vez sí se preparó con un joven jesuita a través de un largo proceso de acompañamiento y discernimiento. Bien le quedó el apodo que hace muchos años le puse “Pari Pariente, pata caliente”. Quien ha leído esta historia hasta aquí puede imaginarse la falta que me hace a mí, a la gente del Parque y a nuestros pacientes. La señora que le cantaba en su cubículo lloró profundamente al saber de su partida y ahora me visita cada vez más a menudo. Pido a Dios algunas de las virtudes de Pari para darle consuelo y a veces reír o llorar con ella.

Pari, para dejar una vez más su constancia de santidad, convirtió su carta de renuncia en una oración. Toda la carta es un poema de agradecimiento y de amor. Solo dejo sus últimas líneas:

Antes de terminar quiero confesarles dos cosas: pido a Dios que cuando alguien se acuerde de mí y me nombre, Él pueda sonreír. Lo segundo, hago mía una sencilla oración que rezaba una de mis hermanas, española, con quien viví en Chile y que al morir encontraron entre sus cosas, dice así: ‘Señor, enséñame a envejecer… has que sea yo todavía útil al mundo, contribuyendo con mi optimismo y oración a la alegría y el entusiasmo de quienes tienen ahora la responsabilidad… viviendo en contacto humilde y sereno con el mundo que cambia… que mi salida del campo de la actividad sea sencilla y natural, como una puesta de sol’.

Mientras termino de escribir esto, la sonrisa de Dios no debe tener comparación.

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