Editorial SIC 777: Un voto responsable e inteligente

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Agosto de 2015

Por qué tenemos que votar

Antes tenemos que preguntarnos por qué. La respuesta es esta: votar es un ejercicio elemental de responsabilidad ciudadana. No tengo derecho a quejarme de nada de lo que está pasando, si no asumo mi responsabilidad y doy mi aporte en su configuración. La política no es un show y yo no soy un espectador que aplaudo o abucheo el desempeño de los actores. En este sentido es una irresponsabilidad, que se paga muy cara, dejar la política a los políticos. La política es una inexcusable dimensión humana. Como político yo me asumo como componente de la polis, de la ciudad, del país, de la nación, del Estado. Lo que pasa en esos ámbitos me incumbe, no solo porque es el espacio donde me muevo como individuo y por tanto me condiciona, sino porque no soy solo un individuo sino un componente personalizado de esos conjuntos y por tanto yo los tengo que moldear y remodelar para que respondan más adecuadamente al bien de la ciudad de la que formo parte, del país al que pertenezco, del bien común, que es el bien de las personas, que se construyen cuando entablan relaciones simbióticas. Yo me realizo asumiendo y actuando esa dimensión personal, relacional, pública, política.

Si no voy a votar, no asumo mi responsabilidad y, por tanto, me despersonalizo. Pero también me despersonalizo si voto únicamente mirando ventajas individuales o haciendo lo que me dicen los que tienen poder sobre mí. Me despersonalizo, si no voto en conciencia.

En la primera elección universal en el año 1947, el pueblo venezolano se sintió realmente dueño de su destino y acudió masivamente a votar para decidirlo. Lo mismo hizo en las primeras elecciones libres después del derrocamiento de Pérez Jiménez y así lo siguió haciendo hasta que en los últimos lustros del siglo pasado una campaña de descrédito de la política, orquestada por los medios de comunicación y los de arriba, que querían mandar en la sombra, y favorecida por el mediocre desempeño de los partidos del estatus, inoculó en la gente el desentendimiento de lo público. Chávez en sus primeros años, a través de un diálogo constante con el pueblo, devolvió el sentido de lo político, pero luego él mismo lo enterró al copar todos los poderes, en contra de la Constitución, y degradar todas las elecciones a un constante plebiscito por su causa.

Así seguimos hasta hoy. El Gobierno silencia absolutamente los tres grandes problemas, la violencia generalizada e impune, la caída en picada de la producción y de la productividad y la corrupción sistemática amparada en la opacidad de toda la gestión pública, y se dedica a dar de todo y, en el caso actual, a importar de todo para distribuirlo a bajo costo, al precio de contraer una costosísima deuda, de retirar millardo y medio del Fondo Monetario Internacional (FMI), de vender su participación en una refinería y de hipotecar millardo y medio de reservas de oro. Con esto demuestra que no le importa nada el país, que lo único que le importa es conservar el poder y que para eso vende tranquilamente su alma al diablo.

No podemos seguir en esa minoría de edad. No podemos aceptar seguir siendo tratados como animales que se mueven por la zanahoria que les ponen delante. El desprecio hacia los ciudadanos que supone esta política cortoplacista patentiza que este Gobierno entiende el ejercicio del poder como la privatización del Estado para sus intereses, el estilo de los peores gobiernos del siglo XIX.

Si no votamos en conciencia, es cierto que somos menores de edad que no queremos ejercer nuestra responsabilidad y por eso nos merecemos el desgobierno que tenemos.

Para qué tenemos que votar

Este análisis de por qué tenemos que votar nos pone en la pista de los objetivos del voto en estas elecciones parlamentarias. Tenemos que votar en conciencia porque la elección de un parlamento realmente democrático es condición absolutamente indispensable para rescatar la institucionalidad democrática.

¿Qué pide nuestra Constitución? Que los que están al frente del Poder Judicial, Electoral y Moral sean personas elegidas por su solvencia, reconocida socialmente, y no militantes escogidos por su subordinación no deliberante al Gobierno.

¿Qué sucede actualmente? Que esos poderes están secuestrados por el Gobierno, que son apéndice suyo. Por eso no se da la independencia de poderes que pauta la Constitución. El resultado no puede ser más catastrófico.

El parlamento actual no controla al Gobierno, tanto sus gastos como sus actuaciones, para ver si están apegadas a la Constitución y si son provechosas para el país, y la falta de autoridad ante el Gobierno es tal que ya ni siquiera el Gobierno le da cuenta pormenorizada de su gestión. Y, por supuesto, el parlamento no la pide. Hay que ir a las elecciones para elegir a parlamentarios que cumplan con su deber. Además de fiscalizar al Gobierno, razonar fundadamente sobre asuntos de Estado y llegar a acuerdos razonables en bien del país cuando sea necesario.

El parlamento actual no elige a los órganos de justicia por su competencia reconocida y por su solvencia personal, sino por su aquiescencia con el Gobierno. El resultado es que todas las causas que se llevan a tribunales en contra del Gobierno como tal o de algún funcionario, o se archivan o se fallan a su favor. El resultado es la impunidad absoluta. Para poner un solo caso elemental: el Estado reconoce que veinte millardos de dólares se dieron a empresas fantasmas y, sin embargo, no hay ni un solo detenido. Hay que ir a elecciones para elegir a parlamentarios que elijan a un Poder Judicial realmente independiente, recto y competente. Es el único modo de que se corte en seco la corrupción y los culpables paguen su culpa.

El parlamento actual no elige al Poder Electoral por su reconocida independencia del Gobierno y por su rectitud y solvencia personales, sino por su reconocida aquiescencia con los dictados del Gobierno. El resultado es desbalancear la representación de modo que muchos ciudadanos tengan pocos representantes y pocos ciudadanos tengan muchos para favorecer al Gobierno, poner centros de votación en lugares claramente parcializados y no admitir observadores imparciales que eviten reconocidos fraudes en los sitios más lejanos. Hay que ir a elecciones para elegir a parlamentarios que elijan a un Poder Electoral realmente independiente, recto y competente. Es el único modo de garantizar que las futuras elecciones sean completamente limpias.

Una apuesta razonable

Ahora bien, la pregunta inexcusable es si los parlamentarios de la oposición van a hacer esa tarea o si van a hacer lo mismo que ahora pero para su provecho. A esta pregunta solo se puede responder con una apuesta. Es seguro que si gana el Gobierno seguiremos sin institucionalidad democrática. Es posible que si gana la oposición avancemos notablemente en la línea de la institucionalidad democrática. De nosotros depende en una medida considerable presionar a la oposición para que haga lo que tiene que hacer y no sucumba a la tentación de seguir con el mismo esquema. Depende, digámoslo una vez más, de que asumamos nuestra responsabilidad.

Ahora bien, a la oposición le conviene, por razones obvias, desmarcarse de la opacidad cerril del Gobierno. Comenzar con los mismos vicios sería ponerse la soga al cuello. Además de apelar a la moral de la oposición, apelamos a su sentido común, que pasa por tratar de hacerlo lo mejor posible para seguir afianzándose en el poder.

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