Conocerse, quererse y transcenderse

Antonio Pérez Esclarín

pechinEducar es ayudar a conocerse  y quererse para  desarrollar a plenitud todos los talentos y realizar la misión en la vida.  Como ya lo comprendieron los filósofos griegos, la genuina sabiduría consiste en conocerse a sí mismo. Hoy abundan los especialistas y expertos, se exhiben con orgullo abultadísimos currículos,  algunos llenan con sus títulos y diplomas las antesalas de sus oficinas,  pero cada día escasean más y más las personas que se preocupan por conocerse y plantearse su misión en la vida. Proliferan los postgrados y los cursos de formación permanente, pero son muy raros los sabios, personas capaces de adentrarse en sí mismos y asumir la existencia como misterio, como pregunta y como proyecto.

Para conocerse, es esencial la capacidad de reflexión y silencio. Pero cada vez abundan más las personas que son incapaces de estar solas en silencio. El actual mundo, lleno de ruidos y de prisas, impide la reflexión, el cuestionamiento personal. Muchos pasan la vida huyendo de sí mismos, sin  atreverse a bucear dentro de sus deseos, anhelos, temores y sueños más profundos. De ahí que la genuina educación debe ayudar a los alumnos a plantearse su proyecto de vida y responder con valor las preguntas esenciales: ¿Quién soy yo?, ¿cómo quiero ser?,   ¿para qué vivo?, ¿cuál es mi misión en la vida?,  ¿cómo me imagino una persona realizada y feliz?, ¿en qué debo cambiar y mejorar?

El conocimiento de sí mismo debe llevar implícita la propia valoración y autoestima. Todos valemos no por lo que tenemos, sino por lo que somos, porque somos. Todos tenemos valores y carencias o debilidades que debemos conocer para construir sobre ellos nuestra identidad. Las propias debilidades pueden convertirse en nuestras fortalezas si las aceptamos y nos empeñamos en superarlas.

No basta con conocerse y quererse. El reto es asumir la vida como una tarea y una aventura apasionantes.  Nos dieron la vida, pero no nos la dieron hecha. Los seres humanos somos los únicos que podemos labrar nuestro futuro, que podemos inventarnos a nosotros mismos y podemos reinventar el mundo. Como repetía Paulo Freire con insistencia, la educación tiene sentido porque los seres humanos somos proyectos y podemos tener proyectos para el mundo. El futuro no es sólo porvenir, es también y sobre todo por-hacer. Los seres humanos somos creadores de nosotros mismos, podemos decidir lo que queremos llegar a ser y podemos reinventar el mundo en una dirección ética y estética completamente opuesta  a la marcha de hoy.

Educar es, en definitiva, enseñar a ser libres. La tarea más importante de la vida debe ser la conquista de la libertad. Pero la libertad que es autonomía responsable y superación de caprichos y ataduras, se viene confundiendo con su contrario: la total dependencia, la esclavitud al mercado, los caprichos, las modas  o las órdenes. Cuanto más se llenan las personas de cadenas, más libres se sienten.  De ahí que la genuina libertad debe traducirse en liberación, en lucha tenaz contra todas las formas de opresión, dominación y  represión.

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