Aparece el descontento y la atomización

Piero Trepiccione

Piero TrepiccioneLa coyuntura actual de Venezuela se parece más a una telenovela por capítulos que a una realidad en particular. No es para nada fácil el abordaje de escenarios que se entrecruzan con visos de realismo mágico y crudos eventos que marcan una especie de transición sin transición. El país, desde febrero de 1999 (fecha en la cual toma posesión de la presidencia Hugo Chávez, por primera vez) se sumerge en un hiperliderazgo soportado por una  figura carismática, dotado de una grandilocuencia incomparable y además con unas ideas que daban al traste con el statu quo de entonces, dividido y desgastado en su legitimidad ante la opinión pública. Esto, sin duda, favoreció el impulso de un vector de fuerza monolítico guiado en una sola dirección durante cerca de catorce años. En marzo de 2013, con la desaparición física de su propulsor, cambia el panorama y se inicia una transición política para compensar el hiperliderazgo por una fórmula más colectiva, grupal, que mantuviera el mismo esquema de políticas públicas y accionar estratégico de las llamadas fuerzas del gran polo patriótico y especialmente, del Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv).

La valoración actual de la opinión pública

Hugo Chávez en el ejercicio de la presidencia gozó de un privilegio que pocos gobernantes en el mundo entero disfrutan: el efecto teflón; vale decir, la confianza plena de un amplio sector de la población que nunca lo asoció con los problemas reales que confrontó el país durante su mandato. Su sucesor, Nicolás Maduro, no ha contado con la misma capacidad para que la población lo deje al margen de las responsabilidades de gobierno. Desde enero de este año, la evaluación de la gestión pública que se recoge técnicamente a través de reconocidas empresas encuestadoras, da cuenta de un deterioro progresivo de la imagen presidencial y una asociación cada vez más directa a los problemas que agobian a gran parte de la población. De hecho, se está presentando una manera de despolarización que aglutina a 80 % de la población –indistintamente de su visión o apego ideológico–, que coincide plenamente en críticas a la inseguridad y el desabastecimiento. Datanálisis, Ivad, Latinobarómetro, Hinterlaces, entre otras, han venido ofreciendo cifras que llaman poderosamente la atención sobre este fenómeno que une a las personas ubicadas en bloques situacionales distintos (oficialismo y oposición) en tanto y cuanto se quejan de aspectos de la cotidianidad y calidad de vida. Este descontento ha venido impulsando un crecimiento de los no alineados como un tercer bloque situacional de gran importancia que no está siendo capitalizado por ninguno de los actores políticos del liderazgo en Venezuela.

Crisis y rumbo político

No es un secreto para nadie los problemas financieros del Estado venezolano. Diversas fuentes ubican un déficit fiscal entre 10 % y 14 %. Con vencimientos importantes de compromisos adquiridos en divisas en este último trimestre de 2014. La política de redistribución fiscal y transferencias directas a la población, más un manejo gerencial poco claro en la asignación de divisas entre otros muchos factores, han generado un cuadro financiero insostenible en su dinámica actual. Con una inflación desbordada y sin perspectivas de solución a corto plazo. Todo esto, más la situación política que se presentó en el país a raíz de las protestas estudiantiles desde febrero, han estimulado el deterioro de la valoración del Gobierno en la ciudadanía. No obstante, no aparece al menos dibujado en el horizonte, una posibilidad de revertir políticamente la situación conflictiva que la economía está generando sobre las variables sociales.

El bloque chavista

No hay duda que el presidente Nicolás Maduro consolidó su posición de líder del chavismo en el tercer congreso del PSUV. Ha sabido engranar a la mayoría de los factores internos que hacen vida activa dentro de la organización. Les ha dado espacios de gobierno importantes y además, ha consolidado la alianza cívico-militar de la cual hace gala casi a diario en sus intervenciones. Esto le ha brindado un mayor control de la situación política del país; claro, desconocemos el precio pagado para amalgamar todos estos factores. En contra, se puede señalar, que cada vez surgen más voces altisonantes y críticas dentro del bolivarianismo que aunque no tengan un carácter orgánico en este momento, se pudieran ir consolidando a mediano plazo con sus cuestionamientos, especialmente al manejo de la economía del país. Grupos como Marea Socialista entrarían en esta dinámica. También hay que acotar que en todas las mediciones el PSUV sigue siendo el primer partido político de Venezuela, pero ya no con el histórico 40 % de apoyo que se mantuvo por varios años, sino con 25 % aproximadamente, amén del cuestionamiento a la popularidad del presidente que está unos veinte puntos por debajo del promedio de los últimos tiempos de Hugo Chávez. Esta nueva dinámica impondría nuevos métodos de accionar político en el corto plazo.

 Bloqueo opositor

En el mundo opositor las cosas no parecen claras actualmente.  La Mesa de la Unidad Democrática (MUD) ha venido mostrando públicamente, desde enero, diferencias importantes que han descoordinado su rumbo político. Con la renuncia de Ramón Guillermo Aveledo y Ramón José Medina se ha tratado de abrir un proceso de restructuración que no ha terminado de cuajar. Las fisuras surgen por las visiones que se tienen para abordar la conflictiva situación nacional. Por una parte están quienes promueven el diálogo como alternativa, y concentrar esfuerzos para las elecciones parlamentarias nacionales de 2015. Por otra, están quienes desean una salida constitucional rápida, bien sea por renuncia del primer mandatario o por la convocatoria a una nueva Constituyente. Estas diferencias han dispersado los niveles de apoyo popular que estaban concentrados en Henrique Capriles Radonski y ahora lucen repartidos con Leopoldo López (en prisión) y otros líderes. Esta disyuntiva pública ha debilitado la propuesta opositora que no ha logrado capitalizar aún el crecimiento del descontento en el país frente al deterioro del clima económico.

Desafíos en el horizonte

La dinámica actual en Venezuela se nos presenta con una complejidad extrema. Un cuadro económico que está proyectando la tasa de inflación más alta del mundo (80 % mínimo, según los cálculos más conservadores), un creciente descontento hacia el Gobierno y hacia la figura del Presidente (a quien le endilgan las mayores responsabilidades); pero a la par, un proceso de atomización que socava el liderazgo del sistema político pudiendo traer consecuencias impredecibles a mediano plazo. Es decir, la sociedad debe estar preparada para cambios profundos en su modo de vida. El rentismo parece no dar ya lo suficiente para mantener el ritmo de vida acostumbrado.

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