“Yo quiero ser como el Seven Up”

Minerva Vitti

La invitación de Elvy Monzant, coordinador de Educación del Instituto Radiofónico Fe y Alegría de Maracaibo, era a mirar la realidad. En ese momento del día sin duda ya estábamos sobrecargados de esta, especialmente por el motivo de nuestra reunión aquel 27 de junio de 2014: el V Encuentro Internacional de Constructores de Paz y las X Jornadas de Reflexión Social de la Iglesia.

Para mirar nuevamente la realidad nos compartió una historia de vida de un muchacho que vivía en un sector popular de Maracaibo. Hijo de colombianos indocumentados que tuvieron que huir de su país para salvar sus vidas, a los que jurídicamente se les denomina refugiados: personas perseguidas por su raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social específico, u opinión política; víctimas de conflictos armados, de políticas económicas erróneas o de desastres naturales.

Elvy le hizo esa pregunta que nos hacen a todos cuando somos niños: ¿Qué quieres ser tu cuando seas grande? Y el joven respondió: “Yo quiero ser como el Seven Up”.

Todos rieron en el Aula Magna de la Ucab y Elvy, pensando que quizás el muchacho quería ser transparente o fresco (ya que Seven Up es una marca de gaseosa), se aventuró a preguntarle:

—¿Y por qué quieres ser como el Seven Up?

juventud y violencia

—Porque con la mamá del Seven Up no se meten, porque tiene zapatos bonitos de marca, y porque las muchachas se enamoran de él.

Todas estas razones que tienen que ver mucho con la cultura de nuestros barrios. Inmediatamente Elvy se dio cuenta que el muchacho no se estaba refiriendo al refresco sino a un malandro.

Elvy se sintió triste y se sorprendió cuando descubrió que el Seven Up era también un muchacho de Maracaibo que tenía 15 años y que a esa edad ya se le imputaban por lo menos 15 homicidios. Era líder de una de las bandas de robacarros más importantes del sector Santa Lucía.

Busqué en internet las palabras “Seven up”, “muchacho”, “Maracaibo”, y el primer contenido que apareció fue un titular que decía: El Seven-Up no quería matar. En este se reseñaba que ese joven, de 12 años para aquel entonces, había matado a un niño de 5 años, en medio de un tiroteo en la zona. Más abajo había otro link que te llevaba a una serie de titulares donde uno decía: Fue dejado en libertad “El Seven Up”. Y así iban apareciendo las informaciones.

Elvy continuó contando: “A los días la prensa, esa que a veces no respeta la dignidad del ser humano, publicó con bombos y platillos, con tono de celebración, que habían asesinado al Seven Up. El título de uno de los periódicos era: ‘¡Al fin cayó la lacra!’”. Todos los textos iban en esa línea: “Al fin nos libramos de este maleficio, de este azote”.

Este era el Seven Up, esto era lo que quería llegar a hacer aquel muchacho del barrio de Elvy.

Elvy comenzó a averiguar sobre la vida del Seven Up: Al Seven Up sus padres lo abandonaron cuando estaba chamo. Su papá era borracho. Su hermana, de 17 años, salió embarazada del líder de la banda de robacarro. Lo botaron de la escuela por su mala conducta. Por alguna razón se acercó a la catequesis de la parroquia y también lo expulsaron. Toda una historia de exclusión.

Pero Elvy tenía una pregunta más ¿cómo se llamaba el Seven Up? Algún nombre habría que tener. Y lo encontró. El Seven Up se llamaba: Enmanuel, que significa Dios con nosotros.

“Esto ha pasado en Venezuela donde no dejamos a este chamo sonreír, a este chamo soñar con un futuro mejor, que no dejamos al Dios con nosotros que lo sea y que siga convirtiéndose en Seven Up (…) Él estaba en un terreno y llegó la policía y lo masacró, no lo mató porque estaba delinquiendo sino porque la policía quería quedarse con el negocio”, añadió Elvy.

 

Los pobres nos convocan

Luego de este testimonio Elvy nos compartió la Evangelii Gaudium del papa Francisco donde nos invitaba a tener una Iglesia al servicio de las periferias, una que va a las fronteras humanas existenciales, porque el Papa prefiere una iglesia manchada por salir a la calle que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. Porque hoy estamos ante un modelo donde las mayorías se alejan cada vez más del bienestar de las minorías.

“Hasta en el núcleo de la fe lo social tiene que ser el sentido”, afirmó Elvy e hizo referencia a la Red de Acción Social de la Iglesia[1], una de las redes más importantes del país, que aglomera a un gran número de personas comprometidas en la construcción de ciudadanos densos y activos en la transformación de sus realidades.

Nosotros estamos llamados a encontrarnos con los hombres y mujeres concretas, con su sufrimiento. Estamos llamados a ser hijos y hermanos y asumir una actitud, posición y acción comprometida con aquellos que están en las fronteras de la exclusión. Quizás no resolveremos las cuestiones globales, pero con solo ponernos de acuerdo en cuáles son los problemas y cómo los podemos resolver hacemos mucho. No podemos dejarlo en manos de los demás y asumir la actitud de Caín de “¿a mi qué me importa?”[2], porque viendo cómo está la humanidad, si Jesucristo viniera hoy capaz lo crucificaríamos.

 

Notas

[1] Cáritas de Venezuela, Grupo Social CESAP, AVESSOC, Universidad Católica Andrés Bello, Consejo Nacional de Laicos, AVEC, Fe y Alegría, CONVER, Movimiento Juvenil HUELLAS y Fundación Centro Gumilla.

[2] El Papa Francisco afirma que vivimos en una tercera guerra mundial combatida “por partes”: http://www.aporrea.org/internacionales/n257599.html

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Acerca del autor

Periodista [UCAB]. Jefa de redacción de la Revista SIC.