Una de indios… y de jesuitas

Aitor Ibarrola-Armendáriz

Misiones jesuitasLa mitología del oeste americano está plagada de pioneros, granjeros, comerciantes de pieles, mineros, etc. que se labraron su futuro en una tierra agreste y majestuosa que para ellos representaba poco menos que un nuevo paraíso terrenal.

Fue Frederick Jackson Turner con su ensayo “La importancia de la frontera en la historia americana” de 1893 quien puso el pilar definitivo al mito del oeste americano como una tierra libre y llena de oportunidades que iba a contribuir de forma decisiva al desarrollo del carácter e instituciones de la nación. Por supuesto, hoy son muchos historiadores que cuestionan la imagen que la historiografía del oeste ha difundido, ya que su visión épica -el conocido como “manifest destiny”- poco menciona del genocidio de los indios, la especulación de la tierra, la arrogancia del expansionismo de los WASP o los muchos casos de racismo y brutalidad contra los mexicanos y los asiáticos.

Uno de los rasgos característicos de la fabricación del mito de la frontera del oeste americano es que, como en casi todas las épicas nacionales, determinados grupos humanos han quedado excluidos de la crónica histórica.

En su libro “Al oeste de todo: La vida interior del western”, la reconocida especialista Jane Tompkins se quejaba de la reducida visibilidad que mujeres e indios tenían en las obras que han alimentado la meta-narrativa del oeste.

Según Tompkins, el papel de estos contingentes en ese relato queda restringido al de mero lastre u obstáculo que los protagonistas del mismo han de superar para poder cumplir su misión “civilizadora”. Lo irónico del asunto es que, como indican publicaciones más recientes, fueron esas categorías -la de las mujeres y la de los Otros culturales las que con frecuencia mostraron un comportamiento más cívico y edificante.

Algo parecido cabría afirmar de otro grupo, los jesuitas, cuya labor ha sido fundamental para el desarrollo del oeste americano como región diferenciada y cuya aportación no ha sido siempre debidamente valorada.

Una reciente visita de investigación a la Universidad de Gonzaga, en el estado de Washington, me ha permitido constatar el importante papel que la Compañía de Jesús jugó en el establecimiento de una comunicación y unas relaciones relativamente pacíficas entre las tribus nativas y los colonos europeos.

En los archivos de Gonzaga se conservan los “Informes sobre las misiones indias” de jesuitas como Pierre-Jean De Smet y Peter Joseph Verhaegen, escritos en la primera mitad del siglo XIX, y que para muchos expertos ofrecen una de las miradas más fidedignas de lo que ocurría más allá del Mississippi y, luego, de las Montañas Rocosas por aquella época.

Si bien su tarea de sedentarización y evangelización de las tribus indígenas no estuvo exenta de serias dificultades, lo cierto es que los “Blackrobes” (sotanas negras) -como por entonces se les conocían- capitularon y siguieron realizando mapas; construyendo molinos, escuelas y capillas; tratando a los enfermos; incluso enseñando música sacra a los nativos. Aunque exploradores, comerciantes y soldados reconocieron sus éxitos como educadores y mediadores, también es verdad que la frustración de los jesuitas se hizo cada vez más evidente, ya que pasados más de cincuenta años, en 1880, muchas comunidades nativas seguían siendo itinerantes y se resistían a adoptar algunas de las prácticas y enseñanzas del cristianismo.

A este hecho habría que añadir que los dirigentes de la joven nación a menudo contemplaron con recelo la labor que los jesuitas estaban realizando en la frontera.

En su “Historia de la Compañía de Jesús”, el Padre William V. Bangert mantiene que ya desde los inicios de la nueva república algunos de sus “padres fundadores” -como Adams, Jefferson o Franklin- expresaron su reticencia a dotar a esta Orden de excesivo protagonismo en el proyecto de colonización del continente.

Durante todo el siglo XIX, aparte de por la audacia y eficacia demostradas por muchos jesuitas en las zonas más arriesgadas de la frontera, ese miedo se vio incrementado porque el catolicismo en su conjunto creció de forma sustancial -de representar únicamente un 1% de la población en 1790 a un 18% en 1900- debido tanto a las nuevas olas migratorias europeas como a la anexión de territorios (Luisiana y Texas) en los que mucha población respondía a ese perfil religioso.

Para los que estamos interesados en temas como las relaciones interétnicas y la diversidad cultural, la presencia jesuita en el oeste de los EE UU representa un asunto a la vez interesante y controvertido.

Por un lado, parece innegable que el hecho de que la historiografía de la región haya estado guiada casi siempre por los intereses anglo-protestantes, les ha relegado injustamente a posiciones poco visibles y marginales. Por otro lado, si atendemos a lo que estudiosos nativos como Vine Deloria o Susan Miller nos cuentan sobre el papel de la Iglesia en la “conquista del oeste”, sería complicado distinguir las actividades de la Compañía de Jesús de las de todos los demás agentes que explotaron y diezmaron sus recursos y tradiciones.

Probablemente, la versión de la historia más cercana a la realidad esté en algún punto intermedio.

*Profesor de Estudios Culturales y Relaciones Interétnicas de la Universidad de Deusto

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