Sobre la falta de papel en Venezuela

Luis Carlos Díaz

En la próxima edición de la revista Index of Censorship aparecerá un artículo que hice sobre la falta de papel para los medios en Venezuela como una forma de censura. Entrevisté, entre otros, al señor Carmona, director del diario El Impulso, de Barquisimeto. En su momento dijo que en menos de 8 meses, el diario de 110 años de fundado ha estado en riesgo de cierre tres veces por falta de papel.

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Ese texto lo escribí en mayo-junio. Estamos en septiembre y el problema no se ha solucionado. El diario atraviesa nuevamente dificultades porque se está quedando sin papel, por 4ta vez está en puertas de un cierre. Lo mismo le ocurre a otros diarios privados, autónomos de la ideología del partido de gobierno, en otras ciudades: El Diario de Los Andes, en Mérida; el Correo del Caroní, en Ciudad Guayana; El Nacional, en Caracas; y El Impulso. Ellos, entre otros, han tenido que reducir sus páginas, acabar con cuerpos informativos y revistas, e incluso dejar de salir algunos fines de semana. Han hecho todo lo posible para mantener la marca a flote, menos venderse a testaferros del poder. Es en sus páginas donde podemos leer aún informaciones que no aparecen en el sistema de medios públicos, que decidió divorciarse de los problemas y la cotidianidad.

Algunos pensarán que no hay papel por falta de planificación, y es así, pero no de los diarios.
Los medios tienen prohibido importar papel por su cuenta. No podrían adquirir dólares para comprar de forma independiente, y si pagan al exorbitante precio del dólar paralelo, sería considerado un ilícito al tocar algún puerto venezolano.
Desde principios de año, el Gobierno decidió que todos debían comprarle el papel a una empresa del Estado que es la única autorizada para importarlo. El problema es que no trae lo suficiente, no cumple los compromisos ni le importa medio comino la sostenibilidad de los diarios privados. A lo sumo mantiene algunas apariencias porque la mala prensa internacional sobre las presiones contra los periódicos en Venezuela ha retumbado un poco. Pero luego el suministro languidece y los diarios siguen sin recibir el papel que requieren. Así que están atrapados.
Reciben menos de lo que necesitan y lo reciben tarde, no pueden comprar por su cuenta y mientras tanto ven cómo le asfixian la empresa.

En este caso la web no es una respuesta. No es un premio de consolación ni puede quedarse como un refugio para el periodismo. En Internet caben todos los contenidos, pero aún no está garantizado un modelo económico que permita la sustentabilidad del medio, por más hambre de información que haya en el país.
Lo que debería ser un proceso evolutivo, natural, de convergencia hacia lo digital, lo estamos transitando de golpe, de forma traumática y sumando silencios a la construcción de la hegemonía comunicacional.

La revista SIC, donde trabajo, con 76 años de publicación ininterrumpida, también vivió la pérdida de su imprenta tradicional por falta de papel y el aumento de costos de impresión que se multiplicaron por 4 o 5 en tan solo un año. No importa lo que diga el BCV sobre la inflación.

¿Es ineficiencia de la empresa estatal o es un plan para controlar aún más a los medios? La opinión que nadie me pidió es sencilla: no adjudicar a la ignorancia o la torpeza lo que es simple maldad. Así como padecemos la brutal escasez de medicamentos, alimentos, repuestos y muchas cosas, la crisis de papel también es una decisión política. Alguien decide por nosotros qué cosas habrá o no en el país, sin una ejecución transparente de esos fondos públicos. Tanto es así que los medios del Gobierno tienen asegurado su suministro y se pagan con dinero público para sostener publicidad del partido.

Internet servirá para decirlo y para dejar constancia, pero no para sacar a flote un edificio, una institución completa ni un modelo económico de la era industrial.
Una imprenta no es sólo una empresa, también es la muestra de pluralidad y diversidad que puede haber en una sociedad democrática. Más que un problema contra la prensa, es un ataque directo a la capacidad que tiene la ciudadanía de mantenerse informada de forma distinta a la planificada por la hegemonía.

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