Pasoliniana

Nota.- La revista SIC en varias oportunidades reseñó la obra cinematográfica del controvertido director Pier Paolo Pasolini. El reciente estreno en Cannes del filme “Pasolini” sobre los últimos días de su vida y el trigésimo aniversario del director-poeta el próximo año son una oportunidad para reflexionar con cierta distancia sobre su obra artística e intelectual.

Juan Manuel de Prada

Paseando por Bolonia, descubro la casa en la que nació mi admirado Pier Paolo Pasolini, pocas semanas después de que L’Osservatore Romano ‘rehabilitase’ su magistral película El Evangelio según San Mateo, que calificó como «la mejor obra sobre Jesús de la historia del cine». 

pasolini

Me he alegrado de esta ‘rehabilitación’, porque en otras épocas el diario vaticano tildaba a Pasolini de intelectual «enigmático y reprobable», de «una escritura corrosiva y actitudes bastante excéntricas». Aunque, si lo consideramos en profundidad, el aparente denuesto resulta a la postre un inconsciente y vigoroso elogio, pues Pier Paolo Pasolini, con su corrosividad y su excentricidad, se erige en uno de los más grandes réprobos/benditos de Dios de la historia: uno de esos artistas que, con sus violencias y desafueros, con sus desgarradas blasfemias y sus inmersiones bárbaras en la ‘noche oscura’ del alma, han conseguido penetrar en la entraña misma del Misterio, cosa que no han conseguido ni remotamente tantos y tantos artistas sentimentaloides que han conducido el arte religioso a la intrascendencia.

Hace algunos años, en el desaparecido programa de televisión Lágrimas en la lluvia, emitimos un Domingo de Resurrección El Evangelio según San Mateo de Pasolini, para escándalo de tartufos, que se llevaron las manos a la cabeza de que diera cancha a un «comunista, homosexual y ateo». 

Y en efecto, Pasolini era comunista y homosexual (de vida, además, especialmente disoluta); que fuese ateo, en cambio, me parece muchísimo más discutible: no solo por la película sobre Jesús arriba mencionada, sino en general por todo su cine, que es el cine de un creyente, solo que de un creyente que vive, desesperado, en las tinieblas de Viernes Santo. Toda su obra (aunque corrosiva, enigmática, reprobable, incluso sórdida a los ojos del tartufo) está llena de Gracia, que como el quod divinum horaciano sopla donde quiere, y con frecuencia elige a los más pecadores como beneficiarios de su soplo, y gusta además de adentrarse en territorios dominados en gran medida por el demonio», como escribía Flannery OConnor (donde, en cambio, no le gusta ni un pelo adentrarse es en los territorios inundados por la blandenguería). De estas incursiones de la Gracia en ‘territorio enemigo’ está poblada la historia del arte, como prueban los poemas de Baudelaire, las pinturas de Caravaggio o las películas de Pasolini; obras de réprobos bendecidos por una inspiración celeste que nos vuelven a probar que los designios divinos son inescrutables.

Aprovechando la ‘rehabilitación’ vaticana de Pasolini, quiero traer aquí algunos pasajes de un artículo suyo, recogido en sus Escritos corsarios, donde glosa un discurso de Pablo VI en el que se admite que la Iglesia se ha vuelto «superflua» para el mundo. Y se pregunta Pasolini:

«¿Será que no hay solución? ¿Será porque el fin de la Iglesia es inevitable a causa de la traición de millones y millones de fieles (convertidos al laicismo y al hedonismo consumista) y la decisión del poder, ya seguro de tener en un puño a los antiguos fieles gracias al bienestar y sobre todo a la ideología que les ha impuesto sin nombrarla siquiera?». 

Y responde:

«Es posible. Pero una cosa es segura: si las culpas de la Iglesia en su larga historia de poder han sido muchas y graves, la más grave de todas es haber aceptado pasivamente su liquidación por un poder que se ríe del Evangelio. Desde una perspectiva radical, quizá utópica (o, en este caso, milenarista), está claro lo que debería hacer la Iglesia para evitar un fin poco glorioso. Debería pasar a la oposición contra un poder que la ha abandonado de un modo tan cínico, con el propósito de reducirla sin contemplaciones a puro folclore. Debería negarse a sí misma para reconquistar a los fieles (o a los que tienen una nueva necesidad de fe), que se han apartado de ella. Si reanudara una lucha que forma parte de sus tradiciones (la del papado contra el Imperio), pero no para conquistar el poder, la Iglesia podría ser la guía de todos los que rechazan el nuevo poder consumista que es completamente irreligioso, totalitario, violento, falsamente tolerante, en realidad más represivo que nunca, corruptor y degradante».

A simple vista, alguien podría oponer que Pasolini pretende taimadamente mezclar religión y política; pero lo cierto es que en sus palabras se rechaza explícitamente la búsqueda del poder, reclamando tan solo para la Iglesia el papel de salvadora de almas frente a un poder irreligioso que las pierde. 

¿Alguien en su sano juicio puede creer que el hombre que escribió estas líneas fuese ateo?

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