Parar las guerras

Luisa Pernalete

Imposible no elevar una plegaria en estos días para que se paren las guerras: la franja de Gaza, las persecuciones en Irak por asuntos religiosos, y no olvidemos la “guerra asimétrica” en nuestro país: violentos armados, contra cualquier ser humano que se mueva. He estado repitiendo en mi mente aquella vieja canción, no había salido del cancionero de la parroquial pero la cantábamos en cuanta misa asistíamos: “Por la paz de la tierra/elevo mi plegaria/ de diferentes credos/ de diferentes razas/ Señor, ¡ten caridad!/ Haz que el odio termine/ en un canto de paz”. Hay que volverla a entonar con fuerza.

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El conflicto entre Palestina e  Israel, o esas historias  de miles y miles de cristianos huyendo de radicales y estar en riesgo de morir  por creer en Jesús de Nazaret, ¿la historia se repite?, por mencionar solo dos casos dolorosos, tiene que movernos a la reflexión. Los radicalismos, vengan de donde vengan, son un peligro para la humanidad. El Papa Francisco nos pide que nos unamos en oración por la paz, y no recuerda que “La violencia no se  vence con más violencia”. El padre Jorge Hernández, párroco de Gaza, reza diciendo que “pedimos por el fin de esta locura.”

Las guerras pueden evitarse, Mandela ya dio una lección al cuando cuando pudo detener una guerra civil en Suráfrica que lucía inminente, probó que los buenos líderes pueden lograrlo.

Yo me uno a ese pedido del Papa, pero mientras, recupero casos  de  las comunidades populares que nos dicen que hay conflictos violentos  que pueden evitarse o acabarse. Las comparto con ustedes:

  • Las mujeres de Catuche, comunidad caraqueña, hace más de 5 años dijeron basta de muertes, y  se pusieron al frente, convencieron a los  “mala conducta” violentos de “parar las hostilidades” y resolver los problemas por otras vías, les hicieron firmar acuerdos de convivencia y se convirtieron en “observadoras activas”. Algunas eran madres de víctimas y otras madres de victimarios, pero todas coincidieron en que querían vivir en paz. La señora Doris cuenta que se acabaron las balas los fines de semana. Sin necesidad de morteros, ni tanquetas.
  • Del Valle, madre de una comunidad de Ciudad Guayana hace 3 años evitó “una guerra” entre dos grupos violentos de su barrio. “Habían matado a mi sobrino, y sus amigos querían vengarlos. Los reuní y les di una gran regaño, ¡Aquí nadie va a vengar a nadie!  A mi sobrino lo enterramos y ustedes se deshacen de esas armas. No hay ninguna guerra”. No sabe de dónde sacó valentía, pero paró lo que hubiese sido una tragedia. No hubo perdigones, ni escudos antimotines, “que el diccionario detenga las balas” se hizo realidad en el verbo decidido de Del Valle.
  • La señora Eli, de Valencia, confiesa que su casa era una guerra permanente. Su hija de 8 años, ya se lo había contado a su maestra de segundo grado: “mi papá y mi mamá se pelean todos los días, se gritan, se dan golpes, se tiran cosas” Eli lo recuerda con pena, “¡Era terrible, hasta sangre hubo una vez!”, pero la maestra la invitó a ir a unas reuniones  y ella se dejó llenar de las cosas buenas del curso para Madres Promotoras de Paz, y perseveró en el curso. “Ahora, no le voy a decir que no discutimos, pero no nos pegamos, hablamos, y me puedo reír con mis hijas.” También Eli descubrió que “hablando se entiende la gente” y paró la guerra de su hogar.

Nadie dice que sea fácil convivir en paz, pero no es imposible. Hay evidencias. Lo que también está probado es que los radicalismos  son fuego que alimenta guerra, y ninguna guerra es buena. Radicalismos solo para sostener coherentemente los procedimientos pacíficos para resolver conflictos.  A rezar todos por la paz y aponer cada quien sus dones y diccionarios para parar guerras en nuestro entorno. ¡Que la paz sea con ustedes!

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Acerca del autor

Luisa Pernalete

Educadora e investigadora del Centro de Formación Padre Joaquín de Fe y Alegría. Ex directora zonal de Zulia y Guayana. Ha trabajo en educación para la paz, redactando libros y artículos sobre el tema para prensa nacional y regional.