Colombia-Venezuela: El contrabandista que fuí

José-Luis Rivas

contrabandoDe cómo los mismos hechos pueden llevar a diferentes consecuencias.

 Un recuerdo recurrente de mi infancia son los fines de semana en una ciudad calurosa, para ese tiempo más peligrosa que mi ciudad natal, donde llenábamos fácilmente y con alegría 2 carritos de súpermercado. Esto, claro, luego de las compras de zapatos y ropa — esta última usualmente en cantidades que no comprendía mi cabeza por los términos como «media docena».

Eso sí, las marcas que veía en esta ciudad no eran — en su totalidad — como las que veía en mi día a día en mi ciudad natal. Sin embargo, una que otra que identificaba con esta ciudad tan particular poco a poco se iba volviendo más y más común.

Se llegaba luego de 30 o 50 minutos por un camino serpenteante de un sólo carril por dirección y a pesar de la cantidad de personas con las que compartíamos destino sólo conseguíamos tráfico ya al final del trayecto, en la alcabala o la aduana.

La aduana es esa cosa que jamás entendí ni sabía para qué era. Hoy en día entiendo para qué es (para sacarle dinero a la gente y meterlo en bolsillos de gente que no hace un coño) pero singo sin entender por qué tiene que hacerse.

Lo cierto es que esta ciudad no sólo nos recibía sino que crecía por nosotros, por miles que — como mi familia — iban y compraban de todo allá.

¿Pero por qué tanta gente haría eso, de comprar en una ciudad tan lejos?

A un niño de 5 o 6 años no entiende muy bien el concepto de nación, tampoco de país, Estado, gobierno, y mucho menos el de moneda. Por alguna razón inexplicable la moneda que usaba en mi ciudad natal en ésta ciudad de repente se multiplicaba y podía terminar comprando más cosas por menos monedas. Por eso todos terminában allí, comprando de todo lo que no podrían comprar por esa misma cantidad de dinero en «el otro lado» de donde venían.
Para hacer la descripción un poco más gráfica: era tanto que de regreso tocaba ir más lento porque los carros no podían con tanto. Sí, así de tanto.

Y ahora le tocó a ellos

Se dice que «a veces tocan las verdes, y otras las maduras».
Sin duda, ese momento era de maduras. Hoy, nos tocan las verdes e ir tan sólo a almorzar a esa ciudad sale unas 5 o 6 veces más caro que en Venezuela.

Y ahora ellos quieren hacer lo que nosotros hicimos por tantos años, sacar provecho donde las cosas salen más baratas. Sólo que a diferencia de ellos nuestros comercios no llenan los estantes al otro día completos, ni los recibimos felizmente. Ni siquiera crecemos porque ellos quieran comprar todo aquí.

Es tanto así que en vez de promover que compren aquí, como hacían ellos, nosotros promovemos que no compren aquí.

A ellos los acusamos de contrabandistas, no de clientes.

A los que les venden productos los acusamos de vende patria, no de emprendedores.

¿Cómo es que Nicolás dice que los productos venezolanos están tan lejos como la costa pacífico de Colombia y Bogotá y nadie haya visto una oportunidad legítima de negocios como exportadores de alimentos y productos de consumo y al fin desligar al país de la dependencia del petróleo?

No hay sorpresa alguna en que Colombia siga creciendo y nosotros vayamos por el camino contrario.

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