“Y es que hasta por un pisón te pueden matar”

Alfredo Infante sj

Liberando sus miedos, se desahogó: “Es que aquí hasta por un pisón te pueden matar”. No pasó nada. Quedó agradecido por volver a vivir. Esta vez descubrió que no siempre se arrebata la vida por un hecho insignificante.

autobus coronel

Así  sucedió: Aquella tarde me encontraba en la parada de los autobuses que suben a la Pastora, en Caracas, tallando la paciencia durante horas de espera, fumigado por el smog de motores viejos.  Finalmente, tomé la buseta de Puerta Caracas. La gente guindaba como racimos en la Puerta y no tuve más remedio que saltar  y hacerme con un pequeño espacio en la pequeña escalinata de entrada. Quien resbala cae. No hay seguro. Viajar en buseta es una aventura darwiniana por llegar a casa.

Poco a poco fui acomodándome en las entrañas de aquel animal cargado de rostros, sudores y biografías, hasta encontrar un lugar. En cada frenazo los vecinos hacían de contención. Todo parecía tranquilo. De repente, desde atrás, se oyó un grito: “parada”. Todos empezaron a reacomodarse con maestría para dar paso evitando por todos los medios salir de aquel animal de hierro que nos transportaba. Si bajas, corres el riesgo de perder la plaza conquistada con arte malabar y paciencia, es frustrante. El autobús no se detuvo, siguió su ruta. Volvieron a gritar “parada”.

El chofer no oía el insistente grito. La música estaba a todo volumen. Afuera los motorizados hacían gala del estridente ruido de sus escapes y su delictiva manera de conducir. Los conductores  tocaban con desafuero las cornetas de sus carros. Algunos asomaban la cabeza por la ventanilla de sus vehículos para mentar la madre y pintar palomas con las manos. No son palomitas de paz las que se pintan y ofrecen en las horas picos caraqueñas.

Por tercera vez, la misma voz, ahora alterada, gritó: “¡Parada, coño!”. Esta última petición fue acompañada en coro por todos los pasajeros. El chofer  frenó y replicó molesto “coño no estoy sordo, ya oí, ya oí”. Suele pasar con frecuencia. Por lo regular este tipo de hecho se cierra con una buena mentada de madre de quien se baja, cansado de la jornada del día, ajado por los apretujones y molesto por no haber sido escuchado. Esta no fue la excepción.  Desde las entrañas del vehículo una mujer cuarentona se abría paso y no desperdiciaba segundos para despotricar contra el chofer y toda su generación ascendente y descendente. Tal vez un merecido récord Guinnes en proferir insultos sin respirar. El volumen estridente de la música amortiguó los insultos.

Se detuvo el autobús.  En la parada estaban otros esperando para subirse. Bajó uno, subieron cinco. Nuevos reacomodos internos. Más estrechez. Mientras nos reacomodábamos sentí un pisotón destripador  de dedos. Me provocó gritar. No lo hice, bueno, lo hice internamente.  El señor que me pisó me pidió perdón con la mirada en el piso, apenado, como pidiendo clemencia. Sólo le faltó decir “no me mate, soy padre de familia, no tuve la culpa”. Bueno, tal vez lo pensó, su cara lo delataba. Admirado por su desproporcionada y humillada actitud, le hablé pausadamente y le dije “no tiene por qué pedir perdón, tranquilo, eso pasa”. Mis dedos gritaban, tal vez inconformes con mi actitud pacifista.

Cuando aquel hombre escuchó el tono de mi voz, me miró a los ojos y liberando sus miedos se desahogó: “es que aquí hasta por un pisón te pueden matar”. La vida volvió a su cuerpo. Yo seguí parado con los dedos latiendo de dolor,  soñando con llegar a casa y desatar las amarras de mis zapatos para dejar a mis dedos gritar y desahogar el dolor.

Aquella frase habitó violentamente mi corazón, fue como un sello. Me dejó pensativo. La sigo pensando. Aquel hombre trabajador, pacífico, desahogó sus miedos en una frase contundente. Un análisis de la situación desde su propia experiencia, de a pie, desde el libro de la vida.

Para los intelectuales de la violencia o violentologos. ¿Qué hay detrás de este hecho?  ¿Realidad? ¿Percepción de realidad? Un debate necesario y ausente en nuestra convivencia cotidiana.

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