Ser jesuita: una puerta de entrada a China

Natalia Tobón Tobón | CF

jesuitas chinaLa entronización del papa Francisco no fue un acontecer en China, como tampoco lo fue en su momento, la ascensión de Benedicto XVI o el fallecimiento de Juan Pablo II. En este viernes santo les traemos la última entrega sobre las complejas relaciones entre las dos partes.

La razón del por qué el Vaticano no es noticia en China es sencilla: China no le da importancia a noticias de países con los que no tiene relaciones diplomáticas, y más aún, a aquellos que han desafiado su autoridad.

En 1951 el Vaticano decidió apoyar sólo a Taiwán, ignorando así el precepto de la República Popular China de “una sola China”. En adelante, se han continuado casi seis décadas de tires y aflojes en donde cada lado busca reafirmar su autoridad, creando una situación en donde se sigue una misma fe pero se pregona desde dos iglesias diferentes.  

La ilegal, es precisamente la que ampara el Vaticano. La aceptada es llamada la Iglesia Patriótica, que si bien sigue las prácticas tradicionales católicas romanas, acepta obispos y curas aprobados en Pekín, en lugar de aquellos nominados por el Vaticano.

Este es el segundo punto de quiebre entre ambos Estados: Pekín no acepta que otro Estado le imponga líderes religiosos y por lo tanto, no acepta ningún obispo o cardenal enviado desde San Pedro.

Esta ley aplica para todas las religiones. En 1995, el gobierno chino se negó a reconocer a Gedhun Choekyi Nyima, niño de seis años, como la reencarnación del Panchen Lama, el segundo en jerarquía dentro del Budismo tibetano. En su lugar, nominó a otra persona, que fue entrenado por los Lamas afiliados a Pekín y que hoy, a sus 23 años, ocupa incluso un puesto político dentro de la Conferencia Consultiva Política china. Para los tibetanos esto fue un revés pues se rompió la tradición religiosa de selección de Lamas y se convirtió en uno de los grandes conflictos con Beijing, recrudecido con el hecho de que Nyima desapareció meses después de que fuera designado como el próximo Panchen Lama.

Frente a la religión católica, las medidas han buscado de igual forma controlar a aquellos que poseen una autoridad designada por poderes externos. En 1951 el gobierno comunista expulsó al cardenal Antonio Riberi pues se negó a participar en la creación de lo que más adelante sería la Iglesia Patriótica.

Desde esa fecha hasta hoy, los oficiales religiosos que expresan su apoyo al Vaticano han sido expulsados de China o arrestados. El último fue Thaddeus Ma Daqin, quien renunció a la Asociación Patriótica en Julio de 2012 y a quien le fue revocado su título de obispo aprobado por Pekín. Ma había declarado que seguiría sus labores pastorales siguiendo la fe católica y no la del gobierno central, y desde entonces se encuentra en arresto domiciliario en un seminario en Shanghai.

Una nueva oportunidad 

Con los anteriores pontífices las relaciones no encontraron un buen trecho. Juan Pablo II, en plena guerra fría, declaró su lucha contra el comunismo, condenando así acercamientos con la República Popular China.

Con la posesión de Benedicto XVI, China expresó que esperaba que se crearan “condiciones favorables para la normalización de las relaciones”. En 2007, el entonces papa envió una carta a los católicos chinos en la que proponía una unión de las dos iglesias, sin algún efecto.

Pero con el papa Francisco se abre una nueva posibilidad. La recepción de su nominación recibió casi las mismas palabras que para Benedicto XVI, expresando su “deseo de que el Vaticano haga esfuerzos conjuntos con China con el fin de crear condiciones para la mejora de las relaciones bilaterales bajo el liderazgo del nuevo Papa”.

Pero el nuevo papa tiene un as bajo la manga que otros no tuvieron: pertenece a la Compañía de Jesús.

Los jesuitas han sido los únicos misioneros que pudieron establecerse en China. Con su peso e influencia a nivel regional y su enorme población, el país siempre fue uno de los destinos soñados para el catolicismo. Sin embargo, todas las misiones católicas, incluso desde las primeras registradas en el siglo XIII por los grupos franciscanos, y las que ocurrieron luego con agustinos y dominicos, fracasaron al ser expulsadas por el imperio.

Fue sólo hasta la primera misión jesuita, en 1582, que el catolicismo logró entrar a China, gracias a Matteo Ricci. Con una apreciación y valoración de la cultura china, Ricci fue uno de los primeros extranjeros en dominar el mandarín, produjo el primer diccionario de mandarín a una lengua europea y enseñó a los oficiales chinos matemáticas y astronomía. Su importancia fue tal que se convirtió en el primer extranjero en ser invitado a la ciudad imperial en Pekín, adquiriendo el cargo de “consejero de la corte imperial”.

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El éxito de Ricci fue la aplicación de la técnica de la “acomodación”, que consistía en entender y apropiarse de las características propias de la cultura autóctona, para luego interpretarlas desde las prácticas católicas. Así, Ricci encontró puntos similares entre la filosofía confuciana y católica, y aceptó la veneración de los ancestros –práctica fundamental asiática- al considerarla una costumbre civil, logrando así varios conversos y el respeto social.

Los jesuitas se convirtieron en el puente de conocimiento científico hacia Europa en las dinastías Ming y Qing. Sin embargo, en el siglo XVII, el Vaticano dio un paso atrás al volver a considerar estas costumbres como unas prácticas paganas, obligando a los católicos a abandonarlas. El resultado fue la expulsión de todos los otros jesuitas instalados después de Ricci y la definición del catolicismo con una secta peligrosa. El Vaticano se retractó dos siglos después, diez años antes de que Mao entrara al poder y le cerrara las puertas a las religiones al ser prácticas burguesas.

Taiwán: factor desestabilizador  

El pasado martes, el presidente taiwanés Ma Ying-jeou, acompañado de su delegación de alto nivel hicieron su acto de presencia en la entronización papal.

La religión en sí no es el motor de las relaciones, pues menos del 2% de la población es católica, sino el acuerdo político, pues el Vaticano es su único socio en Europa y uno de los 23 Estados que lo reconocen.

A diferencia de 2005, cuando Beijing se lamentó públicamente por la presencia del entonces presidente Chen Shui-bian, esta vez simplemente afirmó que para restablecer el contacto, es necesario que el Vaticano reconozca que sólo existe una sola China, y que no injiera en los asuntos internos de China, como sería en este caso, la nominación de autoridades espirituales.

Escoger un papa no europeo ha sido una movida de apertura del Vaticano, declaró Zhao Yongsheng, académico de la Academia de Ciencias Sociales al diario oficial Global Times. Ahora es de esperar si la apertura continúa, con un papa que aplique la misma técnica de acomodamiento de su compañero jesuita, eliminando una a una las barreras, y encuentre así un acuerdo de conciliación entre ambas autoridades.

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