Procesar la polarización

Piero Trepiccione

Sin duda, un país puede vivir eternamente polarizado. Pueden, dos o más tendencias político-ideológicas, confrontarse permanentemente en los escenarios electorales e institucionales establecidos de común acuerdo, por la más amplia mayoría de la población, alrededor de una carta magna.

Cancilleria con Maduro

 

Esto ha sido así en muchos países alrededor del mundo que han tenido y tienen conflictos políticos de enorme complejidad por las diferencias con que se abordan los problemas fundamentales de la sociedad y no se han creado dificultades más allá de las habituales, que se procesan adecuadamente en un marco de legitimidad bastante aceptable; no obstante, cuando la polarización política no se puede procesar institucionalmente y de acuerdo a reglas claras para todas las partes involucradas en el debate, estamos en presencia de una especie de germen que va propiciando condiciones de deterioro creciente a los efectos de la convivencia ciudadana.

Sí, está claro: cuando la polarización no se procesa con herramientas institucionales mínimas, se corre el riesgo que las diferencias se vuelvan insalvables con el tiempo, generando condiciones claves para conflictos más profundos que causen heridas más complicadas de superar en la sociedad. Un país con un perfil de desarrollo requiere tener la confianza de su población –independientemente de sus preferencias partidistas- en las instituciones.

La población debe percibir abrumadoramente que las decisiones y respuestas de los entes del Estado deben estar por encima de parcialidades políticas. Y, además, los diferentes niveles de gobierno aún con líderes representativos de signos partidistas contrarios, deben procurar un mínimo de coordinación en el marco del respeto a las leyes a los fines de producir mejores políticas públicas.

Pero cuando observas todo lo contrario, y lo más dilemático es que se va produciendo de manera escalada sin que se vean cortapisas en el corto o mediano plazo, comienzas a preocuparte que los sectores radicales se vuelvan protagonistas dejando de lado la moderación y el mínimo entendimiento necesarios para procurar estadios más democráticos y propicios para superar los grandes desafíos que se vislumbran en los inicios de este siglo.

Además de los retos geopolíticos y geoestratégicos que tenemos por delante en la actualidad, las dificultades económicas y sociales de la cotidianidad representan un serio obstáculo para cualquier sociedad y más aún, si está dividida. La historia universal nos ha enseñado hasta la saciedad que los pueblos que se encontraron a sí  mismos en torno a un horizonte común fueron los que lograron superar cualquier mar de agobios con los cuales tropezaron en algún momento.

Venezuela tiene ante si quizás el mayor de los retos con los que se ha topado en su historia republicana. Tiene una ventaja importante con respecto a otros pueblos del mundo: el carácter noble y pacífico de su gente. Es hora de aprovechar el recurso humano con el cual contamos para procesar adecuadamente las diferencias en un marco de respeto común. Es hora que se multipliquen las voces de la sindéresis para encausar las energías populares hacia una grandeza real que potencie el desarrollo y la vida ciudadana.

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Acerca del autor

Piero Trepiccione

Politólogo y director del Centro Gumilla Barquisimeto.