María Isoliett Iglesias relata un país entre balas y lágrimas

Jessica Morón

“Y nos comimos la luz” fue bautizado el sábado 23 en la librería Lugar Común.

y nos comimos la luz

El país asusta. En Venezuela no hace falta refugiarse en el género de la ficción o el terror. Aquí hay material de sobra, dice María Isoliett Iglesias, a quien le faltan páginas para contar las innumerables historias de víctimas y victimarios que tiñen con sangre la realidad, a diario.

“Asusta lo que estamos viviendo. La indiferencia sobre todo que le sirve de escudo a muchos, quienes oyen las noticias y piensan: ‘Esto no me va a pasar a mí’, y no se dan cuenta de que ahorita todos somos víctimas potenciales de la inseguridad y la violencia”, comenta la escritora venezolana, que el sábado bautiza su segundo libro Y nos comimos la luz en la Librería Lugar Común, ubicada en Altamira.
Una publicación de Ediciones B, apadrinada por César Miguel Rondón y Mónica Montañés, en la que la escritora y periodista de El Universal deja de lado la ficción para contar historias reales. “Son 12 crónicas que reúnen las heridas de las madres que han enterrado a sus hijos; las vidas de quienes comen gracias a los muertos; y también las historias de muertos que acaban comiéndose a los vivos”, explica la autora que acumula una década como reportera de sucesos.

Con temple de acero, Iglesias se adentra en los barrios y callejones de Caracas para dejar en 150 páginas la radiografía de un país de balas y lágrimas. Desde el barrio Las Quintas y Las Casitas hablan las madres, las tías, los hijos, pero no los padres.

“La ausencia de la figura paterna es un común denominador en estas crónicas. A esas voces que faltan se unen la del policía, el fiscal y un juez. Porque sí los buscamos, pero ninguno quiso dar su testimonio, ni siquiera guardando su identidad. Los pensamos ahora para una segunda parte de este libro, como las piezas fundamentales para terminar de dibujar la criminalidad”, dice Iglesias, quien tras culminar el texto planea retomar el blog que comparte junto con el fotógrafo Juan Toro Diez, con ese cúmulo de anécdotas descarnadas que aún no quedarán en el olvido.

“Porque todos los días cometemos una infracción, a veces sin saberlo, que nos puede dejar sin respirar. Y nos comimos la luz se remonta al argot carcelario, donde una ‘falta’ te puede costar la vida”, apunta la escritora, quien evoca el día en que un joven perdió la vida porque su perro orinó al vecino y éste lo mató. O la de una niña de siete años que se despidió del mundo un 31 de diciembre, cuando en casa de sus tíos una bala perdida le agotó las ilusiones. Hechos en los que la pena de muerte y los que se atreven a emplearla, son protagonistas.

“Este libro se lo debía a mi carrera. Aquí encontré el espacio para perpetuar historias que ya no tienen cabida en el día a día”, concluye.

Fuente: El Universal.

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