La producción es impostergable

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Editorial de la Revista SIC 756. Julio 2013

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No se encuentran los productos básicos y lo que se gana no alcanza para cubrir todos los gastos. Más allá de cualquier formulación política de la situación, esto es lo que vive y sienten todos los días la inmensa mayoría de los venezolanos. Pero este Gobierno insiste en que se trata de una campaña mediática desestabilizadora. El gran dato que arrojaron los resultados de las elecciones recientes, en el que es obvio que el país –y no sólo sus partes más altisonantes– necesita reconfigurarse, ya no interesa. El discurso oficial es el mismo: el capitalismo, el imperialismo, la burguesía y los apátridas no descansarán nunca en su empeño de hacer que esta revolución no avance.

Si la gente más afectada por la situación está cansada del esgrima ideológico y quiere acuerdos prácticos, concretos, claros y evaluables entre quienes tienen poder para tomar decisiones, eso no importa. La gente no entiende los mecanismos perversos del capitalismo, que siempre se las ingenia para recuperarse. No es la realidad sino lo que los enemigos de la revolución quieren hacernos creer. De ahí que los impactantes datos cotidianos no sean suficientes, siempre se los podrá sustituir por una idea que los explique y que postergue su enfrentamiento. No parece que haya ninguna forma de que sea la realidad la que interpele a todos los involucrados en la situación actual. Al contrario, muy a pesar de lo que se ve en la vida diaria: escasez de productos de la cesta básica, hostilidad en la ciudad, deficientes servicios, corrupción, opacidad y control de la información, lo crucial, lo que más hay que cuidar, es la versión de los hechos que viene de la contrarevolución. De manera que no se discuten las propuestas alternativas sino las formulaciones discursivas de las mismas.

La batalla por establecer el modelo de algunos como el de todos los venezolanos prevalece sobre la voluntad de las mayorías que quieren acuerdos para avanzar. En esta guerra de interpretaciones no terminamos de aceptar que tenemos que recorrer el trecho entre el dicho y el hecho. Porque, de seguir así, lo único que va quedando claro es que pierde el país.

De ahí que sigamos teniendo enormes dificultades en cuanto a que el país sea asumido como la prioridad en la agenda de los operadores políticos. No hay voluntad para llegar a acuerdos mínimos. Y cuando parece que sí se van a poner de acuerdo, repentinamente se cambia de actitud, es decir, se vuelve a lo mismo.

Los impostergables

Para las partes polarizadas la discusión se ha centrado en los principios innegociables; sin embargo, lo que la realidad reclama es que se llegue a acuerdos sobre los asuntos o temas impostergables. Las pequeñas y medianas empresas, por ejemplo, tienen que producir más y mejor. Y, aunque se sabe que la reactivación de la estructura productiva necesita grandísimos y prolongados esfuerzos, este punto es impostergable. Se ve que no es suficiente con perseguir a los acaparadores para superar el desabastecimiento.

También se ha visto claramente que el Estado no puede encargarse de toda la actividad productiva. Y si, por su parte, los productores privados no tienen las condiciones necesarias para hacer su trabajo, de nada sirve que se grite a los cuatro vientos la soberanía alimentaria o que se insista en criticar los malos hábitos heredados del capitalismo. La producción, como la seguridad, la política salarial de los profesores universitarios, la cadena de distribución de alimentos, el sistema cambiario, las empresas básicas de Guayana, la industria eléctrica, son algunos de los impostergables de la realidad actual. Quizás otros temas puedan esperar pero estos no.

Además, si es verdad que todo cuesta, que no se pueden seguir regalando las cosas y que el Estado no lo puede hacer todo, es necesario repartirse las cargas, no sólo los dólares. El petróleo es de todos pero no alcanza para todo.Y menos alcanzará porque parte de la exportación ya está pagada. Por tanto, si no producimos no salimos del atolladero. La producción es impostergable. Y para que se pase del dicho al hecho deben crearse las condiciones para que sea posible.

Es necesario llegar a acuerdos

Las dificultades, aunque son de todo tipo, no son insalvables. No hay que temerle a los acuerdos que pueden beneficiar a las grandes mayorías. El discurso de la patria o de lo nacional bloquea el posible entendimiento por el que clama el país. El discurso patriótico o nacional de las reivindicaciones históricas no se guía por la lógica de la productividad. Este es importante pero no genera empleos productivos ni se traduce en planes de inteligencia para contrarrestar la violencia, por ejemplo.

Ahora bien, los acuerdos no pueden ser mediáticos. La política plebiscitaria, electoralista y televisiva ha convertido a los medios en un campo de batalla. Los líderes políticos han sido líderes mediáticos. Todos han entendido que sin TV su acción estaría seriamente limitada. La lucha por el control de los medios audiovisuales que se desarrolla actualmente da cuenta de la pretensión de dominio totalitario. El gobierno de calle no descuida los efectos mediáticos. Un gobierno de calle televisado pretende llenar el vacío que dejan sus operadores políticos ausentes de las organizaciones sociales de base. Los consejos comunales, por ejemplo, están fuera de los focos de las cámaras de televisión. Los poderosos, atrapados por las dinámicas del poder, se aíslan y se mediatizan, ya no escuchan a las bases ni a sus propuestas.

Nos llevará mucho tiempo superar la situación actual porque las decisiones que hay que tomar, tanto en lo local como en lo global, son muy complejas. Por tanto, más allá del recurrente cortoplacismo o del momentáneo acuerdo táctico, “apaga fuego”, el país tiene que ponerse en el centro de todas las estrategias y planes que seamos capaces de implementar en estos momentos. Insistimos en que tiene que ser el país la prioridad y no las partes que se lo disputan.

Entonces, así como en lo político debe trabajarse por la construcción de otro actor alternativo –efectivamente integrado a la base e implicado con sus denuncias–, en lo económico se requiere aceptar que la economía no es una ciencia absoluta que no tiene nada que ver con la ética y la política; es necesario admitir que esta tiene una lógica que habrá de respetarse.

Un buen político tendrá que hacer razonable, para las grandes mayorías, lo que es técnicamente necesario en economía. El diálogo de sordos entre quienes defienden el socialismo y el modelo de administración estatal y los que defienden el modelo del libre mercado de iniciativa privada no tiene salida si no se atiende la voz de las grandes mayorías que opinan que el Estado y la empresa privada deberían ponerse de acuerdo. Esta amplia base social está a favor del entendimiento de ambos sectores. Son los actores políticos ubicados en los extremos –que de la boca para afuera dicen representar al pueblo los que han hecho caso omiso de lo que las grandes mayorías conciben como solución del problema. Es la cerrazón política, más pendiente de mantener el poder que de responder a los clamores del pueblo, la que no ceja en su empeño de restar posibilidades de llegar a acuerdos al insistir en un modelo único.

El reto que tenemos por delante no es sólo producir riqueza y distribuirla bien, obedeciendo a lo que es técnicamente racional y superando la cultura de la renta para el consumo. En necesario entender que nada de eso es posible si no hay un sujeto capaz de vivir éticamente comprometido con la justicia. De modo que no tendremos democracia si alguno de estos elementos falta o si uno de ellos se impone a costa de los otros.

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