Jornada mundial de la comunicaciones

redes_papaEl próximo 12 de mayo, Domingo de la Ascensión del Señor, se celebrará la XLVII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales para la cual Benedicto XVI envió anticipadamente a todo el mundo, el mensaje “Redes sociales: portales de verdad y de fe, nuevos espacios para la evangelización” para que se pueda preparar dicha Jornada con suficiente antelación.

Ahora le sumamos un análisis del enfoque que desde el Concilio Vaticano II ha propiciado la Iglesia Latinoamericana sobre comunicación ciudadana.

Vaticano II y la Comunicación ciudadana

El Concilio Vaticano II –una asamblea de todos los obispos católicos convocados por el Papa Juan XXIII– se llevó a cabo desde 1962 hasta 1965. Los veinte años siguientes trajeron los cambios más significativos que la Iglesia Católica en Latinoamérica ha experimentado hasta ahora. Gaudium et Spes, uno de los documentos finales del Concilio, señaló que “la justicia social y la paz eran requisitos de la misión de la Iglesia”. Este y otros pasajes del Concilio influirían a la corriente que derivaríaen la teología de la liberación latinoamericana.

El Concilio Vaticano II también originó un cambio en cómo la Iglesia Católica en América Latina entendía sus acciones comunicacionales. Tradicionalmente, la Iglesia usaba los medios como herramientas de evangelización y misión. Es decir, se vio a los medios como herramientas para transmitir un mensaje al laicado. Sin embargo, en 1971 Communio et Progressio, un documento post Concilio, sentó las bases para una nueva comprensión de la comunicación; aquí, la misión de todos los esfuerzos comunicativos católicos se interpreta como la búsqueda de la “comunión”, un estado ideal de unión de todos los humanos moldeado a partir de la comunión eterna del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Con base en este principio, el documento concluye, la comunicación y los medios católicos deberían afanarse por romper las barreras que separan a los humanos, tales como la denegación del acceso a la información (tanto a estar informado como a informar) y la marginación de los pueblos en la formación de la opinión pública.

En base a Communio et Progressio, la Iglesia en Latinoamérica adelantó su propia reflexión sobre comunicación y medios. Varias reuniones y documentos subsiguientes a la Conferencia de Obispos de Medellín aclararon estas nuevas ideas. Inicialmente, una reunión en Melgar, Colombia, en 1970, denunció el monopolio de la información en manos de unas pocas corporaciones transnacionales y a los medios masivos como instigadores del consumismo y la masificación. Luego, un seminario en México, en 1971, apeló a la Iglesia para denunciar a los medios como estructuras de dominación y recomendó que ésta se convirtiera en la voz de los sin voz. Más aún, tres seminarios regionales en Guatemala, Argentina y Ecuador en 1972 cuestionaron la estructura de comunicación interna de la Iglesia como vertical, y recomendaron un modelo más participativo. Finalmente, en 1979, el documento de Puebla denunció a los grandes medios como sostenedores de un status quo de dominación a través de la manipulación ideológica e incitó a la Iglesia a desarrollar sus propias estructuras comunicacionales. Surgieron dos elementos importantes: primero, una nueva conciencia de la necesidad de un modelo diferente de comunicación para la liberación; y segundo, una nueva legitimidad de los medios pequeños, participativos y horizontales como alternativas a la naturaleza exclusionista de los grandes medios comerciales. Como resultado, durante las décadas de 1960 y 1970, cientos de colectivos y organizaciones populares católicas desarrollaron sus propios proyectos de medios ciudadanos, desde la Patagonia hasta el Río Grande. Se embarcaron en miles de proyectos de comunicación alternativa usando técnicas tan diversas como teatro, danza, marionetas, murales, impresos, videos, radio, cassettes y altavoces. Exploraron la comunicación horizontal y participativa, la concientización y las metodologías de acción-investigación; todas apuntando a un sólo objetivo: la transformación de las comunidades dominadas, pasivas y sin voz en sujetos activos de sus propios destinos.

Signismedia, Nº 4, 2012.

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