Editorial SIC 755: En la paz cabemos todos

Portada SIC 755Comenzamos diciendo que hoy en nuestro país la paz está en peligro y que es un bien absoluto y, por tanto, no negociable. La debemos buscar por ella misma con absoluta determinación, y que si no lo hacemos, porque supeditamos la paz a otra cosa, por ejemplo, al encono o al poder, nos estamos engañando y deshumanizando. Esto nos lo tenemos que decir cada uno en el santuario de nuestra conciencia, pero también cada familia, cada grupo, cada institución y, de un modo especial, la oposición y más aún el Gobierno, por la responsabilidad que tiene.

Por lo menos, llegar al armisticio

Ahora bien, la paz es un bien absoluto porque no es una magnitud negativa: ausencia de guerra o, más en general, de violencia. Eso es meramente un armisticio: cuando los enemigos ven que, de continuar en la lucha, van a acabar devorándose, deciden suspender las hostilidades, aunque aún no se declaren en paz. Es un primer paso importantísimo que indica, al menos, que el sentido de la realidad prevalece sobre los enconos y la voluntad de poder.

Nosotros no hemos llegado a ese mínimo. El Gobierno y la oposición se la pasan echando leña al fuego pensando que así van a desgastar al otro, sin darse cuenta que están incendiando al país. Están envenenando a los ciudadanos. Están agriando la convivencia. Están provocando que el país se divida en dos bandos irreconciliables.

No se preguntan qué hacer para responder a las necesidades del país que se está cayendo a pedazos. Todo lo encaminan a culpabilizar al adversario. Para ellos la política es la guerra por otros medios, porque el objetivo es neutralizar al enemigo y no administrar al país como meros mandatarios de los ciudadanos, responsables ante ellos, ante todos y no solo ante los que votaron por ellos.

Este talante adversativo no totaliza al Gobierno ni a la oposición ni a los de cada bando; pero es una lógica que tiende a poseer a las personas obnubilándoles el juicio. Tenemos que reconocer esa lógica en nosotros para aborrecerla y para desenmascarar al que sigue preso de esa locura y nos la quiere pegar.

El reconocimiento del otro aun si el otro no nos reconoce

Gracias a Dios, todavía hay muchísimos ciudadanos ‒pensamos que la mayoría‒ que, habiendo votado por el Gobierno o por la oposición, no se definen por esa preferencia política: se siguen definiendo como vecinos, como compañeros de todos los que laboran con ellos y de todos con los que conviven, independientemente de su posición política. No aceptan que otros les agrien la convivencia ni que les envenenen el corazón. Están determinados a vivir desde el respeto que se deben a sí mismos y que deben a todos, incluso a sus adversarios, y son capaces de vivir desde sí mismos, sin que la partidocracia les colonice las regiones más profundas de su ser que son prepolíticas y quieren que lo sigan siendo.

Estas personas no solo tienen que defenderse de esa fiebre contagiosa de la polarización. También tienen el deber de salir a la palestra para reconducir la política a sus verdaderos términos. No pueden apearse del respeto que se deben a sí mismos y a los demás y por eso no se la pueden pasar denigrando a nadie, tienen que bajar el tono y subir el argumento, tienen que ir con la verdad por delante para que los otros puedan hablar también desde lo más auténtico de ellos mismos, buscando entre todos hacer la verdad, que es siempre biófila, aunque pueda contener exigencias de cambios profundos.

Para superar el mero armisticio hay que reconocer al otro: tenemos que reconocer que en el país cabemos todos y que es imprescindible la contribución de todos. Somos un país de venezolanos, no de patriotas y vendepatrias. En el país cabemos empresarios y comunistas; capitalistas, socialistas del siglo XXI y quienes se empeñan en buscar una alternativa… Pero todos convergemos en respetar la Constitución para nuestra convivencia ciudadana.

Mientras nos mantengamos en sus cauces, nadie puede excluir a nadie. Y, menos que nadie, el Estado y el Gobierno. Él no puede aparecer como un tirapiedras porque nos representa a todos. Más aún, los ciudadanos tienen el derecho y el deber de exigirle el cumplimiento de la Constitución, así como el Estado tiene que realizar sus lineamientos y velar porque todas las instituciones que tienen su asiento en el país sean compatibles con ella.

La convergencia en la Constitución exige la relativización del propio proyecto

Este reconocimiento mutuo en este marco es el mínimo indispensable para que haya paz. Ahora bien, si alguien no reconoce al otro, el otro no puede dejar de reconocerlo, porque, si no, todo degenera en una mera lucha por el poder. Como dice el dicho: dos no riñen si uno no quiere. Nosotros no tenemos que querer, pase lo que pase. Tenemos que hacer valer nuestros derechos, pero tenemos que hacerlo conforme al derecho y, sobre todo, de acuerdo con nuestra dignidad y la del otro, aunque el otro no la reconozca.

Si los cauces de la Constitución son los lineamientos en los que la sociedad converge para la convivencia ciudadana, los proyectos políticos no pueden absolutizarse. Un militante partidista podrá luchar porque prevalezca el suyo, pero en el debate tendrá que relativizarlo porque, en caso contrario, está excluyendo a posturas que son compatibles con la Constitución que él ha admitido como marco de acción política. Si los otros no caben en mi proyecto, ése es un problema mío y de mi proyecto; pero, si caben en la Constitución, yo no les puedo negar su legitimidad.

Desde este horizonte aceptado, el debate no puede girar en torno a modelos como si ellos fueran lo último ya que lo último es el país y sus potencialidades y problemas concretos y lo que cada partido puede aportar en concreto para solucionar y mejorar. En esto tiene que centrase la política. Solo cuando a los políticos les importe más el país concreto ‒que es Venezuela‒ que la realización de sus sueños o que el mantenimiento del poder, la política será en verdad algo positivo.

La política debe estar regida por la ética, porque lo más elemental de la ética es hacerse cargo de la realidad, en este caso la del país y encargarse de ella para que dé sus mejores potencialidades y se corrijan sus malformaciones.

La mejor manera de encontrar la paz es ocuparnos todos del bien del único país concreto que tenemos, y no sacrificar el país concreto a una idea que tenemos de patria, a la que inmolamos a muchísimos venezolanos. Enfrentar la falta de trabajo productivo y de productividad en el trabajo, la falta de servicios de calidad, por ejemplo, educación, salud, electricidad, vialidad y vivienda, la inseguridad pavorosa, para mencionar problemas gravísimos que vemos todos, no es cuestión de operativos ni de batallas sino de concitar voluntades, organismos, instituciones y personas para que, cada una aporte para lo que interesa e incumbe a todos. El Estado tiene que poner marcos convenidos por todos los involucrados y velar porque se respeten, pero, a la vez, tiene que garantizar a todos su respeto dentro del marco constitucional.

Lo que no puede esperar es el país concreto y la convocatoria a todos los que tengan alguna competencia. Un cogollo puede administrar el poder, por lo menos por un tiempo, pero para que el país marche somos indispensables todos; no bastan los que piensan como uno. La paz será el fruto del encuentro de todos los venezolanos en torno a los ingentes e inaplazables problemas del país. La patria puede esperar indefinidamente.

Aún estamos a tiempo. Dios quiera que no desperdiciemos esta oportunidad que se nos da para abrir los ojos y medirnos, al fin, por las necesidades del país.

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