Del amor del “barrio modelo” por los tiroteos

Levy Farías

Viva-VenezuelaAunque lo leí hace ya un par de semanas, aún no logro asimilar un escrito reciente del reputado sacerdote salesiano e investigador social Alejandro Moreno. Más que el artículo en sí, lo que me perturba es un párrafo donde el estimado Alejandro, sus colegas, o sus entrevistados ―la autoría no queda del todo clara―, parecen reivindicar a los “malandros” como una valiosa expresión folclórica o algo semejante. Cito:
“En el barrio nos sentimos bien, digan lo que digan los de fuera, y sabemos que somos nosotros, que nos distinguimos de los del otro barrio, porque tenemos nuestro nombre, nuestro patrón, nuestras fiestas, nuestros malandros, nuestros políticos y politiqueros, nuestras bodegas, nuestra licorería, nuestra escuela, nuestra iglesia y nuestras iglesias. Nuestros tiroteos también, pero aunque no se crea, nuestra seguridad, porque nuestros malandros son nuestros y no se meten con nosotros que somos la trama familiar y social en la que ellos se mueven y la única en la que pueden sobrevivir. Se tirotean entre ellos y ellos, no contra nosotros, y ya sabemos que cuando hay tiros, no se debe uno asomar ni a la puerta ni a la ventana, como en cualquier parte de la ciudad”[1].
Si entendí correctamente, estas no son palabras textuales de alguien en particular, sino parte de un esfuerzo colectivo por condensar lo que vendría a ser el punto de vista modelo o paradigmático de nuestras comunidades populares. Lo problemático de tal esfuerzo es que en esa clase de conceptualización parecen confundirse la abstracción propia de las ciencias sociales o de los “tipos ideales” weberianos, con una reivindicación o idealización más bien romántica (¿o religiosa?) de los barrios y de sus habitantes. En consecuencia, resulta harto difícil desenmarañar allí qué es descripción y qué son teorizaciones o interpretaciones normativas. Pareciera, entonces, que la intención es combatir los prejuicios o estereotipos que critican o denigran a las comunidades populares, con estereotipos opuestos, en los que el orgullo de pertenecer a un barrio en particular se extiende a todas las facetas de la comunidad, incluyendo las delictivas. Ahora bien, como a mí en lo personal el punto de vista expresado me resulta alarmante, a continuación trataré de cuestionarlo con la misma brevedad con que fue planteado, aunque a título individual, sin pretender que al hacerlo represente entera o perfectamente a la clase media, aunque sin duda me siento ubicado en ella.
Estimados habitantes del barrio primigenio: Ante todo ténganse la bondad de revisar sus estadísticas, o de leer con más cuidado las noticias de sucesos. Porque mucho me temo que la puntería de sus malandros no es tan buena como creen, y la potencia de su armamento considerable. Supondría uno que están ustedes al tanto de la cantidad de pacíficos y honestos vecinos que han muerto o resultado heridos, no sólo en las calles del barrio sino también dentro de sus humildes moradas, sin haberse asomado a ningún lado. Por lo visto, las balas de alto calibre atraviesan el zinc y más de una pared sin reparar en provincialismos o sentimientos de arraigo a sectores específicos. (Por cierto, también parecen haberse olvidado ustedes de sus abundantes niñas preñadas a los 14 años o antes). Pero sobre todo, suponiendo que todavía, o en promedio, sea cierto que sus malandros no se meten con ustedes, ¿tendrían la amabilidad de preguntarse a quiénes será que ellos asaltan, violan y matan? ¿será de casualidad a compatriotas de algún barrio cercano, o de alguna urbanización que ningún daño les han hecho? Y si no es ya mucho pedir, ¿no ven ustedes que en la medida en que se asuman como la trama vital, familiar y social de los malandros, en esa medida se hacen ustedes cómplices de sus crímenes?
Como el tema es claramente muy álgido procuraré ser lo más preciso posible. Si lo escrito por Moreno y sus colegas es inexacto, de antemano me retracto y les pido disculpas a ustedes. Pero si ese texto efectivamente refleja la mentalidad y los valores de ustedes… es sencillamente inconcebible para mí cómo pueden ustedes sentirse tan seguros y tan satisfechos de sí mismos, sin el menor asomo de nada que se parezca a una autocrítica. Y lamentablemente no podría uno más que concluir, tal como sugiere una vieja expresión, que tienen ustedes dos ranchos: el físico, en el que tan orgullosa y felizmente dicen vivir; y otro, virtual, en la cabeza.

[1] Moreno, A. (15 de Octubre de 2013). ¿Comunidades organizadas? El Nacional, Opinión, p. 11.

Levy Farías ha escrito: La comunidad en carne propia. Un estudio biográfico del altruismo y la madurez moral en barrios caraqueños. (2008) Caracas: Ediciones del Vicerrectorado Académico de la Universidad Central del Venezuela. 361pp.

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