Conversación con Mandela

Luisa Pernalete

¡Cuántas veces hemos conversado en estos últimos años! No sé si hablarte como a un amigo o como a un maestro, pues puedo decir que me diste más de 500 clases. Sí, las páginas que tiene el libro “Conversaciones conmigo mismo” (Editorial Planeta 2010),  cada página mereció una reflexión  y, dado tu buen sentido del humor, hubo más de una risa en esas clases.

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Son muchas las cosas que me gustaría recuperar, pero esta vez me centraré en tu capacidad para comprender al otro y ponerte  en su lugar, y en tu empeño en trabajar por el  entendimiento y la reconciliación de ese pueblo que has amado y que te ama.

En varias partes de “tus clases” insistes en tu convicción de que en toda  persona hay cosas buenas y malas, “¡elemental!”. Imagino  qué dices, pero te cuento que en Venezuela nos está costando vernos así: nadie es enteramente malo y nadie es enteramente bueno, somos como las cebras, ¿te parece  bien el símil? En 1979, en una carta, escribiste al respecto:

“se nos dice que un santo es un pecador que persevera en ser puro… en la vida real no tratamos con dioses, sino con seres humanos normales como nosotros: hombres y mujeres que están llenos de contradicciones, que son estables y veleidosos, fuertes y débiles, célebres e  infames, gente en cuyo torrente sanguíneo los parásitos luchan a diario con potentes insecticidas” (p.270). 

Mas adelante dirás que:

“cuando uno  es una figura pública tiene que aceptar la integridad de los demás hasta que se demuestre lo contrario, y cuando no hay pruebas de lo contario, y la gente hace cosas que parecen ser buenas, ¿qué razón hay para sospechar de ellos? ¿Decir que están haciendo el bien porque tienen una razón ulterior?”

Comentas que  si se encuentran pruebas te  ocuparás del asunto, y seguirás comprendiendo:

“porque es así como  puedes llevarte bien con la gente  en la vida. Debes reconocer que es el barro  de la sociedad  en la que vives lo  que produce a las personas y que,  por tanto son seres humanos, tienen puntos buenos, tienen puntos débiles. Tu deber es trabajar con seres humanos porque son seres humanos, no porque pienses que son ángeles.” (p.298)

¡Sin desperdicio!

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Algo parecido afirmarás cuando dedicas párrafos a los celadores de las cárceles donde estuviste 27 años.  Sin dejar  de  reconocer la política brutal y despiadada del  gobierno de entonces,  dijiste:

“al  mismo tiempo uno se  da  cuenta enseguida de que no todos los celadores son bestias. Está claro que ésa es la política principal y que el vigilante medio es un hombre brutal, pero sin embargo hay buenos tipos, seres humanos, que nos trataron muy bien y que intentaron… hacernos sentir cómodos”(p.290)

¡Hay que tener verdadera humildad, generosidad y una mirada amorosa para descubrir bondades en medio de la cárcel! Esa actitud nos hace falta a los venezolanos hoy, para que podamos salir de los problemas profundos y verdaderos que nos  abruman. Esa actitud tuya, de ver  lo bueno  de las personas, te ayudó a tender  puentes y evitar la guerra civil en Sudáfrica, cuando te tocó ser Presidente.

Tuviste que convencer a tus compañeros de lucha más radicales, te ganaste la confianza de los antes opresores que esperaban de ti venganza. ¿No podrías darnos una  clase a todos los venezolanos?

Hay una anécdota tuya que me encantó cuando la leí. Es de ese período en el cual el  gobierno que te mantenía preso había decidido negociar –presionado por el pueblo y con la dirección sabia del CNA-  fue un tiempo en el cual te mejoraron las condiciones de reclusión, “un estadio intermedio entre la cárcel y la  liberación”, comentas que te dijo el Ministro de  Justicia. Te pusieron un celador, das su nombre, SO Swart:

“él  estaba dispuesto a cocinar y a fregar los platos, pero… decidí hacerlo yo mismo –cuentas – para acabar con la tensión y con el posible resentimiento que quizá sentiría él por tener que servir a un prisionero cocinándole y lavándole los platos, y me ofrecí a lavarlos  yo y él se negó… dijo que era su trabajo”.

Tú insististe en compartir ese trabajo, dices que prácticamente lo obligaste dejarte lavarlos… me río al pensar en la cara del celador  y en tu insistencia. Añadirás luego que estableciste una relación muy buena, y fuera de la cárcel buscaste ponerte en contacto con él. (pp.289-290) ¡Qué lección, comprender que podía tener un resentimiento en servir a un prisionero!  Se entiende que evitaras una guerra civil, ya habías evitado pequeñas guerras interpersonales.

Podíamos pasar la semana conversando y recuperando lecciones, pero por hoy,  lo vamos  a dejar aquí, no sin antes recodar lo que escribiste en tu cuaderno de notas el 26/08/92: “Quienquiera que gobierne (el) país querrá una buena economía” (p.373). Ya te preparabas para tu campaña y pensabas en grande, con la misma generosidad de antes, y con más sensatez.

¡Dios te bendiga Madiba!

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Acerca del autor

Luisa Pernalete

Educadora e investigadora del Centro de Formación Padre Joaquín de Fe y Alegría. Ex directora zonal de Zulia y Guayana. Ha trabajo en educación para la paz, redactando libros y artículos sobre el tema para prensa nacional y regional.