¿Cómo son los venezolanos? (I): Una perspectiva sociológica

Grissel Montial
Universidad del Zulia

La crisis institucional generó 5 tipos de venezolanos. Un estudio de la Ucab y LUZ reveló que 57 % creen que el control de sus vidas depende de otro y 44 % de la población no confía en instituciones formales

Natalia Sánchez, investigadora del Centro de Estudios Sociológicos de la FCES de LUZ. Foto Carlos Churio.

Natalia Sánchez, investigadora del Centro de Estudios Sociológicos de la FCES de LUZ. Foto Carlos Churio.

Comprender lo social desde una lógica interdependiente, con unas normas universales por cumplir, trabajo productivo que hacer, instituciones para respetar y oportunidades que aprovechar es un ideal de sociedad que en Venezuela no ha podido concretarse hasta ahora.

Según Natalia Sánchez, socióloga e investigadora del Centro de Estudios Sociológicos de la Universidad del Zulia y responsable en occidente del estudio sobre tipologías del venezolano —en conjunto con la Universidad Católica Andrés Bello—, el porcentaje de las personas que confía en las instituciones es apenas 44%. Lo grave de la cifra está en el hecho sociológico de que un país cuyas instituciones no tengan la confianza de sus ciudadanos y no ofrezcan las alternativas para coadyuvar en la construcción de valores, vías de ascenso legítimas y superación social, espiritual y económica está destinado a ser un país en crisis.

Es minoría el venezolano que cree que su locus de control es interno o interdependiente (43,2%), es decir, que lo que hagan y sean hoy va a influir en lo que tengan y serán dentro de 5 o 10 años.

“Si tuviéramos que seleccionar una variable para explicar esto en lo que estamos metidos es la debilidad institucional. ¿Qué es lo que hace que los referentes de valoración y los significativos sociales de la gente sean diferentes?: tu acceso a romper del mundo biográfico (lo que ves en lo inmediato, tu familia y entorno cercano) al mundo social (ver más allá desde el entendimiento) y eso solo se logra a través de las instituciones”, explica Sánchez.

En general, con motivación y con capacidades, las personas ascienden socialmente, pero las capacidades y destrezas provienen de las oportunidades, explica Sánchez: “Si las oportunidades solamente se las brinda la familia es imposible que puedan lograr tener las mediaciones institucionales que se requieren para poder pensar diferente, ser productivos e independientes”.

Tipologías del venezolano

Para efectos didácticos, el estudio Ucab-LUZ clasificó a los venezolanos en rezagados, tutelados, movilizados, integrados y desarraigados (ver infografía). Estos últimos son los que ya definitivamente se quieren ir y, ante coyunturas de crisis como la actual, aumentan en número.

Según Sánchez, para el desarraigado irse es la última opción, en realidad se quieren quedar, pero piensan que si esto sigue así “o los pueden matar al salir a la calle, o no ven aquí futuro. Entonces se quieren ir. Ahora, les arreglan una o dos cosas de las que creen que están graves y entonces no se quieren ir. Se les presenta un dilema”.

Por otro lado, 27% de los venezolanos entran en la tipología de rezagados: consideran que lo que les pasa está escrito. Su ascenso no depende de lo que haga, cree en el destino, la suerte o cualquier símbolo religioso, tienen poca confianza en las instituciones y no valoran el desempeño en sí mismo, tienden a ser fatalistas y conformistas. La frase que los define: “No te mates porque al final es el destino el que va a mandar”.

El venezolano promedio

Ilustración de Anthony García con datos del estudio Ucab-LUZ.

Ilustración de Anthony García con datos del estudio Ucab-LUZ.

¿Cómo es el venezolano promedio?: el que quiere “echar para adelante”, según concluye el estudio. Es el tipo de venezolano del estrato socioeconómico C (36%), los que salieron de la pobreza extrema y están “batallando como locos”; 10% de los venezolanos están en el estrato E (estos apenas sobreviven); 15% en los estratos A y B, los que han ascendido y tienen más capacidades; y 37% en el D.

Analiza Sánchez que este venezolano promedio es poco visto porque nadie lo muestra, los del estrato A-B creen que los que están en el C es porque quieren, partiendo de la idea errada de que todos los venezolanos tuvieron las mismas oportunidades y no las aprovecharon. “Somos huérfanos social y políticamente. El grupo D-E es el que peor la está pasando”, refiere.

“El venezolano cuando asciende deja lo otro atrás. Lo ignora. Tiene que haber una reconciliación entre los estratos A, B y C, porque quienes ascendieron tampoco eran nobles: se trata del venezolano que hace poco o sus ascendentes eran C, entonces no estamos muy lejos, y políticamente los estratos C-D son los que ponen y quitan presidentes en este país. Allí están los Movilizados y los Emancipados”, expone la investigadora.

Recuerda que hay muchos otros venezolanos que son un lastre en términos de pensamientos, –no como personas, aclara– que no han tenido las oportunidades y por ello tampoco las capacidades. Su propuesta apunta a hacer que esos sean cada vez menos. “¿Cómo se hace eso? Con escuelas, con educación, con instituciones que generen confianza, con policías que garanticen la seguridad y políticas económicas que nos saquen de la monoproducción y nos permitan abastecernos y tener calidad de vida”, puntualiza.

El desprecio urbano por lo rural

De acuerdo con los resultados del estudio, el país puede dividirse en una Venezuela rural, no institucionalizada, que ve solo su entorno inmediato y su mundo biográfico; y una Venezuela urbana que ignora a la otra mitad, con mejores oportunidades, más institucionalizadas y posibilidades de ascenso social.

La fantasía de la riqueza

Tal como el que se gana la lotería, el venezolano no tuvo ni tiempo de asimilarlo cuando el “boom” petrolero se lo llevó de la Venezuela campesina y agropecuaria a la Venezuela urbana, pionera y referencia en Latinoamérica en ciencia, infraestructura, medicina, con aires de modernidad. Y aunque desde la primaria los profesores advirtieron que el petróleo era un recurso no renovable, creyeron en los políticos y gobernantes que convencieron de que ahora se tenía un país rico, con un recurso natural envidiable e infinito.

“Nos convertimos en una sociedad aspiracional, soñamos con el ascenso, con el progreso, porque nos dijeron que ahora éramos ricos, que teníamos un recurso que se vende muy bien en el mercado y para el cual no había que trabajar, solo unos pocos para la extracción y exportación”, dice la socióloga de LUZ, Natalia Sánchez.

El problema de ese deseo de ascenso —distorsionado por la trampa— es que no estuvo acompañado del fortalecimiento de un tejido institucional que encaminara ese deseo por la vía de la superación honesta, trabajadora, profesionalizante y de frutos a largo plazo. Al contrario, se pensó que el ascenso está asociado al consumo, a la obtención de cosas para mostrar, porque, según Sánchez, “en los años 60 y 70, el que quería estudiar estudiaba, pero en los 80 y 90 no, quizás hasta sexto grado y ya después no. La brecha educativa allí es bastante grande. Solo en términos de cantidad ni hablemos de calidad”.

Una importante porción de los venezolanos se quedó en esa Venezuela rural desprovista de esas redes institucionales. Ese sector de la sociedad es el que ahora padece más.

El autoengaño

De acuerdo con el sociólogo y ensayista venezolano, profesor de LUZ, Miguel Ángel Campos, en entrevista publicada en LUZ Agencia de Noticias: “El venezolano sintió que dejó de ser la estrella del continente cuando la expectativa del bienestar no le llegó. Pensó que era un cuento, esa idea de que somos especiales, que tenemos lo mejor, que tenemos un origen noble, abierto, igualitario, de intercambio y que eso nos hacía diferentes. A fin de cuentas, entendió el autoengaño. De alguna manera, se reencontró con sus taras, he allí la abierta descomposición social de hoy -que va en la pérdida absoluta de la solidaridad, pasando por la violencia, la criminalidad-. Su tolerancia al crimen, por ejemplo, tiene que ver con que descubrió su verdadera constitución: es artero, taciturno, violento”.

“El venezolano es vanidoso y le gusta exhibir y se piensa que el conocimiento es para exponerlo, no para disfrutarlo, tenerlo, valorarlo, ser más eficientes y productivos… el ascenso social hay que exponerlo y hasta ahora se hace con cosas visibles”, reflexiona.

Explica Sánchez: “¿Es imputable a estos años de gobierno que consumamos más de lo que producimos? Estos han contribuido. Pero ya veníamos así desde la colonia con este resentimiento por sentirnos colonizados de tercera que debíamos igualarnos a los otros latinoamericanos ostentando”.

Sobrevivientes sociales. Esas dos palabras resumen cómo se siente la mayoría de los venezolanos en los últimos años. Una gran parte se siente huérfana políticamente, y otra descontenta porque por la vía por la que sus padres ascendieron ya no es posible hacerlo.

Campos advierte que no se trata de actualizar la educación. “Se hizo y funcionó en los 40. Ya no. Llegamos a un punto de deterioro, de extravío, se trata de olvidar todo lo que nos han enseñado, lo que hemos aprendido en una escuela informal. La escuela nunca revisó críticamente sus programas, no se ha pensado como institución mental generadora de felicidad”.

Lo que faltó

“Estamos en una sociedad que dejó de enseñar virtudes, que se hizo oportunista, economicista, que creyó, y cree que de lo que se trata es de la producción y el consumo. No tenemos ni siquiera corrección, menos virtud, si la tuviéramos, tendríamos esperanza de tener Estado de derecho. Pero como no hubo ciudadanía, no tuvimos chance de tener estado de derecho”, enfatiza el ensayista Miguel Ángel Campos.

¿Qué nos puede salvar?

Para salir de este “desencanto”, los investigadores afirman que el venezolano debe ver que al menos se están tomando medidas para disminuir los problemas que más les preocupan: la inseguridad, el alto costo de la vida, y el desempleo asociado al alto costo de la vida. Las señales de que se está arreglando eso deben ser claras y efectivas. “La gente está pasando mucho trabajo para vivir pero no tiene calidad de vida”, afirma la socióloga Natalia Sánchez.

Escoger como vía de ascenso la educación, el conocimiento y los valores amerita que haya confianza en las instituciones y éstas no han funcionado como para ganársela. Todo apunta a que se debería sobredimensionar el papel de las instituciones como las únicas para ayudar a cumplir las metas aspiracionales. Por ahora, el venezolano promedio prefiere trabajar de inmediato y buscar ascender por otras vías más rápidas.

El deseo de ascender que comparten los venezolanos sería un combustible para replantearse la sociedad que se tiene y convertirla en la que se necesita. No desde la materialización. Plantea la socióloga: “El tema de la educación es fundamental, el rol de los medios de comunicación, hacernos más productivos, apoyar los emprendimientos. Hay que quitarnos la idea de que somos un país rico porque tenemos petróleo y consumimos mucho. Los países ricos son aquellos que viven de su propia productividad y consumen menos”.

El desencanto es contagioso. Sí. Pero reencontrarse con un proyecto de país que va a ascender y a ofrecer calidad de vida también es contagioso. Los investigadores destacan que si los desarraigados, los integrados y emancipados se animan y se motivan pueden cambiar las cosas. Por otro lado, los que no saben cómo hacerlo, pero tienen ganas, seguro se contagiarán de los otros.

Se abre entonces una posibilidad de cambio. 32% de los venezolanos tiene capacidades profesionales y técnicas, y un 28,39 % se ha emancipado y es muy trabajador. Hay un deseo manifiesto de ascender y un pasado que sirve de referencia para saber que podemos estar mejor que ahora. La socióloga menciona otra condición esencial: “El venezolano tendría que volver a enamorarse de Venezuela”

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