Abuso e irracionalidad en campaña

Beatriz García

La campaña electoral en Venezuela raya en el abuso y la irracionalidad. Una campaña mesurada, no abusiva, supone seguir los procedimientos ajustados a nuestra constitución y leyes. Cumplir con el reglamento es básico, no hacerlo revela una lógica de excesos que salpica todo proceso, pues no se respetan las condiciones para participar con equidad, para poner un orden mínimo que permita que las cosas funcionen en un marco normativo claro. No separarse de un cargo público para ser candidato, adelantarse a la campaña obviando las fechas planteadas, hacer uso inadecuado o aprovecharse de recursos, estructuras, personas, medios… son ejemplos de un abuso peligroso.

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¿Para qué se colocan las normas si no van a respetarse? Es claro que en Venezuela se tienen, en muchos casos, para demostrar quién tiene poder, para interpretar su contenido según el interés del sujeto que las necesita. Es peligroso esto, no solo porque la ilegitimidad se hace costumbre, sino porque nuestra generación joven está aprendiendo a vivir en una tierra sin ley; lamentablemente, después recogeremos tempestades, nos rasgaremos vestiduras cuando, irremediable, nos golpee la anarquía sembrada.

Lo racional en una campaña electoral sería pensar los problemas y proponer caminos para superarlos. Lo racional sería presentar argumentos que van a hacer pensar al electorado que un candidato determinado es la mejor alternativa. Pero, ¿qué ocurre aquí? Ocurre que las estrategias que están marcando pauta en la campaña son las de anulación de las personas, no la de presentar proyectos para resolver los problemas. Para anular las personas es bienvenida la acusación, el insulto, el rumor, la burla, el encasillamiento, la humillación y el maltrato con el lenguaje violento que le hace juego. El ataque a las personas es una de las falacias, a mi juicio, más graves de la argumentación, absolutamente destructiva; es la inexistencia del argumento, y sin argumento, no hay razón. Esto es terreno fértil para el enfrentamiento.

Aquí también nuestros jóvenes aprenden de nuestros líderes: quien insulta más, quien habla con más gritos, quien humilla y es más cínico, ese es el mejor. Si esto es lo que se siembra, pues también recogeremos tempestades a la vuelta de no muchos años.

¿Cuánta acusación falsa ha lanzado como metralleta la oposición, cuánto insulto ha propinado el oficialismo? Vendría bien un análisis del discurso para detectar cuánta palabra se pronuncia en este sentido, sería un análisis que seguramente produciría desconsuelo a quienes deseamos otro modo de hacer las cosas, otro discurso. Oposición y oficialismo, así, sin nombrar líderes; porque, es lamentable, hay un público seguidor reproductor de tales acusaciones e insultos, un público que disfruta, como el típico que, en una pelea de puños, aúpa a los contrincantes a que se den más duro porque es muy “chévere” ver como se destrozan, y no sólo eso, sino que también aprovecha para lanzar lo suyo. Lo peor del caso es que ninguno siente que se equivoca, por tanto, ninguno rectifica.

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Estamos en una carrera desesperada por el poder, esto no es condenable, pues en la política la pureza no existe, el poder es el objetivo y hacia allá se enfilan las baterías, hacia allá se va con “todo”; PERO esto no puede ser a costa de lo que tenemos que soportar las mayorías que deseamos una Venezuela pacífica. No es pureza lo que pedimos, es respeto, es reconocimiento del otro. La polarización está cercenando nuestra vida cotidiana, porque los políticos trasladan al ciudadano común sus modos de abordar la política, y la estrategia es seguir alimentando el desencuentro; aunque por momentos existe un llamado a la unidad, este llamado es absolutamente vacío, es palabra hueca, porque no está acompañado de sinceridad y, sobre todo, de actitudes y acciones.

En este mes, y en los tiempos posteriores a los resultados del 14 de abril, el empeño debe estar orientado a seguir y defender lo que cada uno considere adecuado, pero desde el respeto a las bases jurídicas que establece nuestra constitución, sin abusos, en equidad. El empeño debe estar en proponer alternativas para resolver los graves problemas que tenemos, desde la razón y no desde la reacción; ¿por qué no?: manteniendo las bondades de la revolución bolivariana, sin mezquindades, convocando los talentos de todos los venezolanos, sin mezquindades. Para ello, necesitamos un modo distinto de hacer campaña que, en sí misma, produzca pasos hacia la superación de la polarización, porque este camino de desencuentro nos empaña a todos y todas, nos mantiene sumergidos en un abismo.

En estos tiempos de campaña va a ser imperativo un PACTO DE PAZ, más temprano que tarde será necesario, un pacto que implique unas actitudes y unos acuerdos en función del reconocimiento y respeto de todos los venezolanos, porque nosotros, los ciudadanos comunes, tenemos derecho a tener líderes que entiendan lo que queremos las mayorías, tenemos derecho a tener vecinos que puedan dialogar, derecho a unas redes sociales y medios de comunicación que no se conviertan en selva de improperios, derecho a exigir de nuestros líderes revisión de sus procedimientos si en realidad piensan en Venezuela. Aquí no queremos más odio, entiendan, no siembren más vientos, porque no queremos recoger tempestades.

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