Sociólogo de escritorio

Lissette González

El Roto (El País)

El Roto (El País)

Cuando era joven y daba mis primeros pasos en esta carrera empecé a trabajar, como casi todo el mundo, de encuestadora. En el marco de proyectos diseñados por investigadores más experimentados, visité zonas populares urbanas y rurales recogiendo datos, observando, conversando con la gente y luego transmitía toda esa información a quienes correspondía analizar y redactar el informe.

Al iniciarse el Proyecto Pobreza ya mi estatus había mejorado y entonces trabajé en el diseño del cuestionario, en el muestreo, en el entrenamiento de los encuestadores y una que otra visita de supervisión. Desde entonces, no he vuelto a trabajar en ningún proyecto que implique mi trabajo directo en campo, lo cual tiene que ver con mi creciente interés por el análisis estadístico y la construcción de modelos explicativos, que sólo requieren del acceso a una buena base de datos.

En los últimos años, sin embargo, me ha preocupado si toda esa sofisticación metodológica da cuenta de lo que ocurre en la realidad. Esta inquietud no es en absoluto original, múltiples manuales de metodología abordan este problema: a medida que el proceso de investigación se estandariza, se objetiva, se formaliza con el propósito de asegurar la confiabilidad de la información recolectada, crece la distancia entre el investigador y las situaciones sobre las que intenta dar cuenta. Por ello, además de probar neuróticamente mis hallazgos usando distintas fuentes, distintos métodos estadísticos, como mi trabajo trata de explicar la pobreza y la desigualdad, no suelo perder oportunidad de visitar comunidades populares con cualquier excusa.

En diciembre de 2010 visité refugios de damnificados en Antímano y Carapita con los voluntarios de la UCAB, en marzo de 2011 visité comunidades rurales beneficiarias del Programa Hambre Cero de la Gobernación de Miranda, hace un par de semanas visité Catuche en Caracas donde se iniciará pronto un trabajo de nuestros estudiantes para cumplir su servicio comunitario y hace 5 días visité nuevamente comunidades rurales de Miranda donde un nutrido grupo de estudiantes realiza su trabajo de campo.

Salir de la cotidianidad, de la oficina implica la posibilidad de observar tantos detalles: como el incendio de los bucares en flor rodeando la vía, como el estado de las carreteras rurales que si llueve impide la salida de las cosechas, como la publicidad que adorna las múltiples obras inconclusas. Pero, por supuesto, lo más valioso es la gente que conoces en ese breve viaje. Como la señora Luisa que gentilmente nos ofreció café en Tapipa y al final nos dijo “Nosotros también tenemos nuestro Guarapiche”, mientras nos mostraba cómo salía agua lodosa de la tubería recientemente instalada por el gobierno nacional. O los señores de mantenimiento de la Gobernación de Miranda que encontramos en Salmerón con su uniforme, que nos cuentan los múltiples enfrentamientos con la Alcaldía (oficialista) para poder cumplir con su trabajo. O Luis Carlos, el promotor de la Gobernación que me acompañó en el viaje, un muchacho de 25 años con tanto entusiasmo por su trabajo, que conoce el nombre y las necesidades de los promotores de cada parroquia, que tiene una hija de 2 años a la que adora, que quiere seguir estudiando, que ahora que la niña está más grande también quiere que estudie y eche pa’lante su mujer, con tanta esperanza, tantos planes. Y en ese momento calladamente yo me pregunto cómo nos la hemos ingeniado para construir una institucionalidad capaz de frenar tanto empuje.

Como ven, en estas visitas no recojo sistemáticamente nada que pueda ser de utilidad directa para cuando esté en mi computadora escribiendo sobre movilidad social, sobre los factores que inciden en mayores o menores oportunidades para distintos grupos de población. Sin embargo, es importante no olvidar que la gente no se reduce a las variables de nuestros estudios, que cuando hablamos de la pobreza o de los pobres no nos estamos refiriendo a víctimas que están esperando nuestra gesta sociológica heroica. De hecho, ellos se las arreglan sin tener la menor conciencia de nuestro trabajo, sin esperarlo. Cada comunidad, por pobre que sea, cuenta con grupos de gente que se organiza, que trabaja todos los días para mejorar esas condiciones adversas de su entorno.

Volviendo al tema del oficio del investigador social, muchas veces creemos que nuestro trabajo es valioso porque usamos los métodos estadísticos que acaban de publicarse en el último journal, porque tenemos muchos lectores o porque nos invitan a programas de radio y televisión. Creo que nada de eso da cuenta de la validez de nuestras investigaciones, de su capacidad de acercarse a la realidad que queremos estudiar. Sin embargo, en el investigador este problema es relativamente inocuo: si su trabajo no representa fielmente el problema que está estudiando, futuros investigadores falsearán sus conclusiones y el conocimiento avanzará en el sentido correcto. Más complicado es el rol del sociólogo que asesora, el que toma decisiones de política. Ahí sí sus conclusiones, válidas o no, tienen efecto directo sobre la vida de cientos, miles, millones de personas. Son, en su mayoría, sociólogos de escritorio, como yo misma: tanto trabajo, tanta responsabilidad no deja tiempo para dedicar mucho espacio a conocer en directo esa realidad sobre la que decide.

Ojalá a ellos también eso les preocupe, ojalá no hayan olvidado que como en cualquier otra ciencia lo que corresponde es la duda metódica, ojalá no vayan por ahí convencidos que son dueños de verdades incontrovertibles.

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