La ciudad rota

Tulio Hernández
El Nacional

 Caracas, como el país, es una ciudad rota.

Fracturada. Polarizada. Desde mucho antes que el proyecto rojo llegara al poder eso se percibía en una toponimia que delataba sus profundas desigualdades y prejuicios. Para las zonas de clase media y alta se reservaba, y aún es así, el término urbanización. Mientras que para las de ranchos, donde viven los más pobres, el término barrio. Igual con las zonas altas.

Si están pobladas por urbanizaciones se llamaban, y aún se llaman, colinas. O lomas. Pero si se trata de asentamientos de barrios se llaman cerros.
A pesar de que es una ciudad en donde los barrios pobres se hallan esparcidos por toda su geografía, durante mucho tiempo Este y Oeste demarcaban el estatus social. El Este era para las clases acomodadas, el Oeste para las menos favorecidas. Antonio Pérez Esclarín escribió un libro que irónicamente se titulaba La gente vive en el Este (Ver SIC 363, 1974). La democracia, en sus primeras décadas, hizo grandes esfuerzos para acortar estas diferencias y entre otras inversiones promovió la creación de urbanizaciones como Caricuao y El Cafetal, que de alguna manera se liberaban del estigma de los polos pobres-ricos, incorporaban un imaginario clase media que acortaba las distancias sociales, e inauguraban un modo de vida plenamente urbano.

Pero la larga crisis que se hizo evidente en los años ochenta del siglo XX, de la que nunca hemos terminado de salir, volvió a acrecentar las desigualdades y con el crecimiento descomunal de la inseguridad que se inició en los primeros años 1990 un nuevo tipo de fractura hizo eclosión. Me refiero a la proliferación de casetas, garitas y otro tipo de cierres que por razones de seguridad hacen privado el espacio público y convierten calles y urbanizaciones enteras en especies de fortalezas a las cuales no todos pueden acceder.

La estrategia desafiante y agresiva del proyecto rojo, y su consecuencia, el proceso de polarización político que llegó a su clímax en el año 2002, trajo consigo una nueva fractura.

Ahora el espacio público se hizo parte de la guerra política.

Los chavistas se hicieron dueños de la plaza Bolívar a donde a puñetazo limpio impedían el acceso de los opositores. Y los militares golpistas que se oponían a Chávez se adueñaron por meses de la plaza Altamira a donde tampoco ningún seguidor del gobierno se atrevía a presentarse ataviado de rojo.

En acto de aberración absoluta, los rojos llegaron a declarar el Oeste como zona liberada.

Y aunque poco a poco el cerco fue roto por los opositores, todavía en la actual campaña electoral grupos violentos han intentado impedir el paso del candidato de la Unidad Democrática en acciones de campaña en La Vega y Sarría.

Pero la ruptura mayor, la que tiene consecuencias más graves para el funcionamiento de la ciudad capital, es la que se produce a escala de los gobiernos locales. La estrategia del gobierno central ha sido la de impedir todo intento de reconocimiento y trabajo mancomunado con aquellas alcaldías que han sido ganadas por las fuerzas que hoy hacen vida en la Unidad Democrática.

Con ese propósito, cuando los rojos ganaron la Alcaldía Metropolitana, cuya competencia más importante es diseñar y coordinar las acciones de gobierno de las cinco alcaldías que componen la ciudad, su estrategia fue la de impedir que funcionara.
Luego, cuando fueron derrotados en todas las alcaldía menos en Libertador, su actuar ha estado marcado por la negativa a sentarse con la Alcaldía Metropolitana y las cuatro alcaldías restantes a planificar y comenzar a desarrollar los programas de alcance metropolitano indispensable para atacar los grandes problemas de la capital. Por eso, fue realmente alentador contemplar el pasado lunes, en el Teatro Chacao, a todos los alcaldes, junto a la gobernadora encargada de Miranda, reunidos para adherirse al Plan Estratégico Caracas 2020 presentado ese día. Sólo faltaba uno. Una señal premonitoria de que muy pronto la ciudad comenzará a curar amorosamente sus heridas.

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