Homilía: Santo Cristo de La Grita

Mario Moronta R.

¿Por qué y para qué venimos a La Grita ante el Santo Cristo? Cuando uno se contempla en medio de miles de peregrinos que siempre acudimos a Él, y en especial cada año por estas fechas, entiende que hay una razón que nos mueve: la fe en el Señor Jesús. Más de uno podía tener la tentación de considerar esta peregrinación como un hecho cultural, sociológico y hasta de turismo así llamado “religioso”. Pero no es así. Es la fe en Jesús la que impulsa a los peregrinos a venir de tantas partes del país, porque ya esta manifestación sobrepasa los límites de las montañas andinas y hace que La Grita, como lo hemos venido diciendo desde hace tiempo, se convierta en una ciudad santuario. No en vano, el Santo Cristo de La Grita también se presenta, porque además lo es, como protector de Venezuela.

Sí. Venimos por fe. Entonces, es fácil entender para qué venimos a este hermoso rincón andino: para hacer manifestación pública de nuestra fe, reafirmándola y enriqueciéndola con la Palabra de Dios, la Eucaristía, el testimonio y la caridad de los creyentes y seguidores de Jesús. Venimos a un encuentro con Jesús, el mismo que hemos de realizar día a día en nuestros hogares, en nuestras comunidades, en nuestros puestos de trabajo. Venimos con nuestras ilusiones y esperanzas, con nuestras angustias y desconsuelos, con nuestras peticiones y acciones de gracias. Venimos para vernos reflejados en el rostro sereno del divino pastor que se hizo uno de nosotros y entregó su vida al Padre Dios, para hacernos hijos de Él y concedernos la salvación.

¿Qué conseguimos? Sería muy simple decir que sólo nos encontramos con una hermosa talla de madera con más de 40 años de historia. Ciertamente que sí la hallamos, pero no como un mero monumento histórico: si así fuera no lo haríamos como peregrinos de la fe, sino como curiosos y eruditos. No es Así. Nos conseguimos con un ICONO. En la teología cristiana, al hablarse de ÏCONO hay una referencia clara a una imagen, sea tallada o pintada, pero que transfigura una realidad y un contenido importantes que educan, alientan y animan la fe de los creyentes. NO venimos a adorar una imagen de madera, sino a nutrirnos de lo que ella nos muestra: la Persona de Jesús a quien seguimos como discípulos.

Por el hecho maravilloso de su Encarnación, Jesús es “imagen visible del Dios invisible” (Col 2,15). Con sus hechos, con sus enseñanzas y con su muerte y resurrección, además de darnos a conocer el misterio de Dios, nos concedió el don de la salvación. La Iglesia, a través de los siglos, ha realizado la misión de anunciar esta nueva noticia a la humanidad. Para ello, se ha valido de la misma Palabra recibida del maestro divino, de los sacramentos, particularmente la Eucaristía, la práctica de la caridad y el testimonio de sus miembros. No ha dejado a un lado otras manifestaciones humanas, aunque impregnadas de un gran contenido evangelizador: las peregrinaciones, las celebraciones en torno al misterio de la vida, las devociones populares, las imágenes.

Ante el hermoso Ícono del Santo Cristo de la Grita, podemos parafrasear al Apóstol Pablo y decir que es una imagen, hecha por mano humana guiada por la fe, que transfigura al Dios invisible: el Dios del amor que a todos llama y acoge cual Padre amoroso, al Dios humanado que sintió compasión ante la multitud que se le acercaba, al Dios, que bajó en Pentecostés para confirmar a los discípulos de Jesús enviados a hacer nuevos discípulos para el reino. El Ícono de los Andes para Venezuela es imagen que habla del Dios, uno y trino, en quien centramos nuestras existencias. Ícono que transfigura incluso nuestra fe al recordarnos nuevamente que cada uno de nosotros ha de reflejar la imagen de Dios en todo tiempo y lugar.

Ante este Ícono del Sano Cristo venimos para renovar y fortalecer nuestra fe, esperanza y caridad. Por eso, hoy nuevamente resuenan ante nuestros oídos aquellas palabras pronunciadas por Jesús al inicio de su ministerio terreno. Palabras que, gracias a la caja de resonancia de estas montañas andinas hacen llegar su eco a toda Venezuela y el mundo: “Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15). Este es el mensaje claro y directo que hoy y siempre Jesús –representado en el Ícono del rostro sereno- nos quiere dar: conversión y fe en el Evangelio. Precisamente si venimos como peregrinos de fe ante Él, no podemos hacerle el vacío a esas palabras.

La conversión es una actitud permanente: es abrir nuestra mente y nuestros corazones a la Persona de Jesús quien nos transforma en hombres nuevos para caminar en la novedad de vida (Cf. Rom 6,4) que culmina en la plenitud de la eternidad. Con esa apertura de mente y de corazón dejamos entrar a Dios en nuestras vidas y con ellas en nuestros hogares, comunidades y puestos de trabajo. Entonces se hará presente en el mundo la fuerza siempre renovadora del Señor. A la vez, la conversión conlleva creer en el Evangelio. Ahora bien, creer en el Evangelio no es otra cosa sino creer en Jesús, lo que requiere hacer la opción por Jesús y seguirlo. Gracias al bautismo, el creyente recibe la fe y se convierte en hijo de Papa Dios, discípulo del Señor. Ambas cosas, convertirse y creer en el Evangelio, no se dan de manera aislada. Antes bien, se conjugan de tal modo que desembocan en el encuentro personal y comunitario con Jesucristo. Este encuentro es un don de Dios Padre a los hombres, el cual se desarrolla y se hace posible gracias al Espíritu Santo. A la vez, este encuentro crea en nosotros la mentalidad de Cristo: con ella podemos, entonces, tener sus mismos sentimientos y actuar en su nombre de tal forma que podaos tener la misma experiencia de Pablo, quien llegó a confesar “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. (Gal 2,20).

Cuando acudimos como peregrinos ante el Ícono del Santo Cristo en su Santuario lo hacemos para alentar, fortalecer y dar impulso a ese encuentro con Jesús en la vida de todos los días. En el AT, cuando se hablaba de santuario no se reducía su concepto a un punto determinado o una estructura física, sino a todo el lugar donde se tenía el ejercicio del culto divino. Con la llegada del Mesías, se pudo adorar a Dios en todo sitio; máxime porque al encarnarse, el Señor puso su tienda en medio de la humanidad donde acampó (Cf. Jon 1,14).

Luego del acontecimiento pascual, el creyente se convirtió también en el templo vivo de Dios, uno y trino. Así también, por el testimonio de su fe, cada creyente tiene la misión de anunciar y edificar el Reino. Ello conlleva hacer sentir que la presencia de Dios invade todo el ámbito social donde vive y actúa el creyente. Desde esta perspectiva, la familia se convierte en el santuario de la vida, la comunidad llega a ser el santuario del amor fraterno, el trabajo puede identificarse como el santuario  del quehacer creador de Dios… En esta misma línea y desde la perspectiva cristiana, el santuario no se reduce a un local o templo donde se realizan algunos ríos litúrgicos importantes o donde llegan los creyentes de vez en cuando.

Es más bien un espacio sagrado desde donde se santifica la región, la nación y el mundo, pues allí se reúnen los creyentes para retroalimentar su fe y su compromiso de encontrarse con Jesús. Entonces, el santuario, como bien lo deja ver su etimología, es como una fuente de santificación para los creyentes y sus comunidades, para los hombres y mujeres de buena voluntad y la sociedad. El santuario nos va a recordar que el Señor puso su morada en medio de la humanidad para salvarla y, por tanto, para hacerla santa.

La experiencia de fe y del encuentro con Cristo no es una realidad individualista y privada que debería vivirse ocultamente. Se trata de una realidad íntima y personal, pública y comunitaria. Por eso, hay que convertirla en testimonio. Éste, a través de palabras y hechos, transmite y busca contagiar a todos el centro y motor de nuestra fe, Jesucristo y su Evangelio de salvación. Para ello existe la Iglesia: para anunciar a los hombres, por medio de sus miembros, la Buena Noticia de transformación a la humanidad y conseguir que todos aquellos que quieran salvarse (Cf. Hech 2,47) lleguen a ser discípulos de Jesús (Cf. Mt 28 19). Por ser Iglesia, es decir EKKLESIA convocada por Dios para llamar a todos los seres humanos con la fuerza de su Palabra, también se presenta como santuario del Señor para los pueblos de la tierra. Así, en el hoy de cada día y sin acepción de personas (Cf. Hech 10,34) presta su voz para que el Señor siga diciéndole a los hombres y mujeres de hoy: “Conviértanse y crean en el Evangelio”

Al igual que todos los años, al celebrar la fiesta del Santo Cristo de La Grita, nuestra Iglesia local de San Cristóbal quiere renovar su vocación evangelizadora y su tarea de hacer del Táchira un auténtico santuario donde se haga sentir que Cristo es el principio y el fin, el mismo ayer, hoy y siempre… Así, con los peregrinos que vienen y tantísimos creyentes que viven su fe y encuentro con Jesús en sus comunidades, sigue lanzando las redes en el nombre del Señor (Lc 5,5). Ante el Ícono sagrado del rostro sereno, esta Iglesia del Táchira, pronta a celebrar 90 años de su creación, renueva lsu respuesta a la llamada de Dios a custodiar y alimentar la fe recibida y participada, así como para continuar y multiplicarla experiencia del encuentro vivo con Jesús… y todo en su nombre.

Para ello, como lo dijéramos anteriormente, la Iglesia hace realidad en el Táchira la presencia salvífica de Dios, convirtiendo esta hermosa región en un santuario del Dios de la vida y del amor. Esta edificación que hoy nos alberga y que pronto será culminada como el Santuario del Santo de Cristo es un signo de esta ciudad y de esta tierra tachirense, con cuya Iglesia se hace sentir que es una tierra de santificación para Venezuela y el mundo.

Así dará a conocer de manera permanente el Evangelio del Amor con toda su fuerza liberadora. Por ser santuario de Dios, abre sus brazos a todos sin excluir a nadie a fin de enseñarles que todos somos hijos de Dios y, por tanto, hermanos sin distinción ni desigualdades. Entonces debe seguir el ejemplo de Jesús, quien acogió a todos, pero mostró un amor preferencial hacia los pobres,  marginados y excluidos de la sociedad. Con ese dinamismo del amor y por el compromiso evangelizador de cada creyente, continúa la obra redentora de Jesús y da cumplimiento a la profecía del Apocalipsis “Mira que hago nuevas todas las cosas” (21,5). Por ello, da su decidida colaboración para la transformación desde dentro de la humanidad y de la historia. Hay una razón para ello: la Iglesia ofrece y proclama el Evangelio que transfigura al hombre, a su mundo y a su historia.

Es el Evangelio del Dios de la vida: Jesús, con cuya muerte y resurrección, venció la oscuridad del pecado. Proclamar este Evangelio de la vida es tarea urgente e irrenunciable en estos momentos cuando hay sombras que entenebrecen nuestra sociedad tachirense: las sombras de una descomposición moral que le está quitando el sentido de su dignidad a innumerables jóvenes; las sombras del sicariato que golpea a nuestras gentes; las sombras del narcotráfico que ha penetrado a sectores importantes de nuestra sociedad tachirense; las sombras de la violencia en sus diversas expresiones; las sombras del aborto que se ha convertido en un sucio pero lucrativo negocio de unos cuantos; las sombras de nuevas y sofisticadas formas de prostitución que trastoca la vida de jóvenes y adolescentes; las sombras del individualismo con sus consecuencias de consumismo, pragmatismo y materialismo…

Si bien con el Evangelio de la vida denunciamos las sombras que pueden poner en peligro la integridad de todos, también con él podemos y debemos anunciar las luces con las que el Táchira se presente cual faro luminoso para Venezuela y el mundo(Cf. Filp 2,20):la laboriosidad de sus gentes, su amor por la tierra, la profunda fe de la mayoría de sus habitantes, los ejemplos de santidad como el de Medarda Piñero, el sentido de vida de familia, la dedicación de sus sacerdotes y evangelizadores, el empeño y la cordialidad de la gente… Todo esto, y mucho más, es fruto de quienes nos han precedido en el camino de la fe y es lo que hemos de seguir haciendo en y desde esta tierra, santuario donde el Señor nos ha dado la misión de dar fruto, y un fruto que permanezca.

Dentro de algunos instantes, el Icono del Santo Cristo se hará presente de una manera sacramental. Con la celebración que realizamos, compartimos el pan de la Palabra y de la Eucaristía. Con ese pan reafirmamos todo lo que hemos reflexionado en esta mañana. Entonces, nuestra peregrinación alcanzará su momento culminante y recibirá de la fuente eucarística el entusiasmo y la fortaleza para que cada uno de nosotros siga transparentando con el propio ejemplo de vida el rostro sereno del Ícono de nuestra tierra: Cristo el Señor. Entonces, en el día a día, haciendo presente al Señor por medio de nuestras acciones y en medio de nuestras comunidades, con vocación de santuario que acoge a todos sin distinción, haremos realidad lo que proclamamos luego de la consagración. ANUNCIAMOS TU MUERTE, PROCLAMAMOS TU RESURRECCIÓN, VEN SEÑOR JESUS. AMEN.

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