Educar valores en tiempo de crisis

Antonio Pérez Esclarín

 Desde hace un tiempo, se viene hablando con insistencia sobre la necesidad de educar en valores. Parece haber consenso en que la profunda crisis que vivimos es, en definitiva, una crisis moral, de personas, de valores. Hoy, asistimos a un fuerte debilitamiento de la ética donde cada uno decide lo que es bueno y lo que es malo, lo que se puede hacer o no se puede hacer. El fin justifica los medios. Todo parece lícito si produce poder, si produce placer o si produce dinero, que son los valores esenciales. Para obtenerlos se sacrifican vidas y personas. Por ello, cada día ganan más y más terreno las llamadas economías subterráneas como la corrupción, el sicariato, la delincuencia, el secuestro, la prostitución de adultos y de niños, la pornografía, el tráfico de drogas, de armas, de órganos y hasta de personas. El llamado de Jesús “Amaos los unos a los otros”, lo estamos cambiando por “Armaos los unos contra los otros”. Por otra parte, propuestas moralizantes y discursos con fervientes llamados a la ética, ocultan con frecuencia, la manipulación, el ansia de poder, la corrupción, el engaño, la mentira. Hoy se miente tanto y tan descaradamente que ya no sabemos qué es verdad y qué es mentira, pues hemos matado el valor de las palabras.

Ante esta realidad, urge una educación integral, que forme y no sólo informe, que asuma al alumno en su plenitud de persona y se oriente a gestar ciudadanos honestos, responsables y solidarios, preocupados por el bien común, por lo público, defensores de los derechos y cumplidores de sus deberes y obligaciones. Y esta debe ser la principal tarea no sólo de los educadores, sino también de las familias, del Estado y de la sociedad en general. Resulta de un gran cinismo pedir a los educadores que eduquen en unos valores que vemos cómo son pisoteados todos los días.

Para ello, en primer lugar, es urgente que familias y escuelas, vuelvan a reencontrarse y a proponerse vivir –y no sólo hablar de o proponer- aquellos valores que consideran esenciales para el pleno desarrollo personal y la sana convivencia. Padres y maestros deben plantearse con humildad y con responsabilidad, ir siendo modelos de vida para sus hijos y alumnos, de modo que estos los vean como personas seriamente comprometidas en su continua superación. Entendamos de una vez que sólo podrá enseñar valores el que se esfuerza por enseñárselos a sí mismo, es decir, por vivirlos, el que lucha con tenacidad por levantarse de sus propias debilidades y trabaja día a día por ser mejor. No podemos olvidar nunca que si bien “Uno explica lo que sabe o cree saber, uno enseña lo que es”. Todos educamos o deseducamos con nuestro comportamiento, con nuestra vida, más que con nuestras palabras. Todos enseñamos no tanto lo que decimos, sino sobre todo lo somos y hacemos: Si eres generoso, estás enseñando y promoviendo la generosidad. Si eres superficial y vano, comunicas trivialidad. Si eres violento y agresivo, estás enseñando violencia y agresividad. Si vives amargado y te la pasas quejando, enseñas desconfianza, amargura, pesimismo. Si eres genuino ciudadano, cumples con tus deberes y respetas los derechos de los demás, estás enseñando ciudadanía, enseñando a convivir.

En educación, necesitamos, en definitiva: maestros. Tenemos muchos licenciados, profesores, magisters y hasta doctores, pero escasean cada vez más los maestros: hombres y mujeres que encarnan estilos de vida, ideales, modos de realización humana. Maestros y maestras comprometidos con revitalizar la sociedad, empeñados en superar mediante la educación la actual crisis de civilización y de país que estamos padeciendo. Pero además de todo esto, necesitamos que el Estado se asuma como el principal Maestro, que dé ejemplo con su conducta de todos esos valores (respeto, honestidad, inclusión, justicia, igualdad, sinceridad, equidad…) que están plasmados en la constitución y en las fundamentaciones de todas las leyes.

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