Editorial de SIC 742: El ambiente del 12 de febrero

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Actualmente, el contexto de división nacional, en medio de complejos conflictos sociales, políticos y culturales de vieja y nueva data que afectan a las grandes mayorías y que no conviene olvidar, testigos en el día a día de múltiples reclamos ante una gestión deficiente de lo público, con la población a ratos indiferente ante el problema carcelario y expectantes ante las acciones del Ejecutivo en materia de vivienda y empleo, un gran número de venezolanos protagonizó un significativo evento: las elecciones primarias abiertas y multipartidistas, para elegir a sus candidatos a la presidencia de la República, las gobernaciones y las alcaldías.

De estas primarias nos interesa resaltar tres aspectos: la participación de la gente, la función articuladora de la MUD al interno de los partidos políticos de la oposición y el discurso de reconciliación del ganador.

La participación

Las primarias fueron positivamente participativas. Las cifras hablan de más de tres millones de venezolanos que se movilizaron a votar. Ante este hecho, que la misma oposición reconoce como gratamente sorprendente, se confirma el sentir de la gente que quiere que la política se haga de otra manera. Se trata de escuchar a la gente, interpretarla correctamente y de ponerse a la altura de sus requerimientos.

La participación sigue asociada casi exclusivamente al voto. Pero no es poco que todavía se crea que mediante el sufragio se pueden expresar las preferencias de la gente por quienes piensan que deben ser sus dirigentes. Ahora, si la gente se limita al entusiasmo de votar no se avanzará respecto de la cultura política vigente. La democracia requiere de iniciativas y organizaciones sociales, incluyendo a los partidos políticos, que se fortalezcan de tal modo que resulte imposible a quien conquiste el poder apropiarse personal o corporativamente del Estado.

La participación en las primarias contrasta con las inmediatas reacciones del Gobierno; primero desconociéndolas y después descalificándolas. Se ve claro cuánto se resiste a entender el significado político de la positiva participación en estas primarias. La pequeñez mostrada por el Gobierno prueba que no tiene disposición real a aceptar la diversidad del país que pretende dirigir. La oposición tiene mucho que andar todavía pero ha dado un primer paso firme.

Un procedimiento distinto

Esta participación no fue gratuita, sino resultado del trabajo de la MUD desde hace ya tres años. Su empeño y la constancia posibilitó ir más allá de las malas mañas de los partidos. Esto es buena señal, porque de otro modo no se puede esperar que la gente se interese, se involucre y sea protagonista si a la hora de la verdad no se procede de un modo distinto al de las maquinarias.

En buena parte de la dirigencia opositora se leyó claro lo que les había ocurrido en las últimas elecciones de gobernadores y alcaldes. No podían desconocer la opinión de sus seguidores y volver a incurrir en la práctica de imponer desde arriba a un candidato. A partir de ese momento la gente exigía primarias para elegir al candidato de la oposición. Desconocer este reclamo podía costarles caro. Pero se hicieron cargo de la demanda real e iniciaron el paciente y complejo camino hacia las elecciones primarias. Hoy la oposición tiene unos Lineamientos para un Programa de Gobierno de Unidad Nacional y una plataforma de candidatos que se espera trabajen unidos sin recaer en las típicas rencillas y mezquindades de hace poco, ni en los repartos clientelares desconociendo  a sus reales interlocutores.

De este proceso también cabe destacar que en la oposición ganó la tendencia de un grupo decidido a construir la unidad reclamada por sus seguidores y necesaria para legitimarse ante sí mismos y ante el país. La meta era llegar a las elecciones del 2012 con un candidato elegido por votación universal, directa y secreta; ser demócratas comportándose como tales. Este primer capítulo se realizó de acuerdo al guión de trabajo de la MUD. Pero no se acaba en estas primarias, sino que aspira a ir más allá de las elecciones y convertirse en un modo distinto de hacer las cosas. Si continúa así, un nuevo aire entrará en la política nacional.

De precandidato a candidato

El precandidato Capriles Radonski es ahora el candidato de la oposición. Creemos que es importante resaltar su insistencia, antes como precandidato y ahora como candidato a la presidencia, en la reconciliación de los venezolanos. Este discurso de reconciliación debería apoyarse en el proyecto común compartido que representa la Constitución. La reconciliación es un gran reto sobre todo frente a la polarización que ha permeado todos los sectores de la sociedad y que convierte toda situación compleja en contradicción irreconciliable. En un ambiente electoral que tenderá a caldearse, Capriles deberá mostrar su habilidad para administrar las emociones tanto de los que lo siguen como de los que lo adversan. En este mismo sentido tiene mucho valor el llamado a colocar  la unión del país, lo que de suyo es importante, por delante de la misma unidad opositora que él representa y de los intereses de cualquier partido. Además, este candidato, aunque no se puede asociar con las maquinarias –ese proceder negativo característico de la última etapa de los partidos llamados tradicionales–, tendrá que cuidar bien quiénes seguirán siendo sus apoyos. A quien no parece ser delfín de nadie no se le pide que sea químicamente puro, sino coherente con la definición que da de sí mismo: un servidor público.

El candidato, la cultura política vigente y el cambio

El cambio que se pregona necesario para el país vendrá dado por el fortalecimiento de la sociedad civil, por un modo distinto de hacer las cosas de los ciudadanos autónomos y no sólo por el cambio de presidente. La creencia que establece una equivalencia entre cambio de presidente y cambio social y político tiene que superarse llamando al compromiso con lo público. La cultura política vigente de los venezolanos sigue siendo presidencialista. No se ha superado la tentación de descargarse de las responsabilidades públicas en el gobierno de turno. El personalismo que acecha detrás del presidencialismo es una sombra que no ha desaparecido. Además, un presidente con mucho petróleo se vuelve un sujeto muy poderoso que termina imponiendo sus intereses por encima del bien común y tarde o temprano lanza al traste lo que prometió para ganarse la voluntad de la gente. La única manera de superar esta tentación es teniendo una sociedad donde hagan vida organizaciones fuertemente articuladas que le cierren todos los espacios a esta forma de ejercer el poder político. El candidato deberá tener en cuenta este rasgo de la cultura política de los venezolanos del que no es fácil escapar si se pierde el horizonte del cambio.

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