Carlos Delgado-Flores: Plegarias atendidas

Carlos Delgado-Flores

 Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que no
Santa Teresa de Jesús

Tengo esta nota en el tintero hace una semana. Tenía claro el título, tomado del texto homónimo de Truman Capote, y la cita de Santa Teresa como epígrafe, también. Lo que no tenía claro era el contenido, porque lo que la santa avileña nos propone es, ciertamente, una paradoja. Por eso esta nota sale el 8 de octubre y no antes del 7, de las elecciones: porque no podía saberse sino al final cual fue la respuesta a las plegarias. ¿Y fueron atendidas? Sí, pero no en la forma en que lo habíamos deseado, fueron atendidas en la forma en que fue dispuesto, y es algo que conviene aceptar antes que comprender.
Habíamos pedido que ganara Henrique y que hubiera paz y de las dos se concedió una sola. ¿Hubo que sacrificar la victoria por la paz? Si así fue, se ganó tiempo y se preservaron vidas, con lo cual no hay motivos para lamentarse. ¿Perdimos ganando? Sin duda: 45% en estas presidenciales, 52% en las parlamentarias de 2010, significan más o menos la mitad del país; significan además que en 14 años, la oposición no sólo no se ha extinguido, sino que se ha visto fortalecida –bendecida diríamos- con un proyecto consistente, una estructura más organizada y un líder, un auténtico líder.
Pero el sentido de mi nota originalmente no iba por aquí, aunque esto no es mera adecuación a los resultados. Desde que pensé el título, me dispuse a comentar dos fenómenos que he visto aparecer en la mentalidad política de mi pueblo a la luz de esta campaña: la construcción de una mayoría en red, que impulse la rebelión, y a la cual me he referido en varias ocasiones en este blog, y un espíritu de profecía cuya importancia debe ser entendida a cabalidad.
Sobre la idea de profecía debo contextualizar un poco. Al final de su presentación en el III Encuentro Internacional de constructores de paz organizados por el Centro Gumilla, Miguel Álvarez Gándara (México) habló de negociación en contextos polarizados y violentos y luego de dar un conjunto de consejos, finalizó con uno: “no olvidar el ministerio de la profecía”
Por esos días, mi lectura de Roberto Mangabeira en El despertar del individuo apuntaba hacia la necesidad de cambiar la fundamentación de la razón política, no en la historia sino en la profecía, en la memoria vuelta profecía por la imaginación que funda realidades. Se trata de una concepción de lo profético algo distinta de la católica, para la cual, la profecía es denuncia de los pecados de una época y anuncio de una futura acción divina en virtud de lo cual, Jesús es, a un tiempo, Dios mismo en la persona del hijo y profeta por su condición de hombre. De allí que el espíritu profético en los católicos se manifiesta en la imitatio christi, más o menos sistematizada en el catecismo. La teología de la liberación supuso una ascesis en la cual ya no se esperaría el reino de Dios, sino que se construiría en la tierra con la intercesión con la fe y la justicia, atributos éstos del amor de Dios; los pentecostalistas, por su parte, suponen que un profeta es aquel que es capaz de dar testimonio por la acción directa del espíritu santo, con lo cual, queda suprimida la acción humana de constituir iglesia, que es un ejercicio de la voluntad (re-ligare), se trata de una iglesia mucho más animista, ciertamente.
¿Hay un sentido laico de lo profético? Para Mangabeira, sí, y es también hacia lo que parece apuntar Miguel Álvarez Gándara: hacer profética la memoria implica darle proyectividad ética a la identidad; memoria y proyecto hacen entonces que la política alinee a la imaginación con los recursos de las voluntades en una perspectiva donde las historias personales se conjugan con la historia de la comunidad, del país.
Aquí cabe la pregunta: ¿no es esto lo que hizo Henrique Capriles Radonski en su campaña, recorriendo los pueblos? ¿No era eso Chávez, al principio, en 1998? La diferencia no obstante, no son los candidatos y sus respectivas personalidades y actuaciones, es más bien el tipo de sistema religioso al que aluden sus liderazgos, cosa que explica Michelle Ascencio en De que vuelan vuelan: el sistema de la persecución, donde entidades buenas y malas en conflicto influyen en la acción humana (que Ascencio incorpora al que denomina Catolicismo popular) versus el sistema de la culpa, donde hay una ley, una responsabilidad internalizada y un modo de redención. Chávez está asociado a las persecuciones, Capriles a la culpa y a la redención. Hasta dónde llegan los sistemas en la racionalidad política del venezolano lo vimos el 7-O, no obstante, ahora es tiempo de meditar si es conveniente darle al progresismo venezolano una base tan marcadamente religiosa en oposición al sincretismo entre catolicismo popular y populismo que instrumentaliza la “conexión emocional” de Chávez con su militancia, so pena de que se sustituya un fascismo por otro.
¿Y la rebelión? Elías Pino Iturrieta comentaba que el jefe de corresponsales para América Latina del Diario El País, al ver la marcha del 30 de septiembre, cierre en Caracas de la candidatura de Capriles, expresó que esa marcha era de rebelión, pues tenía un espíritu similar a las de la primavera árabe, o las de los indignados. Y es posible que el espíritu esté allí, pero que aun no cobre forma, pues quizás le falte algo para hacerlo ¿Un cuerpo? ¿Un momento adecuado?
Ambas cosas ya existen: un líder y un proyecto, una estructura hecha de otras estructuras y una agenda donde están marcadas las próximas citas. Pero como lo dije en 2009, hay que ser una solidaria mayoría en red, para poder ganar sin tener que sacrificar la paz.
Hace pocos días dije que en estas elecciones me sentía como el profeta Samuel llorando la caída de la gracia de Saúl, y ungiendo a David por instrucciones del Señor. Pero cuenta el profeta que David, que era el menor de los hermanos, pastoreaba el rebaño y tuvo que ser ungido en secreto, pues Saúl estaba en duelo contra su destino. Si Henrique está destinado, será Presidente, y el futuro vendrá cuando lo convoquemos, entre todos, para todos.

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