Al maestro, con amor…

Volver la fe una alegría. Fe y Alegría abrió su primer colegio en 1955, en el oeste de Caracas y gracias a que un albañil les cediera su casa para atender a los niños de la zona. No debe ser casual que en Catia a los albañiles también los llamemos “maestros”. Desde esa casita de Abraham Reyes hasta este presente (difícil) que viven los maestros de esa red de enseñanza, no se han abandonado ni los salones de clase ni la fe en cada muchacho.

En un país donde a cada rato se cita a Cecilio Acosta, Andrés Bello, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Mario Briceño Iragorry, Juan Vicente González y José Miguel Sanz, e incluso advierten el apetito de exhumar a Simón Rodríguez, las contradicciones florecen como cayenas. Por eso, desde la más actualizada de las aulas hasta quienes enseñan a la intemperie, los maestros necesitan sentir que su trabajo vale tanto o más que el de otros profesionales que la sociedad respeta mucho más (a veces tan sólo porque aparecen con más frecuencia en la prensa). Quizás, antes que la urgente infraestructura y la seguridad social que merecen, lo que desean los maestros en un día como hoy no es una felicitación, sino que tomemos conciencia de que ellos están allí, responsabilizándose del futuro.

Extracto de Willy McKey, en Prodavinci

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