Petroestado: ante el anuncio de las reservas

Lissette González

No cabe duda alguna, somos un país petrolero y lo seguiremos siendo en el futuro previsible. No sólo nuestras reservas probadas dan para muchos años; al mismo tiempo, a pesar de las alarmas creadas por el calentamiento global, el uso de energías alternativas está aún muy lejos de igualar en costo al petróleo y sus derivados.

Hemos sido un país petrolero desde comienzos del siglo XX y a ese ingreso petrolero debemos en buena medida las mejoras reportadas a lo largo del siglo en infraestructura, salud, educación, entre muchas otras áreas. Sin embargo, el pensamiento económico y político nacional siempre ha dado al petróleo una connotación negativa, lo hemos visto como una maldición, como el “excremento del diablo”. La investigación de María Sol Pérez Schael intenta dilucidar cómo fue instalándose esta forma de entender el negocio petrolero y sus efectos sobre el país(1).

Si bien ya entrados en el siglo XXI no es común oír hablar a políticos o intelectuales del petróleo como maldición, los conceptos que usamos siguen mostrando que no nos hemos alejado aún de esa leyenda negra. Podríamos catalogar nuestra conceptualización del petróleo en dos grandes bloques: en primer lugar, el efecto del ingreso petrolero sobre el funcionamiento de nuestra economía, específicamente, las distorsiones que genera en nuestros indicadores macroeconómicos; en segundo lugar, el efecto de esta riqueza “fácil” sobre la cultura, más específicamente sobre las actitudes del venezolano frente el trabajo y la riqueza. Abordar ambos aspectos sería mucho para un solo artículo y no deseo abusar de la paciencia de mis lectores. Por ello, hoy me referiré únicamente al primer punto: nuestra concepción sobre el petróleo desde el pensamiento económico.

El concepto “petroestado” no es de uso mayoritario, pero condensa a mi juicio los problemas a los quisiera referirme. El concepto da cuenta de los problemas asociados a los ingentes ingresos provenientes de la exportación de petróleo, que causa:

  1. apreciación del tipo de cambio, debilitando, por tanto, la competitividad de otros sectores económicos;
  2. volatilidad de los indicadores económicos producto de las variaciones del precio del crudo en el mercado internacional;
  3. como el ingreso petrolero se recibe a través del sector público, se estimula un desmedido crecimiento del gasto público que luego no logra adaptarse a los momentos de bajos ingresos.

Todas las características que acabo de enumerar son ciertas, el problema es que pudieran darse por cualquier producto de exportación y no exclusivamente por el petróleo. La llamada “enfermedad holandesa” ha afectado también a Chile y sus exportaciones de Cobre, también se ha registrado el efecto en el resto de la economía colombiana de los altos precios del café a mediados del siglo XX y se ha reportado que lo mismo ocurre con el tipo de cambio por las remesas de los emigrantes a sus países de origen o cualquier otra forma de flujos de capitales. Ya por allí el concepto “petroestado” me parece equívoco.

Pero aún cuando no se use este concepto de forma explícita, sigue estando presente esa apreciación peyorativa que sólo nos permite ver los posibles efectos negativos del ingreso petrolero. Mi preocupación al respecto es la siguiente: culpamos de nuestros problemas económicos a un objeto (el petróleo que está en nuestro subsuelo) y, por tanto, no se asume la responsabilidad sobre las decisiones políticas y económicas que han hecho que esa sea en la actualidad nuestra relación con nuestro principal producto de exportación. Me perdonarán mis amigos liberales, pero esto me recuerda a un clásico concepto marxista: el fetichismo de la mercancía. Que dice: “… la relación social que media entre los productores y el trabajo colectivo de la sociedad [se entiende como si] fuese una relación social establecida entre los mismos objetos, al margen de sus productores”(2).

Podríamos discutir, por supuesto, si el petróleo es producto de un trabajo, entre otros detalles, pero no creo que ese sea el punto medular. Lo importante es que al centrarnos en el problema del intercambio del petróleo (una mercancía) en el mercado internacional, su precio, el ingreso resultante y su uso como algo dado, algo sobre lo que no podemos intervenir, estamos naturalizando el problema. Como si no tuviéramos responsabilidad sobre la pobre institucionalidad que hemos construido (no podíamos hacer otra cosa, dado el ingreso petrolero), como si estuviéramos condenados, como si no hubiera espacio para la agencia y la creación humanas.

(1) Petróleo, cultura y poder en Venezuela, recientemente reeditado por los libros de El Nacional.
(2)Marx, C., El Capital, Tomo I, México, FCE, 1984, pp. 37.

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