Monseñor Romero: voz de los sin voz

Antonio Pérez Esclarín

Monseñor Oscar Arnulfo Romero

El 24 de marzo se cumplen 31 años del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador, voz del pueblo sin voz, grito aguerrido y valiente para denunciar los abusos y la brutal represión de un gobierno a favor de un grupito de privilegiados que pretendía mantener unas estructuras de injusticia y opresión contra las mayorías empobrecidas del pueblo salvadoreño.

Considerado al comienzo, un obispo de tendencia conservadora, el asesinato de su amigo el jesuita Rutilio Grande le abrió los ojos y le ayudó a comprender que su decisión de seguir con fidelidad a Jesús, le obligaba a compartir la suerte de su pueblo que era asesinado simplemente por aspirar a una vida digna y defender sus derechos esenciales. Su voz profética, de denuncia y anuncio, se fue haciendo cada vez más comprometida. Cada domingo, Romero levantaba su voz valiente, pero siempre conciliadora y llamando a la conversión, la justicia y la paz, en sus homilías en la catedral que eran seguidas por verdaderas multitudes que encontraban en sus palabras aliento y apoyo para seguir combatiendo por su dignidad.

La homilía del 23 de marzo de 1980, supuso su sentencia de muerte. En ella conminó a las fuerzas armadas a que desobedecieran la orden de seguir matando al pueblo: “Yo quisiera hacer un llamamiento de manera muy especial a los hombres del ejército y en concreto a los hombres de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles: hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice ‘No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una orden inmoral nadie tiene que cumplirla”.

Velatorio de Monseñor Romero

Un francotirador lo asesinó al día siguiente mientra oficiaba la Misa. Silenciaron su voz, pero no su palabra valiente que, con los años, sigue sembrando esperanzas y animando a tomar en serio el evangelio y a seguir con coherencia a Jesús. Por ello, como homenaje a Romero, quiero ofrecerles algunas de sus palabras:

“Una religión de misa dominical pero de semanas injustas no le agrada al señor. Una religión de mucho rezo con hipocresía en el corazón, no es cristiana. Una Iglesia que se instalara sólo para estar bien, pero que olvidara el reclamo de las injusticias, no sería la verdadera Iglesia de nuestro divino Redentor” (4 de dic., 1977).

“Muchos quisieran que el pobre dijera que es ‘voluntad de Dios’ vivir pobre. No es voluntad de Dios que unos tengan todo y otros no tengan nada. De Dios es la voluntad de que todos sus hijos sean felices” (10 de sept. 1978).

“Habría que buscar al niño Jesús, no en las imágenes bonitas de nuestros pesebres. Habría que buscarlo entre los niños desnutridos que se han acostado esta noche sin tener qué comer” (24 de dic. 1979).

“He estado amenazado de muerte frecuentemente. He de decirles que como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Lo digo sin ninguna jactancia, con gran humildad. Como pastor, estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por aquellos a quienes amo, que son todos los salvadoreños, incluso por aquellos que vayan a asesinarme. Si llegaran a cumplirse las amenazas, desde ahora ofrezco a Dios mi sangre por la redención y por la resurrección de El Salvador. El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer…Puede decir usted, si llegan a matarme, que perdono y bendigo a aquellos que lo hagan”. (Marzo de 1980).

Ojalá que el recuerdo de Mons. Romero nos anime a vivir como él una fe valiente que se hace servicio eficaz en favor de la dignificación de los olvidados de siempre. Fe que se entrega a denunciar y combatir todas las estructuras de violencia y opresión. Pero que lo hace buscando siempre la reconciliación y el perdón y dando ejemplo de amor con su propia vida. Sólo la decisión de perdonar y de sufrir por los demás puede purificar nuestra fe y sacudirnos de la apatía, las falsas seguridades, la tentación de utilizar a Jesús y al evangelio a favor de nuestra ideología y liberarla también de los fáciles acomodos a los poderosos sean de derecha o de izquierda.

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