Menos católicos, no más ateos

Roberto Briceño-Leon

Con la llegada de la modernidad se pensó que las religiones iban a desaparecer. Se afirmaba que habían sido una manera de explicar el mundo ante la ausencia de un pensamiento racional; por ello, el incremento de la educación y del conocimiento científico del universo haría superflua la espiritualidad.

Este proceso, conocido en la sociología como secularización, debía ser universal e incremental; es decir, cada día sería más grande y más disperso en toda la Tierra. Dos eventos adicionales podían contribuir en esa dirección: la pérdida de poderes terrenales de las organizaciones religiosas por la separación entre el Estado y la Iglesia, y la politización del mensaje antirreligioso por el marxismo al considerarla el opio de dominación social.

En Venezuela, la secularización se impulsó desde los tiempos de Guzmán Blanco cuando los tres ritos esenciales de la vida: el registro del nacimiento, el matrimonio y la defunción dejaron de estar en manos de la Iglesia y pasaron a ser de exclusiva atribución de las autoridades civiles. Luego, con el divorcio y la expansión de la educación pública laica a partir de los años cuarenta, se pensaba que la religiosidad tenía sus días contados en el país.

La realidad que encontramos en nuestros estudios es completamente diferente: 92% de los venezolanos dice creer en alguna religión, sólo 8% se declara agnóstico o ateo. Y eso después de tanta campaña y tanto esfuerzo de algunos por alterar esa realidad. La religiosidad en Venezuela tiene matices singulares, pues se unen diversas tendencias sociales: por un lado, nunca se concretó el derrumbe de la religiosidad como sí ocurrió en Europa y, por el otro, sin haber terminado el proceso anterior, se ha ingresado en las corrientes de expansión religiosa y des-secularización que ocurren en el mundo globalizado (J-P Willaume, Revue Française de Sociologie, 2006, 47:4), y que muestran una sociedad ampliamente religiosa conviviendo con el avance de la ciencia.

Lo que sucede en Venezuela es una recomposición en las afiliaciones religiosas que usan las personas para describir su fe o su adscripción a un culto. Cuando hace más de 20 años comencé a realizar esta pregunta, encontramos que alrededor de 85% de los entrevistados decía ser católico; este porcentaje era similar a lo que Alberto Grusón había hallado en sus pioneras investigaciones. Sin embargo, en años recientes los resultados indican que esta proporción ha disminuido para ubicarse en casi 75%. Es decir, hay cerca de 10% menos de individuos que se declaran católicos.

Esto pudiera interpretarse como un declive de la fe, pero resulta que no es así; el porcentaje de personas que se declaran ateas o agnósticas se ha mantenido estable cerca de 8% durante más de 2 décadas. No hay más ateos en Venezuela a pesar del declive del catolicismo.

¿Quiénes entonces se han incrementado? El crecimiento está en los cristianos no católicos que representan 13% de la población. Aunque hay también un incremento de las religiones de origen africano, como Yoruba o Santería, y otras formas de religiosidad popular que han estudiado Angelina Pollak o Enrique Alí González. Lo que se pone de bulto es la multiplicidad cristiana: no sólo Evangélicos, Anglicanos, Pentecostales, Testigos de Jehová, sino Luz del Mundo, Mormones, Tabernáculo de la Revelación. Este pluralismo religioso nos revela una sociedad diversa y tolerante, respetuosa de la libertad individual de escoger su culto y su fe, a pesar de las fuerzas del atraso que pretenden dividirla y someterla.

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