Los indignados

Antonio Pérez Esclarín

 Un librito de pocas páginas, que lleva el título de “Indignaos” fue la chispa que prendió el fuego de un movimiento que se está propagando con fuerza por todo el mundo. El autor del librito es Stéphane Hessel, un venerable anciano de 93 años, activo luchador de la resistencia francesa contra la ocupación nazi y uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Para Hessel, “la indiferencia es la peor de las actitudes” y, por ello, aboga por la indignación como una reacción humana, de dignidad, de resistencia ante las absurdas imposiciones. Para el autor, que nació en Berlín pero vive en París desde los siete años, “la no violencia es el camino que debemos aprender a seguir”, y no duda en hablar de “insurrección”. Los referentes no faltan: desde Martin Luther King hasta Mandela. Hessel se limita a denunciar la creciente deshumanización de nuestras sociedades, cada vez más insensibles ante los graves problemas de las grandes mayorías, y aunque las actuales movilizaciones responden a muchos factores –diversos y complementarios-, su libro ha servido como mecha de algo incierto y nuevo. Y, sin imaginarlo, le ha puesto nombre. El primer componente esencial del hombre, nos dice, es la “facultad de indignación”. El segundo, “el compromiso que le sigue”.

El movimiento de Indignados comenzó el pasado 15 de mayo en la Puerta del Sol de Madrid y cinco meses más tarde, el 15 de Octubre, día elegido para globalizar la protesta en todo el mundo, se hizo presente en 951 ciudades y en 82 países. Miles de ciudadanos tomaron las calles desde Nueva York a Madrid, desde Roma a Santiago, desde Jerusalén a Delhi, con la intención de rescatar la democracia de los corruptos y de los intereses de las grandes corporaciones que, como denuncia la Asamblea de Nueva York, “ponen por encima el beneficio a las personas, sus propios intereses a la justicia, la opresión a la igualdad y son las que manejan los gobiernos”. Mientras las familias trabajadoras siguen corriendo con los gastos de la crisis financiera, los manifestantes están exigiendo democracia real, justicia social y un freno a la corrupción. En definitiva, los indignados protestan contra la crisis económica, el desempleo, los abusos de los políticos y la codicia de los ejecutivos de las corporaciones y empresas financieras. Protestan contra la creciente desigualdad en la repartición de la riqueza y la insensibilidad de los privilegiados que siguen engordando sus incontables fortunas con el empobrecimiento y el hambre de muchedumbres cada vez más numerosas. “Desde América a Asia, desde África a Europa, la gente se está levantando para reclamar sus derechos y pedir una auténtica democracia”, dice el manifiesto del 15 de Octubre, “los poderes establecidos actúan en beneficio de unos pocos, desoyendo la voluntad de la gran mayoría”. Como era de esperarse, los indignados se encuentran sometidos a una gran presión por los grupos de poder y la mayoría de los grandes medios de comunicación los están ignorando o menospreciando, poniéndoles la etiquetas de grupos marginales.

Si bien en Roma hubo incidentes violentos, las protestas del 15 de Octubre se realizaron por lo general de un modo pacífico, pues pretenden combatir la violencia institucionalizada con la no-violencia indignada. Sus consignas muestran una gran frescura y recuerdan la creatividad del Mayo francés del 68: “No nos falta dinero, nos sobran ladrones”, “apaga la tele y enciende tu mente”, “democracia real, sin estafas”, “sin luchar, ni pan ni libertad”, “que no nos engañen, que nos digan la verdad”; “que nuestras conversaciones ahoguen las sirenas”. .

No sé en qué terminará todo esto, pero era hora de que algunos rebeldes levantaran su indignación y denunciaran a un sistema inhumano y voraz que cada vez niega la posibilidad de una vida digna a un número creciente de personas. Es intolerable e indigno que cada día mueran miles de personas de hambre, cuando sabemos que con sólo el 1 % de lo entregado por los gobiernos para salvar la crisis bancaria en el 2010, sería suficiente para erradicar hoy mismo el hambre en el mundo. Es intolerable e indigno que cada año el mundo gaste más de un billón (un millón de millones) de dólares en armas, cuando con lo gastado en armas en diez días se podría proteger a todos los niños del mundo. Sobran motivos para indignarse. Es más, si fuéramos dignos deberíamos todos indignarnos y empezar a trabajar por otro mundo posible donde todos podamos vivir con dignidad.

– Descargue el libro Indignaos (PDF)

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