Editorial Sic 734: El diálogo es la alternativa

Editorial Revista Sic 734. Mayo 2011

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Este es el tiempo de escuchar el llamado del país, sobre todo de la mayoría de la gente que, proveniente de todos los sectores, no se siente representada actualmente por ninguno de los dos discursos dominantes. Creemos que la mayoría de la gente identifica lo bueno y rechaza críticamente lo deficiente de la gestión de este Gobierno. Sólo los bandos más polarizados establecen equivalencias negativas absolutas. De ahí que la mayoría no se identifique ni con el Gobierno ni con la oposición. Y esto se debe a que el gobierno no alcanza a legitimarse cumpliendo con las promesas que hizo y que sigue haciendo, y a que la oposición no ha hecho el mea culpa de su gestión y hacer antes del 99, necesario para hacerse creíble; aunque sólo fuera como mero gesto para captar la benevolencia del país.

Es cierto que esta mayoría que quiere el diálogo es débil y sus esfuerzos a todo nivel no están articulados. Esta debilidad la hace presa de los extremos que la jalan presionando para que los apoye. Y que, también, está fuera del foco de los intereses de los medios altamente polarizados. Pero la única alternativa es dialogar desde lo que de suyo es esta gran mayoría.

No al paradigma belicoso

El país no es una gallera ni un ring de boxeo en que la gente se concentra para ver la pelea del siglo. Porque lo que registramos en estos tiempos que corren es el empeño en caracterizar este momento como el último round. Pareciera que en el país no hay más que dos grandes galleros que amuelan las espuelas de sus gallos para la gran pelea. ¿Acaso no pudiera ser el momento de un diálogo, partiendo de una única interrogante?

Esa única interrogante sería: ¿qué país queremos?

La atención debe concentrarse en concebir ideas constructivas, inteligentes y novedosas para avanzar como país.

El por qué de la negativa al diálogo está en que los del Gobierno alegan que nada tienen que decir los opresores del pueblo, quienes están siendo por fin desalojados de su poder. Los de la oposición responden que nada tienen que decir los que están implementando la dictadura del proletariado que es en realidad del sistema y, en último término, del Presidente. La parte de verdad del alegato del Gobierno está en que el diálogo tiene que darse sobre la base de que el pueblo esté en el centro de la escena, tanto su necesidad de desarrollo integral como de constituirse en sujeto histórico. La parte de verdad de la posición de la oposición está en que la democracia es el único camino que conduce al bien de todos y al bien específico del pueblo y que la democracia  venezolana tiene que ser profundizada, tanto la representativa como la participativa y la división de poderes dentro del Estado sin la que no hay democracia posible.

De modo que, más allá de batallas electorales y de pronósticos de fin de mundo, tenemos que escuchar, condición indispensable para dialogar y negociar. Escuchar que la gente quiere vivir en paz. Deberíamos, por encima de todo, intentar escuchar lo que los otros, fuera de los discursos dominantes, tienen que decir sobre Venezuela, las palabras y las trayectorias de los “otros”, no sólo los del mismo bando. Los numerosos grupos, asociaciones y organizaciones populares, que han sido etiquetados y descalificados por los discursos dominantes de la opinión pública; de los que han venido resistiendo la imposición de versiones maniqueas de la historia de Venezuela, de la propaganda antipolítica, de las distorsiones de los logros populares en las que no aparecen sus sacrificios, sus iniciativas y sus aportes que, a pesar de todo, la gente sigue haciendo para que haya convivencia sana.

Los obstáculos

Una maraña de intereses públicos y privados, del Gobierno y de la oposición, nos tiene en ascuas, en un constante sobresalto. Esta maleza ha crecido e impide que una gran mayoría, que no cuenta con los medios con que cuentan los poderosos, pueda darse a conocer y que, específicamente, los medios de comunicación no están interesados en promocionar.

Para ello es necesario que las voces altisonantes bajen el tono. Es el tiempo de arriesgarse a dialogar con todo lo que hemos venido siendo y haciendo. De este modo podemos darnos cuenta de que no se puede despachar con ligereza, mediante estrategias de simplificación, la trama de lo que hemos venido siendo y haciendo. Es probable que en ese duro diálogo descubramos que no todos somos culpables pero todos somos responsables. Responsables significa aquí ser capaz de responder: capaz de afrontar las continuidades y las rupturas, capaz de descartar cualquier idea de triunfo inocente escrita por los vencedores, capaz de hacer memoria de los hechos subversivos, obsesivos y constructivos protagonizados por nuestros mejores individuos, partidos y movimientos cuyos nombres, ahora presos de una maligna simplicidad, ni siquiera nos atrevemos a reconocer. Si intentamos responder así, estaríamos empezando y sólo empezando, a asumir la responsabilidad histórica que la hora nos reclama.

Los venezolanos conquistamos la democracia pero nos falta hacer cotidianos sus procederes más elementales; esto es, acostumbrarnos al diálogo, la crítica, la tolerancia, la diversidad de opiniones, la pluralidad cultural, el espíritu de negociación, el sentido práctico, la capacidad de escuchar al otro y, sobre todo, sabiduría para ceder parte del poder propio como aporte para el bien común.

Se trata de un diálogo que supere la tentación de la concertación de las élites, sean partidistas o empresariales, militares o religiosas o comunicacionales, que quizás dio sus frutos en el pasado pero que ya no puede repetirse si no se quiere recaer en sus propias trampas. Un dialogo que supere también la tentación de empezarlo todo de nuevo, que despacha el pasado anatematizándolo, como si nada bueno hubiera ocurrido antes y cuyos logros este Gobierno tiende a desconocer.

El diálogo, por tanto, es lo más opuesto a la violencia. En la violencia no se permiten las preguntas. Y el país es la gran pregunta que no se puede obviar. El diálogo que queremos no es lo que hasta ahora se ha estado llamando debate. Tampoco es una cháchara anodina como si no nos jugáramos nada en ello. La tendencia cultural de los venezolanos es a dejar las “cosas así”, a no “darse mala vida” discutiendo sobre cosas a las que no les ve la utilidad inmediata. Es verdad que esa actitud muchas veces evita que la “sangre llegue al río” pero evade la responsabilidad de aclararse sobre las cosas que están en conflicto. De modo que el diálogo que proponemos no es para eludir el conflicto sino para enfrentarlo de forma razonable y serena. Cuando los ánimos están caldeados, la emotividad y la exaltación suelen ofuscar el entendimiento. Los rabiosos no pueden dialogar. Hasta ahora nos hemos movido al vaivén de estos ciclos emocionales.

Pero la alternativa no puede ser el refugio en lo de cada cual o la huída hacia la desesperanza y el cinismo. Es tiempo de arriesgarse a dar el primer paso.

Hablando se entiende la gente y la esperanza se construye entre todos. Hablar llamando las cosas por su nombre es sano y cura las heridas. La esperanza cristiana no acepta que se deje a la mayoría de la gente por fuera. Tenemos que hacer valer los logros del conjunto. Mostrar que es mucho más interesante el diálogo y la negociación que la pelea y la cerrazón en lo de uno.

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