Editorial Sic 736: El Bicentenario de la Independencia: celebración y tarea

Editorial Revista Sic 736.  Julio 2011
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“Nosotros, los representantes de las Provincias Unidas de Venezuela, poniendo por testigo al Ser Supremo de la justicia de nuestro proceder y de la rectitud de nuestras intenciones, imploramos sus divinos y celestiales auxilios, y ratificándole, en el momento en que nacemos a la dignidad, que su providencia nos restituye el deseo de vivir y morir libres, creyendo y defendiendo la santa, católica y apostólica religión de Jesucristo. Nosotros, pues, a nombre y con la voluntad y la autoridad que tenemos del virtuoso pueblo de Venezuela, declaramos solemnemente al mundo que sus Provincias Unidas son, y deben ser desde hoy, de hecho y de derecho, Estados libres, soberanos e independientes y que están absueltos de toda sumisión y dependencia de la Corona de España”

DE LA EMANCIPACIÓN DE LOS CRIOLLOS A LA LIBERTAD DE TODOS

No hay duda de que quienes escribieron esta declaración estaban convencidos de la justicia de su causa y que no mentaron el nombre de Dios en vano sino que lo hicieron presente porque eran conscientes de la trascendencia de ese acto y de que la providencia de Dios lo había guiado.

El contenido de esa declaración era la independencia de la corona española, no para someterse a otro yugo sino para vivir libres. Por eso dicen que “nacemos a la dignidad”.

Este acto lo llevan a cabo quienes se sienten representantes del pueblo venezolano. Por eso alegan que lo llevan a cabo “a nombre y con la voluntad y la autoridad que tenemos del virtuoso pueblo de Venezuela”.

Ahora bien ¿quiénes son esos representantes y por tanto cuál es el pueblo al que representan? Son los españoles americanos. Por eso hablan de los españoles europeos, a quienes les proponen pasarse a su causa, como de quienes están “unidos con nosotros por los vínculos de la sangre, la lengua y la religión”. Ellos consideraron un derecho y un deber emanciparse de la corona de España. Todos los que habitamos hoy en este país nos felicitamos por ese paso y nos sentimos en continuidad con él. Por eso celebramos los dos siglos del nacimiento como nación independiente. Tomar el destino en nuestras manos es requisito para constituirnos en adultos como personas y como pueblo, como país.

Ahora bien, lo que no percibieron esos patricios fue que eran ellos quienes se daban la libertad; pero que no la daban del mismo modo a los indígenas, a los afrodescendientes y a los diversos mestizos a quienes llamaban las castas. Todos éstos eran, como dirá Bolívar en Angostura, ciudadanos pasivos y, por tanto, menores de edad. Los criollos que se independizaron no percibieron esta anomalía porque habían naturalizado su relación señorial con ellos.

Cuando acabó el colonialismo, quedó, pues, como problema pendiente, el colonialismo interno. Ese problema fue el que estuvo en el fondo de la Guerra Federal, que no lo resolvió porque los liberales vencedores siguieron teniendo el mismo tipo de relación con el pueblo que los conservadores. Tampoco lo resolvieron los caudillos andinos, que, sin embargo, trajeron la anhelada paz y dieron comienzo al Estado moderno.

Aunque con una gran dosis de sectarismo, lo resolvió en principio el trienio adeco al declarar el voto universal y secreto para mujeres y varones, incluso analfabetas, y al empeñarse en una educación a la altura del tiempo, que hiciera a todos ciudadanos conscientes y solventes. Esta promoción popular para que el pueblo llegara a la condición de sujeto pleno en el plano jurídico y político y no menos en su capacidad profesional y solvencia moral se logró en una medida muy notable en los veinte primeros años de la democracia. Pero con una limitación: el reconocimiento de todas las etnias y el no reconocimiento de hecho de las culturas populares.

A partir del año 1979 comenzaron a ir en direcciones opuestas los de abajo y los de arriba. Por eso llegó al poder el actual Presidente, que se propuso como una alternativa a esas dos décadas ominosas. El prólogo de la Constitución Bolivariana expresa en su introducción el cumplimiento por fin de la declaración de la Independencia. En él se dice, en efecto, que su objetivo es el establecimiento de una sociedad multiétnica y pluricultural en un estado de justicia. De entrada ya somos una sociedad multiétnica. El objetivo es que sea reconocido su multiculturalismo, en concreto las culturas indígenas, la afrolatinoamericana, la campesina y la suburbana. Y que sea reconocido, no como en la colonia, donde, en efecto, se reconocía a los indígenas, pero como culturas recesivas, sino en un estado de justicia y, añadimos nosotros, de interacción simbiótica.

Ahora bien, el reconocimiento constitucional sólo es, en el mejor de los casos, un horizonte aceptado y compartido. Es preciso llevarlo a la realidad. Lo que el pueblo reconoce al Presidente, que no tienen los demás ni tuvieron los anteriores, es que habla al pueblo en sus culturas. Ése es el lazo firme que los une. Un lazo que se resquebraja por su creciente ideologización, porque el socialismo marxista estatista en el que está crecientemente empeñado, es occidental y occidentalizador y no reconoce al pueblo como sujeto sino como colaborador de él y de sus planes.

Ésta es la asignatura pendiente para la mayoría de los occidentales americanos y los occidentalizados: reconocer a la gente popular en su condición de seres culturales y espirituales. El pueblo venezolano, sobre todo de cultura suburbana, anhela los bienes civilizatorios del occidente mundializado, pero ellos pueden darse igual o mejor en su cultura. Lo mismo a nivel religioso. “El catolicismo popular es una fuerza activa con la que el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo”. Esto, que proclamaron los obispos latinoamericanos en Puebla (n° 450), no es reconocido, en definitiva porque no se reconoce a sus sujetos.

 

EL RECONOCIMIENTO DE TODAS LAS CULTURAS, REQUISITO PARA NACER A LA DIGNIDAD

No tendremos independencia, la que cabe en este mundo globalizado, mientras no nos reconozcamos todos los venezolanos. Dar la vuelta a la tortilla no es ninguna solución y además nunca sucede así: hoy los de arriba son, a partes iguales, la burguesía tradicional y la boliburguesía. La constitución bolivariana da un marco adecuado para este reconocimiento: existen todas las clases sociales, pero sometidas a la ley. El capital tiene una función social. La propiedad privada no es absoluta. Pero tampoco el Estado ni el Presidente. Los poderes deben ser independientes para que no se dé, como ocurre, la tiranía del Ejecutivo.

No seremos independientes, no seremos realmente libres, no naceremos a la dignidad, mientras no nos responsabilicemos cada uno de nosotros mismos y nos potenciemos al máximo y mientras no demos lugar a los demás para que contribuyan al bien común desde lo mejor de ellos mismos y busquen su bien en el bien del conjunto.

El horizonte está claro. Nosotros también, como los padres de la patria, queremos invocar al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo para que su providencia guíe a nuestra generación para que cumpla esta tarea histórica que le toca y no se extravíe por aventuras infecundas ni intente volver a un pasado fracasado, tanto el de las dos últimas décadas como aquel del que Cuba se esfuerza agónicamente por superar.

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