Editorial Sic 733: La espera y la esperanza

Editorial Revista Sic 733. Abril 2011

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Las elecciones de 2012 copan el presente año 2011. A ratos parece que no hay más nada que hacer sino esperar el día de las elecciones presidenciales. Ese día ya nos impone su dinámica, su tiempo. Una, pero tan solo una forma de esperar. Se respira que el porvenir de la historia o el barranco están, tanto lo uno como lo otro, a la vuelta de la esquina electoral. Pero ni el porvenir de la historia ni el barranco están allí un día después de las elecciones presidenciales. El porvenir o el fracaso de este país están en nosotros mismos, en nuestra forma de esperar y de situarnos frente a la promesa de un país mejor al que tenemos.

La espera que vivimos actualmente es pasiva, sigue la ley de la inercia. Es como quien espera tomar el metro mientras ve salir y entrar a la gente, acompañado por la música ambiental que lo entretiene en su espera en cualquiera de las estaciones. Lo único que tiene que hacer es comprar su ticket, entrar a la estación, dirigirse al andén y esperar el metro. Un metro que alguien guía a su ritmo sin que se pueda hacer nada para adelantar o atrasar su llegada. Sólo cabe esperar a que llegue para montarse y que nos lleve a destino.

Si se espera de esa manera tan pasiva, normalizada, no es de extrañar que se adormezcan las iniciativas de los ciudadanos y que los problemas más acuciantes pasen a un segundo plano. Esta atmósfera electoral adelantada, donde predominan los cálculos políticos en torno al poder, de delicados movimientos de ajedrez, genera una espera pasiva contraria a lo que se quiere promover de interés y participación responsables. Si este clima de espera termina imponiéndose durante todo el 2011 y el 2012, pronto no se hablará de la realidad de la ley de educación universitaria, de la productividad de las empresas básicas, de la seguridad, la vivienda, la salud o de las importaciones de alimentos, etcétera, sino de problemas envueltos en el ropaje de las promesas. El gran operativo electoral 2012 parece instalarse sutilmente en el cuerpo social.

Se entiende que la gente agradezca el cariñito de este clima de baja intensidad ante la crispación constante de los últimos años. Pero no es la única forma de esperar. Creemos en otra forma de espera que cultive la esperanza como quien cultiva un árbol.

 

El poder y los políticos

En este clima de espera pasiva, normalizadora y de cálculos en torno a las elecciones del 2012 para retener o recuperar el poder, se corre el peligro de recaer en las prácticas electorales que tanto daño le han hecho a la democracia. Se puede repetir el guion hasta ahora actuado. El poder entendido como propiedad-botín de quienes llegan al gobierno, y no como oportunidad de hacer real lo posible; los políticos de turno haciendo promesas de las que se olvidarán al triunfar; la política convertida en marketing que estudia cómo posicionar a unos candidatos sin conexión con la gente de a pie; los nuevos políticos de nuevos pasados aparejados con los viejos políticos de viejos presentes. Todos pretendiendo cambiar con espectacularidad y astucia las condiciones de vida de las grandes mayorías.

La sospecha de que la contienda es sobre el poder, bien para retenerlo o bien para recuperarlo, no se disipará mientras no se haga explícito lo que se va a hacer para no recaer en las malas prácticas conocidas. La legitimidad de los actores políticos vendrá de las propuestas y respuestas que se den a los electores, a los compromisos que se adquieran y ante los cuales se tendrán que rendir cuentas. Los que aspiren al poder político tendrán que dar cuenta de la deuda ética que no se cancela con el reparto del dinero de la renta petrolera sino con una muestra clara de que la práctica política requiere de la virtud. Esto presupone la integridad del vivir honestamente.

Han habido muchas campañas electorales en Venezuela de mayor o menor intensidad. Pero ésta se distingue de aquellas porque empezó hace un rato largo con un acuerdo no explícito entre bloques de poder. Así las cosas, el mensaje parece ser “espere al 2012 y vote, nosotros hacemos lo demás”. El ciudadano no necesita saber nada porque otros saben por él. El resultado es que la sociedad que aspira a la democracia actúa con despreocupación por ella. Se nota la ausencia de una convocatoria a hacerse cargo de la cosa pública en las labores cotidianas.

Pero esto no tiene necesidad de ser así. Se puede aspirar y se debe exigir la interlocución con las élites políticas responsables ante sus electores.

El cambio que queremos pasa por la superación de las conductas de la gente que conforma el pueblo llano y de las élites ante una fecha electoral crucial. Esta atmósfera de espera no propicia tal cambio.

 

Los niños y el país

Necesitamos un ambiente creador que amplíe las posibilidades de inserción de cada individuo. Pero no de manera desvinculada sino articulada. Las posibilidades personales se desarrollan en un ambiente que las posibilita o las niega. Este año de celebraciones del bicentenario de la firma del Acta de Independencia puede ser el marco de reflexión sobre los profundos anhelos de libertad de la sociedad, que anidan en lo profundo de nuestro ser como nación. Al respecto, el dossier de este número de SIC arroja pistas en la voz del historiador Germán Carrera Damas.

El paso de la independencia a la libertad es la gran deuda pendiente. La libertad y la prosperidad son condición fundamental y anhelo; se aseguran mediante la calidad en la educación, el acceso a un sistema de salud digno y una vivienda para cada familia que no se agite con cada chaparrón.

Condición fundamental y anhelo se asumen como vida cotidiana cuando la riqueza social producida por los ciudadanos −con capital comunitario y solidario− crece y se consolida como premio al esfuerzo y a la superación, no como derivación de una dádiva o de una prebenda.

Y, claro, hay gente haciendo cosas. El aire de esta atmósfera de espera pasiva no es lo que respiran. Vienen de otras prácticas, de otros compromisos, de otras formas de esperar que tienen que ver más con la esperanza que con la resignación o la inercia. Son el músculo moral de esta sociedad que necesita fortalecerlos para hacer que lo posible se convierta en realidad. Son los que ejercen el poder de manera distinta. Han estado presentes por décadas vocacionalmente en las luchas por la dignidad de los venezolanos. Sus prácticas han sido más independientes y sostenidas en el tiempo que las reactivas que se ejercitan en el instante y sólo duran lo que dura la indignación.

Todos aquellos grupos, organizaciones e individuos que vienen nadando contra la corriente permiten pensar en un mañana mejor. Son la posibilidad de respirar otro aire, representan la brisa fresca de la esperanza. Son el atisbo del crecimiento en libertad y en plenitud, en un país que ofrezca oportunidades para el emprendimiento y la superación. Ese país posible y esperanzado es el reclamo tácito de los venezolanos que nacen y se desarrollan mientras transcurre este tiempo de espera.

Crecer en libertad sin esperar el metro en el andén; las grandes fechas –las elecciones, la fiesta del bicentenario− no determinan el proceso de evolución de un pueblo. Lo determina su esfuerzo cotidiano, su firmeza, su lucha, la inteligencia puesta en juego cada día. Las grandes fechas, sí, sirven para reflexionar y, quizás, cambiar de rumbo.

Crecer en libertad es lo que esperan los niños venezolanos que son la viva voz del futuro y expresan la esperanza por un país reconciliado, menos violento, más abierto, más democrático.

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