Dios está de regreso

Dios está de regreso, y muy concretamente allí donde menos se esperaba que estuviera: entre las nuevas generaciones, hijas de la ciencia y de la técnica.

María Clara Lucchetti Bingemer

Mirada Global

No llega a ser una novedad el hecho de que estemos asistiendo, ya hace algún tiempo, a cierto “reencantamiento del mundo”. Esto es una inversión del proceso de secularización impulsada con la modernidad y su crisis. Esa tendencia comenzó a visibilizarse con la nueva conciencia religiosa traída por la Nueva Era, el esoterismo, el culto de las pirámides de cristal, el I-Ching, el tarot, el retorno de los ángeles y duendes. La razón proscrita permanecía oculta por el deslumbramiento con un más allá poblado de dioses mayores y menores, sin embargo fluidos y sin consistencia. El rescate de la trascendencia sin absolutos se expresó, incluso más recientemente, en libros de gran tiraje que hablaban sobre niños brujos y anillos mágicos.

La idea de la incompatibilidad de principio de la secularización con la religión entra decididamente en declinación, y los síntomas de lo que podríamos llamar de una vuelta de Dios aparecen como señales visibles de los nuevos tiempos. “Aquello que muchos creían que destruiría la religión, tal como son la tecnología, la ciencia, la democracia, la razón y los mercados, todo eso se está combinando para hacerla quedar más fuerte”, escribieron John Micklethwait y Adrian Wooldridge, ambos periodistas de la revista británica The Economist, en el libro God is back. Para muchos, y concretamente para los jóvenes, como dice el título del libro, Dios está de regreso.

Los jóvenes son religiosos. No como sus padres o abuelas, sí de otra manera, propia, haciendo una nueva síntesis entre la experiencia de la fe y su expresión. Internet es uno de los recursos que más intervienen en la sede de trascendencia del joven, que ante el computador busca interlocución a sus anhelos espirituales.

La modernidad, sin duda, significa una humanización de lo divino, la ascensión irreversible de la secularidad. Ha sido un extraordinario progreso para el espíritu humano, porque ha permitido al hombre, finalmente, pensar por sí mismo. Pero la modernidad también contiene un movimiento opuesto, que eleva y diviniza lo humano. La humanización de lo divino implica el fin de las trascendencias “verticales”, autoritarias, ubicadas fuera y por encima del sujeto. En ese sentido, la modernidad es el reino de la inmanencia.

Sin embargo, hoy se percibe posible, también, en las entrañas de la inmanencia —de la razón, del conocimiento y de la ciencia—, pensar algo que la trasborda, que la trasborda y la hace auto trascender. La fuerza motriz de esa nueva trascendencia es el amor, el que lleva a los seres humanos a ultrapasar su interioridad solitaria para alcanzar al Otro, y con él entrar en relación.

Tal experiencia y tal actitud no significan el destierro de la razón; al contrario, dan a la ciencia un estatuto lleno de ciudadanía cuando se trata de pensar ese Dios que vuelve a ser el elemento constitutivo del conocimiento y del pensar humano. La constatación del regreso de Dios traduce, por otra parte, la seguridad de que ninguna sociedad puede sobrevivir sin la religión, ya que la mayoría de los hombres considera insatisfactorias las respuestas dadas por la ciencia a las preguntas existenciales sobre la vida y la muerte.

Como impulso utópico y como conciencia vigilante de los límites, la fe y su expresión religiosa tienen hoy un lugar asegurado en la sociedad del conocimiento y en la comunidad científica. Dios está de regreso, y muy concretamente allí donde menos se esperaba que estuviera: entre las nuevas generaciones, hijas de la ciencia y de la técnica. Es necesario abrir los oídos para entender cómo esos nuevos creyentes perciben el sujeto mayor de su creencia.

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Maria Clara Lucchetti Bingemer. Teóloga, profesora del departamento de teologia de la PUC-Rio. Autora de Deus amor: graça que habita em nós (Editora Paulinas), entre otros libros.

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