Desarmar las palabras

Antonio Pérez Esclarín

Maus, de Spiegelman

En Venezuela, nos estamos acostumbrando lamentablemente a la violencia verbal. El hablar cotidiano y el hablar político reflejan con demasiada frecuencia la agresividad que habita en el corazón de las personas. De las bocas brota con fluidez un lenguaje duro, implacable y procaz. Palabras ofensivas e hirientes, pronunciadas sólo para ofender y despreciar, para descalificar y destruir.

Por ello, en Venezuela, las palabras, en vez de ser puentes de comunicación y encuentro, son muros que nos separan y dividen. Palabras convertidas en rumor que sobresalta, en grito o bofetada que sólo busca ofender, desprestigiar, destruir. Palabras, montones de palabras muertas, retórica sin contenido, mera gimnasia verbal, sin compromiso, sin verdad. Dichas sin el menor respeto a uno mismo ni a los demás, para salir del paso, para confundir, para arrancar aplausos, para ganar tiempo, para acusar a otro, sin necesidad de aportar pruebas, para sacudirse de la propia responsabilidad.

Todo genocidio empieza siempre con la descalificación verbal del adversario, que crea las condiciones para el desprecio, el maltrato e incluso la desaparición física. Los colonizadores europeos llamaron salvajes e irracionales a los indios, los esclavistas calificaron de bestias a los negros, los nazis denominaban ratas y cerdos a judíos y gitanos, los comunistas soviéticos calificaban como hienas a los disidentes, los torturadores sólo ven en sus víctimas a bestias subversivas… “Gusano, animal, chusma, perraje, escuálido, pitiyanqui, agente del imperio, ultraderechista, zambo, robolucionario…”, una bofetada verbal para sembrar odio, división, imposibilidad de encuentro.

¿Cómo fue posible que el embajador Roy Chaderton, detrás de sus atildados modales y su pretendida imagen de sapiencia y dominio del lenguaje, ofendiera con tanta crueldad a los estudiantes en huelga de hambre tildándolos de “momios ultraderechistas”?

Afortunadamente, sobre la retórica, la supuesta agudeza y las palabras descalificadoras, se levanta valiente la palabra-testimonio de los jóvenes huelguistas. No sólo no responden con ofensas a los que los ofenden y tratan de descalificar su gesta heroica, sino que, en un mundo donde valen tan poco las palabras, ellos se han atrevido a levantar la palabra valiente de su testimonio y de su entrega sacrificada. ¡Qué gran lección de valor y compromiso nos están dando a todos, los estudiantes en huelga!

Nunca llegaremos a la paz ni a la convivencia provocando el desprecio, los insultos y la mutua agresión. ¿Qué paz se podrá hacer entre personas que no se escuchan ni respetan mutuamente sus ideas diferentes? ¿Por qué tenemos que despreciar, ofender y considerar como enemigo a alguien sólo porque piensa de una forma diferente? No podemos olvidar que el adversario es tan venezolano y tan patriota o más que yo, con derecho a expresar y defender sus ideas aunque sean completamente diferentes a las nuestras. Sólo quienes busquen con espíritu abierto y lucidez fórmulas de convivencia política nos acercarán a la paz. Con posturas dogmáticas y humillantes nunca construiremos un país próspero y de genuinos ciudadanos.

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