Crónica de una revolución anunciada

Lissette González

A pesar de los múltiples anuncios de la inminencia de la revolución, nuestra situación real dista mucho de cualquier imaginario socialista. De hecho, la mayor parte de nuestros trabajadores vive en el más salvaje de los capitalismos.

El pasado miércoles estuve en el Aeropuerto de Maiquetía para un viaje de trabajo, luego de mucho tiempo sin salir de Caracas por esta vía. En un contexto de presencia invasiva del discurso oficial en múltiples medios, uno tiende a dejar de notar esos mensajes que ya se han hecho cotidianos. Creo que precisamente por estar de paso en un escenario que no forma parte de mi rutina habitual me pegó especialmente la presencia de los grandes carteles “Revolución”, “Bicentenario” que se superponen a los logos de nuestras aerolíneas nacionales.

Una vez en el avión de nuestra línea estatal Conviasa, me encuentro que sólo están disponibles para los pasajeros los periódicos oficiales “Ciudad CCS” y “El correo del Orinoco”. Luego de lamentarme por haber olvidado comprar o traer algo para leer, acepto que la corredera que implica llegar al aeropuerto antes de las 6am tiene necesariamente algún costo, me resigno y tomo el ejemplar que me ha tocado en suerte. Además del gran titular que denuncia violaciones de derechos humanos por parte de la Policía de Chacao, me entero que la inflación está bajando y que están listos los terrenos para construir 350 mil viviendas hasta 2012.

En ese momento resultó inevitable poner toda esa información en conjunto con el bombardeo de la cotidianididad: “Hecho en socialismo”, “Transformando los pensamientos en obras”, “La revolución avanza”, “Venezuela ahora es de todos”, “Con Chávez sembramos el petróleo en el pueblo”, “Necesario es vencer”, “Revolución energética: Venezuela con luz de futuro”, por centrarme únicamente en las vallas que nos han acompañado al transitar las calles de Caracas a lo largo de los últimos años.

La novela de García Márquez a la que hace referencia el título de esta nota relata la historia de un asesinato que no logra ser evitado a pesar de haber sido anunciado públicamente por sus autores. Por el contrario, en el caso que nos ocupa, a pesar de los múltiples anuncios de la inminencia de la revolución, la situación real dista mucho de cualquier imaginario socialista. De hecho, la mayor parte de nuestros trabajadores vive en el más salvaje de los capitalismos.

A pesar de un discurso y una práctica claramente orientados a debilitar la empresa privada, los indicadores sobre la situación de los trabajadores no podrían ser más elocuentes: cerca del 45% de la población ocupada se encuentra en la informalidad, menos del 40% de la población económicamente activa cuenta con la protección del Seguro Social Obligatorio, han disminuido las tasas de sindicalización, han desparecido los espacios de negociación tripartita para las políticas de empleo y salarios y, por último, la negociación colectiva se ha convertido en un privilegio de los empleados de las contadas empresas privadas que han logrado sobrevivir y mantener la retribución a su personal.

La situación de los trabajadores venezolanos ha empeorado de forma notable en múltiples aspectos, especialmente en lo que concierne al ejercicio de los derechos consagrados en la legislación al menos desde la década de los cuarenta. En resumen, nada más lejano a la utopía socialista de un gobierno de los trabajadores que reivindique la protección del trabajo y el derecho a la defensa de sus propuestas e intereses.

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