Editorial Sic 726: Hay otra Venezuela

Editorial Revista Sic 726. Julio 2010

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En el intercambio de cartas entre el filósofo Umberto Eco y el arzobispo de Milán, Carlo María Martini, recogido en el libro En qué creen los que no creen, ambos personajes hablan del Apocalipsis para, inmediatamente, aterrizar en la idea de la esperanza. La escriben con mayúscula y con minúscula para diferenciar aquella que apunta a la condición ética que decide “el futuro metahistórico de la aventura humana” de la otra que ama “las realidades terrenas”. Martini dice que tiene que haber una esperanza común a creyentes y no creyentes pues “en la práctica se puede ver cómo hay creyentes y no creyentes que viven su propio presente confiriéndole un sentido y comprometiéndose con él responsablemente”. Y agrega que “ello resulta especialmente visible en el caso de quienes se entregan  de manera desinteresada y por su propio riesgo, en nombre de los más altos valores, sin compensación visible”.

La gente que asistió al encuentro Constructores de Paz -más de mil personas-, celebrado en la Universidad Católica Andrés Bello en el marco de las Sextas Jornadas de Reflexión Social de la Iglesia, es exactamente  ese tipo de personas al que alude el arzobispo Martini: cada quien llevó su experiencia de entrega a una causa, ya fuera en Caracas o en el interior del país, con la cual se ha comprometido responsable y desinteresadamente. Aun cuando el común denominador de este encuentro fue que todos acudieron al llamado de alguna de las organizaciones de fe cristiana que conforman  la Red de Acción Social de la Iglesia, la verdad es que a nadie se le pidió carné alguno que lo identificara según su doctrina religiosa. Si hubo no creyentes entre los asistentes, ciertamente se confundieron con los creyentes pues todos parecían animados por idéntica fuerza. Privó el franco intercambio, la camaradería y esa voluntad integradora que no puede detectarse en un lugar concreto sino que lo arropa todo. Fue una respuesta concreta con sentido de lo inmediato: la de la esperanza ante estas realidades terrenas que aparecen en los titulares de la prensa cada día; las realidades de un país en crisis, polarizado y con unos indicadores de violencia alarmantes.

Venezuela ha vivido en los últimos tiempos bajo el signo de la incertidumbre y de la zozobra; las malas noticias, ya se sabe, son las que mejor se venden, prosperan en alarma de boca en boca y esa producción de informaciones negativas ha sido prolija últimamente en las más diversas áreas: el retroceso en los niveles de productividad tanto en el sector público como en el privado, los escándalos de corrupción –los últimos afectan directamente al pueblo pues los alimentos podridos en los contenedores, arrumados en las cercanías de los puertos y pagando un alquiler diario en dólares, significan en la práctica menos abastecimiento y más carestía−, las amenazas contra la iniciativa y la propiedad privadas, el deterioro de los servicios públicos más esa violencia a la que aludíamos arriba, que afecta a todos los estratos de la sociedad –al respecto, el testimonio de Germán García Velutini en el dossier del presente número resulta estremecedor− junto a los crímenes contra el ambiente y el clima de conflictividad impuesto desde la propia presidencia de la República conforman un cuadro desalentador. Es el sanbenito de los titulares que mantiene en vilo a toda una nación. Pero, como dejó claramente establecida la Carta Pastoral de la Conferencia Episcopal Venezolana sobre la problemática de la violencia y la inseguridad, hay que vencer el mal con el bien. Ese horizonte descrito, dice la Carta, “nos compromete a los que en nuestro país llevamos el nombre de cristianos a ser hombres y mujeres constructores de paz, solidarizándonos con los necesitados y abatidos, denunciando la injusticia, acogiendo y convocando a los excluidos”.

La reunión de pequeñas buenas noticias esparcidas a lo largo y ancho del territorio nacional fue un soplo de aire fresco. De una manera u otra −pero sobre todo se vio más nítidamente en aquellas experiencias dedicadas a la educación así como en las que operan en las cárceles y en comunidades de barrios urbanos−, constituyen el presagio del mejor país posible. Como uno de los voceros que asistieron al encuentro dijo, “las cosas pequeñas son las que hacen grande a este país”.

Al final, queda el compromiso de trabajar más en red para que lo bueno se note más, para que se difunda el entusiasmo y comience a voltearse esa matriz de opinión sintetizada en la conseja “este país se lo llevó el Diablo”. Falta mucho por hacer pero ahora se sabe, a ciencia cierta, que hay todo un universo –diverso, empeñoso, entregado− dueño de su destino, con nombres y apellidos: los jóvenes del Taller de Aprendizaje para las Artes y el Pensamiento, las maestras y maestros que hacen los talleres de Fortalecimiento de la Organización Comunitaria en los barrios más apartados, las madres que erradicaron la violencia en Catuche, la mujer que se puso al hombro un proyector de cine y comenzó a llevar esparcimiento a los reos en esas catacumbas que son las cárceles, las abogadas que luchan contra la violencia doméstica en Una luz contra la violencia y el maltrato, el colegio Mano Amiga “La Montaña”, las mujeres y hombres que construyen convivencia en Petare (entre muchos otros casos): todos tienen algo que decir, y lo dicen sin miedo, desde los fracasos en el camino a los logros al final de la jornada, así como las trabas encontradas en el camino y las alianzas que siempre son posibles y siempre deben ser más.

De ningún modo podrá ser cierto que “este país se lo llevó el Diablo” si ellos continúan con ese tesón a prueba de funestos titulares de prensa. Es hora de renovar la fe, de creer en lo mejor de este pueblo y reflexionar sobre Aquel que nos liberó viviendo consecuentemente tanto los éxitos como las derrotas y hasta la misma muerte. Estos constructores de paz reunidos en la UCAB son la bienaventuranza que trae aparejada la promesa más elevada: serán llamados hijos de Dios, es decir, Dios los llamará sus hijos. La razón de ser elevados a esa dignidad suprema es que participan de la misión de su Hijo, el Príncipe de la paz.

Volviendo al comienzo, quizás hubo no creyentes entre el público asistente a Constructores de Paz, o incluso entre los propios expositores. No importa. Sabrán ellos que del mismo modo hacen obra de Dios y que de ellos depende la Venezuela terrenal, la que nos duele en lo inmediato a todos. El arzoobispo Martini le dice a Eco, al final de su primera misiva (pues el autor de Apocalípticos e integrados ha aludido a los medios de comunicación), que no es todavía el momento “de dejarse emborrachar por la televisión mientras esperamos el fin. Todavía nos queda mucho por hacer juntos”.

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En el intercambio de cartas entre el filósofo Umberto Eco y el arzobispo de Milán, Carlo María Martini, recogido en el libro En qué creen los que no creen, ambos personajes hablan del Apocalipsis para, inmediatamente, aterrizar en la idea de la esperanza. La escriben con mayúscula y con minúscula para diferenciar aquella que apunta a la condición ética que decide “el futuro metahistórico de la aventura humana” de la otra que ama “las realidades terrenas”. Martini dice que tiene que haber una esperanza común a creyentes y no creyentes pues “en la práctica se puede ver cómo hay creyentes y no creyentes que viven su propio presente confiriéndole un sentido y comprometiéndose con él responsablemente”. Y agrega que “ello resulta especialmente visible en el caso de quienes se entregan  de manera desinteresada y por su propio riesgo, en nombre de los más altos valores, sin compensación visible”.

La gente que asistió al encuentro Constructores de Paz más de mil personas, celebrado en la Universidad Católica Andrés Bello en el marco de las Sextas Jornadas de Reflexión Social de la Iglesia, es exactamente  ese tipo de personas al que alude el arzobispo Martini: cada quien llevó su experiencia de entrega a una causa, ya fuera en Caracas o en el interior del país, con la cual se ha comprometido responsable y desinteresadamente. Aun cuando el común denominador de este encuentro fue que todos acudieron al llamado de alguna de las organizaciones de fe cristiana que conforman  la Red de Acción Social de la Iglesia, la verdad es que a nadie se le pidió carné alguno que lo identificara según su doctrina religiosa. Si hubo no creyentes entre los asistentes, ciertamente se confundieron con los creyentes pues todos parecían animados por idéntica fuerza. Privó el franco intercambio, la camaradería y esa voluntad integradora que no puede detectarse en un lugar concreto sino que lo arropa todo. Fue una respuesta concreta con sentido de lo inmediato: la de la esperanza ante estas realidades terrenas que aparecen en los titulares de la prensa cada día; las realidades de un país en crisis, polarizado y con unos indicadores de violencia alarmantes.

Venezuela ha vivido en los últimos tiempos bajo el signo de la incertidumbre y de la zozobra; las malas noticias, ya se sabe, son las que mejor se venden, prosperan en alarma de boca en boca y esa producción de informaciones negativas ha sido prolija últimamente en las más diversas áreas: el retroceso en los niveles de productividad tanto en el sector público como en el privado, los escándalos de corrupción –los últimos afectan directamente al pueblo pues los alimentos podridos en los contenedores, arrumados en las cercanías de los puertos y pagando un alquiler diario en dólares, significan en la práctica menos abastecimiento y más carestía−, las amenazas contra la iniciativa y la propiedad privadas, el deterioro de los servicios públicos más esa violencia a la que aludíamos arriba, que afecta a todos los estratos de la sociedad –al respecto, el testimonio de Germán García Velutini en el dossier del presente número resulta estremecedor− junto a los crímenes contra el ambiente y el clima de conflictividad impuesto desde la propia presidencia de la República conforman un cuadro desalentador. Es el sanbenito de los titulares que mantiene en vilo a toda una nación. Pero, como dejó claramente establecida la Carta Pastoral de la Conferencia Episcopal Venezolana sobre la problemática de la violencia y la inseguridad, hay que vencer el mal con el bien. Ese horizonte descrito, dice la Carta, “nos compromete a los que en nuestro país llevamos el nombre de cristianos a ser hombres y mujeres constructores de paz, solidarizándonos con los necesitados y abatidos, denunciando la injusticia, acogiendo y convocando a los excluidos”.

La reunión de pequeñas buenas noticias esparcidas a lo largo y ancho del territorio nacional fue un soplo de aire fresco. De una manera u otra −pero sobre todo se vio más nítidamente en aquellas experiencias dedicadas a la educación así como en las que operan en las cárceles y en comunidades de barrios urbanos−, constituyen el presagio del mejor país posible. Como uno de los voceros que asistieron al encuentro dijo, “las cosas pequeñas son las que hacen grande a este país”.

Al final, queda el compromiso de trabajar más en red para que lo bueno se note más, para que se difunda el entusiasmo y comience a voltearse esa matriz de opinión sintetizada en la conseja “este país se lo llevó el Diablo”. Falta mucho por hacer pero ahora se sabe, a ciencia cierta, que hay todo un universo –diverso, empeñoso, entregado− dueño de su destino, con nombres y apellidos: los jóvenes del Taller de Aprendizaje para las Artes y el Pensamiento, las maestras y maestros que hacen los talleres de Fortalecimiento de la Organización Comunitaria en los barrios más apartados, las madres que erradicaron la violencia en Catuche, la mujer que se puso al hombro un proyector de cine y comenzó a llevar esparcimiento a los reos en esas catacumbas que son las cárceles, las abogadas que luchan contra la violencia doméstica en Una luz contra la violencia y el maltrato, el colegio Mano Amiga “La Montaña”, las mujeres y hombres que construyen convivencia en Petare (entre muchos otros casos): todos tienen algo que decir, y lo dicen sin miedo, desde los fracasos en el camino a los logros al final de la jornada, así como las trabas encontradas en el camino y las alianzas que siempre son posibles y siempre deben ser más.

De ningún modo podrá ser cierto que “este país se lo llevó el Diablo” si ellos continúan con ese tesón a prueba de funestos titulares de prensa. Es hora de renovar la fe, de creer en lo mejor de este pueblo y reflexionar sobre Aquel que nos liberó viviendo consecuentemente tanto los éxitos como las derrotas y hasta la misma muerte. Estos constructores de paz reunidos en la UCAB son la bienaventuranza que trae aparejada la promesa más elevada: serán llamados hijos de Dios, es decir, Dios los llamará sus hijos. La razón de ser elevados a esa dignidad suprema es que participan de la misión de su Hijo, el Príncipe de la paz.

Volviendo al comienzo, quizás hubo no creyentes entre el público asistente a Constructores de Paz, o incluso entre los propios expositores. No importa. Sabrán ellos que del mismo modo hacen obra de Dios y que de ellos depende la Venezuela terrenal, la que nos duele en lo inmediato a todos. El arzoobispo Martini le dice a Eco, al final de su primera misiva (pues el autor de Apocalípticos e integrados ha aludido a los medios de comunicación), que no es todavía el momento “de dejarse emborrachar por la televisión mientras esperamos el fin. Todavía nos queda mucho por hacer juntos”.

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