A 20 años del martirio de los jesuitas de la UCA

Jhozman Camacho sj

Entre 1980 y 1991 la república centroamericana de El Salvador vivió una guerra que hundió a los salvadoreños en la violencia y la miseria. El enfrentamiento por el poder entre las clases pudientes de San Salvador –aliadas con el ejército entrenado y financiado por EE.UU – y los insurrectos liderados por el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) colocaron al pueblo a merced de los cañones y las metrallas. La guerra cobró la vida de más de 75.000 personas.

En pleno conflicto, el 11 de noviembre de 1989 el FMLN lanza su ofensiva final, llamada “Hasta el tope”, con el propósito de tomar por asalto el poder. La UCA había sido considerada objetivo militar del alto mando salvadoreño por la supuesta colaboración de los jesuitas con los grupos insurrectos. De hecho, su rector, Ignacio Ellacuría era visto con sospecha por el gobierno salvadoreño y en algunos círculos era considerado uno de los líderes de la resistencia. Todo ello quizá por sus esfuerzos de mediación en la solución pacífica del conflicto a través del diálogo y la concertación de las partes. No era aceptable que los curas se metieran en política. Había que silenciar a Ellacuría de cualquier manera.

Así, la noche del 15 de noviembre de 1989, en medio de un toque de queda y sin energía eléctrica, alrededor de 50 miembros del batallón Atacalt entraron en la UCA. Esa noche dentro de la casa de la comunidad jesuita de la UCA dormían cinco sacerdotes y dos empleada domésticas además de Ellacuría. Sin mediar palabras todos ellos fueron brutalmente asesinados a quemarropa por soldados fuertemente armados. La orden del alto mando era no dejar testigos. Las víctimas: Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Joaquín López y López, Juan Ramón Moreno, Julia Elba Ramos y su hija Celia Ramos. Los militares fingieron un enfrentamiento con el objeto de acusar al FMLN y encubrir el crimen. En los alrededores de la casa se encontraron casquillos de fusiles y ametralladoras AK 47, M16 y M60. No obstante, pese a las todas las prevenciones de los asesinos era evidente que había sido el ejército el perpetrador de la masacre.

La noticia al ser conocida levantó inmediatamente una ola de indignación nacional e internacional. Las más variadas voces pidieron justicia para que se supiera la verdad. Sin embargo, pese a la presión ejercida contra el gobierno, éste al principio negó cualquier participación. No fue sino mucho tiempo después que fueron conocidos los nombres y se realizó un juicio que dio como culpables a Guillermo Benavides y a Yusshy Mendoza, exculpando a otros siete militares involucrados directamente sin hacer averiguaciones más profundas que pudieran comprometer a las altas esferas políticas y militares, que todavía seguían ejerciendo una gran influencia en la vida pública nacional del Salvador. De hecho, con la amnistía concedida en 1992, tras el acuerdo de paz, los culpables salieron en libertad y el caso fue sepultado en el olvido de las autoridades bajo la más rampante impunidad de los imputados y culpables, so pretexto de no tocar de nuevo las heridas de la Guerra.

Por eso hoy a veinte años del incidente recordamos a nuestros mártires y alzamos la voz en nombre de la justicia que no prescribe. La sangre derramada nos ha mostrado que el testimonio en medio de la violencia puede erigirse en el tiempo con voz potente en contra de la intolerancia. Nos muestra cómo el compromiso con el pueblo nos exige sacrificios. Nos prueba que la palabra desarmada taladra los intereses de los poderosos y se convierte en profecía que renace, pese a los fusiles, en el corazón de aquellos que creen en el diálogo, la inclusión y el compromiso de la justicia que brota de la fe. Así como Rutilio y Romero entregaron sus vidas por la causa del Reino, nuestros compañeros jesuitas están hoy más vigentes que nunca como anunciadores de un nuevo orden de convivencia, haciendo patentes por un lado la fragilidad del bien, pero por el otro lado, la máxima martirial del evangelio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto» (Jn 12, 24).

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