Movimiento estudiantil: algo quiere cambiar

Yovanny Bermúdez sj

Se cumple un nuevo año del mayo francés. Son 40 velitas desde que las calles parisinas se vieron ensombrecidas por grupúsculos rabiosos (apelativos dados por los franceses a los universitarios protestantes) haciendo preguntas que hoy todavía pueden sonar sin respuesta: la sociedad en que vivimos:  ¿es humana?; la organización de la enseñanza ¿logra la maduración de las fuerzas del mañana o las está ahogando? Sin embargo, para muchos, la rabieta estudiantil era porque los universitarios no tenían derecho a entrar a las habitaciones de las féminas en las residencias estudiantiles. Las preguntas son serias.

El problema de la desocupación laboral es tanto de aquella generación como de ésta. Los estudiantes de las facultades de Letras sentían que engrosarían las listas de desempleados por no aumentar al capitalismo. Los jóvenes obreros interpelados por las masas de estudiantes pidiendo dialogar de frente al sistema, engrosaron las calles revueltas. En pocos días Francia estaba paralizada. Con esto quedaba al descubierto la metástasis de estructuras preocupadas por cultivar el embrutecimiento de la monotonía.

Se ponen de frente los valores de solidaridad, honor, gallardía con los de individualismo, hedonismo, eficacia; en esta confrontación muchos creen que estuvo lo efímero del mayo 68. A las pocas semanas Francia regresaba a la aparente normalidad. Las revoluciones son sociales, económicas, políticas pero también humanas. Este fue el detonador de un grupo que ansiaba ser escuchado. En el ambiente quedaron ideas que se manifestaron en las paredes parisinas: “prohibido prohibir”, “la imaginación toma el poder”, “desabrocha tu cerebro tan a menudo como tu bragueta”, y así muchas otras.

En esta oportunidad y por causas diferentes, aunque coincidiendo en el mes de las flores, pero con la experiencia de la Generación del 28, (la del siglo XX) los universitarios patrios marcharon nuevamente, un año después que iniciaron las protestas estudiantiles para oponerse a las políticas autoritarias emanadas desde el gobierno central, específicamente con el cese de las transmisiones a señal abierta de RCTV.

Son variados los motivos esgrimidos para salir y marchar. Las consignas de este período de la juventud venezolana marcan su particularidad: “somos estudiantes, no somos golpistas”; “chavista, hermano, te damos la mano”; “viva la u, viva la u, viva la universidad”; “aquí están, aquí están, los universitarios que queremos libertad”. Y las manos blancas en señal de paz dieron aires de que algo estaba pasando después de casi una década de discurso anclado en la división. Se deja ver que los jóvenes no se inscriben en estructuras desgastadas que nacieron sin tenerlos a ellos como protagonistas. Queremos un nuevo modo de vivir en el país.

Es cierto que el movimiento estudiantil logró mover a mucha gente diferente para votar en contra de una visión de país no compartida. Esto se aplaude, sin embargo, la agenda tiene que definirse para no quedar como meros reaccionarios a lo que puede ser una experiencia de construcción de país.

Los valores de la comunidad universitaria radican en su capacidad de formar generaciones que apuesten por el país. Esta es la petición de los venezolanos. No dejarse coptar por los grupos tradicionales apegados al poder de ayer o de hoy. Servir de puente de la Venezuela roja rojita al país donde se celebre la diversidad. En definitiva, una agenda que nos lleve al reconocimiento del otro. No quedarse únicamente en marcarle la pauta contraria a la temática venida del gobierno sino en ir más allá y responder a grandes cuestiones: ¿cuál es la sociedad que queremos? Y yo como joven ¿qué digo ante eso? Porque este es el país donde vamos a pasar el mañana.

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