Una semana después. Carta de Haití

Matilde Moreno

Transmitimos esta crónica de Matilde Moreno, religiosa del Sagrado Corazón, durante el mes de abril en Haiti

Después de una semana de encierro forzoso por la violencia que estamos viviendo en Haití, ayer tuvimos unas horas de calma. El Senado se había reunido para pedir la dimisión del primer ministro y mientras la reunión duró, los grupos violentos estaban a la expectativa y muchas tiendas de comestibles se atrevieron a abrir. Aprovechamos el momento para salir de casa, con las antenas bien puestas y aparentando más serenidad de la que teníamos.
Primera parada en un supermercado con soldados de la ONU y seguridad privada en la puerta. Abarrotado es poco. Cada cual, según sus posibilidades, compraba lo que podía. Todos llevábamos una semana comiendo de lo que había en casa o lo que vendía algún vendedor ambulante y arriesgado. Nosotras compramos básicamente: arroz, habichuelas, azúcar, aceite, pasta, harina y latas. Nadie sabe cuando habrá otra oportunidad de salir de casa. Segunda parada en una gasolinera para llenar el depósito de la camioneta. Daba pena ver los destrozos que habían hecho pero… tenían combustible. Sabíamos que habían destrozado veinte gasolineras y creíamos que sería difícil encontrar gasóleo, pero no fue así. Y rapidito, rapidito nos volvimos al encierro. Fue un placer comer pan del día en la comida.

A media tarde me avisan de que acaban de matar a un soldado de la ONU que estaba en un barrio muy pobre repartiendo comida… Era nigeriano. Telefoneo a Anistus para decírselo. Pena y más tensión. Pero ¿Quién es Anistus? Enfrente de nuestra casa vive una comunidad de Claretianos formada por Anibal (argentino) que viene sólo los lunes porque es párroco de una aldea en el monte; Anistus (nigeriano) párroco en un barrio pobre de Puerto Príncipe; Joachin (de la República Centro Africana) que ha llegado hace unos meses y trabaja en la misma parroquia y Jano, un seminarista (claretiano) haitiano que hace con ellos su año de experiencia pastoral. Nosotras nos “hemos adoptado” a esa parroquia. Es lo mejor que se puede uno imaginar en Haití. Celebraciones vivas y participadas, grupos organizados, personas que saben valérselas por sí mismos en las situaciones complicadas. Algunas veces los sacerdotes no pueden llegar a la parroquia pero no por eso las actividades se paralizan. Según vemos, en los anuncios de los domingos, la mayoría de las reuniones son en las casas de la gente. Esta comunidad de claretianos son verdaderos hermanos. Nos han apoyado incondicionalmente desde nuestra llegada y siempre están disponibles para todo aun en los momentos complicados como este. Hoy domingo pudimos ir a celebrar la Eucaristía en la parroquia con ellos. Nos volvimos rapidito. Tengo la sensación de que estoy en un “tercer grado”: encerrada durante la semana y con una “salida” en el fin de semana. ¿Qué pasará mañana? Desde ayer no tenemos gobierno. ¿Va a ser beneficioso el cambio?

En mi experiencia de estos años he aprendido que aquí las revueltas, manifestaciones y disturbios se hacen entre semana. Se respetan los sábados para que pueda haber mercado, los domingos para descansar y se reanuda la violencia los lunes. Los golpes de estado, por el contrario, se hacen en domingo.

Y ahora un cambio de registro. Todo lo que cuento arriba es nuestra experiencia de estos días pero es una visión incompleta porque expone sólo parte de mis sentimientos. La otra parte es esta:

• La situación de miseria del país es insufrible y, aunque no estoy en absoluto de acuerdo con la violencia, comprendo la reacción desesperada de la gente.

• ¿Qué se puede hacer cuando es imposible comer todos los días?

• ¿Cuando no se puede mandar a los niños al colegio ni se puede ir al médico cuando se está enfermo?

• ¿Qué hubiésemos hecho nosotras si hoy no hubiésemos tenido dinero para comprar nada?

• Nosotras vivimos en una casa sólida y en un barrio “seguro” (aunque ya nos han entrado en casa en pleno día para robar, pistola en mano) pero la mayoría no vive así.

Es cansadísimo estar en un país que aparentemente va mejorando pero que en realidad no es así y cada dos o tres años explota para empezar otra vez desde cero.

• No tenemos carreteras y esto imposibilita el comercio.

• No hay trabajo prácticamente para nadie.

• Los pocos que consiguen terminar en la universidad, se marchan del país en busca de mejores horizontes.

• El país no produce nada y depende de comprarlo todo en el extranjero (sobre todo en USA).

• La corrupción entre la clase adinerada y los políticos escapa a todo cálculo. Las ayudas se evaporan.

¿La moción de censura y el cambio de gobierno es la solución? Me temo que no. Veo el futuro muy negro. El presidente actual, Preval, es la única alternativa posible. Es un agrónomo que sabe de lo que habla cuando propone soluciones como;

• Subvencionar el abono para que la gente pueda sembrar más terreno.

• No suprimir aranceles de las importaciones (como se pedía) sino incentivar la producción nacional de arroz, huevos y otros productos básicos.

• Invertir en carreteras…

Pero estas propuestas, a medio plazo, no paran disturbios de gente desesperada.

¿Es tan imposible detener la corrupción y el abuso a gran escala? ¿Es que no hay solución posible? Si yo que no llevo aquí seis años estoy tan asqueada de la situación sin salida ¿Cómo estarán los que no han conocido otra cosa desde que nacieron?

Como sabéis trabajo en Fe y Alegría elaborando materiales didácticos en Kreyòl (método de lecto-escritura y materiales complementarios por el momento) y dando seminarios de formación a grupos de profesores. Teníamos ya fecha prevista para hablar con el Ministro de Educación y entrar a formar parte del grupo de asesores y técnicos que quería reunir para elaborar un nuevo currículo y materiales pedagógicos para el primer ciclo de primaria en kreyòl (la lengua de todos) que sustituyese el actual que es en francés (la lengua del 10% que tiene dinero). Ahora habrá que empezar a renegociar con el próximo gabinete… ¡Lástima! El proyecto era precioso. De todas formas yo sigo trabajando en ello porque creo que es el mejor regalo que puedo hacer a este pueblo.

Copio a continuación la carta que los jesuitas que viven en Haití dieron a conocer esta semana. La hago mía totalmente y por eso no me alargo más en mis reflexiones. Está en francés y no tengo tiempo de traducirla. Lo siento. De todas formas muchos y muchas la podréis leer. Es buena de verdad.

Me despido. Sigo inasequible al desaliento y con la certeza y la fuerza que nos llega del pueblo sufriente que (¡enorme paradoja!) es presencia viva del Resucitado.

Abrazos

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