El Maltrato a Fe y Alegría

Por: Antonio Pérez Esclarín

En Fe y Alegría, languidece la fe y se apaga la alegría. Le cuesta comprender y aceptar que un Gobierno que supuestamente prioriza la inclusión y el trato preferencial a los más pobres, trate con tanta desconsideración a un movimiento educativo que desde hace más de 53 años levantó las banderas de educación de calidad a los más pobres. Porque el personal de Fe y Alegría no goza todavía del derecho a la jubilación -sin importar que algunos educadores lleven más de cuarenta años dando lo mejor de sí en las raíces del pueblo-, se les adeuda desde noviembre el aumento del cuarenta por ciento decretado por el Presidente, y el subsidio que se acordó este año deja por fuera los aportes para el bono vacacional y los aguinaldos. O sea que la fidelidad al pueblo más necesitado, largamente comprobada por Fe y Alegría, es retribuida con maltrato y desconsideración. Y esto, ciertamente, no lo entienden ni el personal de Fe y Alegría ni las comunidades educativas de los barrios que se pelean por conseguir un cupo en las escuelas de Fe y Alegría, y en tiempos de inscripción llegan a hacer guardia durante toda la noche frente a sus puertas. Por ello, Fe y Alegría se ha visto obligada a salir a la calle a exponer su dolor, su perplejidad y sus heridas. Ha recibido, como siempre, buenas palabras, que sí, que tengan paciencia, que ya están aprobados los recursos, que tal vez en un mes, que sólo el Presidente puede agilizar los procesos… ¿Es este el modo de tratar a un movimiento educativo de tan comprobada vocación popular, entrega y mística?

Fe y Alegría nació el 5 de marzo de 1955 en un humilde rancho de lo que hoy es el 23 de enero en Catia, Caracas, con cien niños sentados en el cemento crudo del piso. La primera escuela nació de un acto de rotunda generosidad. El obrero Abrahán Reyes había brindado la sala de su rancho para que se celebrara en ella la primera comunión de setenta niños y niñas, fruto de la labor catequística de un grupo de universitarios, que dirigidos por el Padre Jesuita José María Vélaz solían visitar las tardes de los sábados las enormes barriadas del oeste de Caracas. En la homilía, el Padre Vélaz habló de la necesidad de profundizar la labor formativa mediante un proceso de educación sistemática. Para ello, necesitaban construir una escuela, donde todos esos niños y niñas pudieran salir de la ignorancia, raíz principal de la miseria. Al terminar la misa, Abrahán Reyes se acercó al Padre y le dijo: “Si usted quiere hacer una escuela, ponga las maestras que yo le regalo este local”. Siete largos años le había llevado a Abrahán y su esposa Patricia construir la casa, ladrillo a ladrillo, como las construyen los pobres. No había agua donde la estaban construyendo y tenían que carretearla en latas de manteca que cargaban sobres sus cabezas desde el pie del cerro. Poco a poco, como un árbol de vida, la casa de Abrahán y de Patricia fue creciendo de sus manos y sus sueños. Y cuando todavía estaba fresco el olor a cemento y no se habían acostumbrado al milagro de verla terminada, se la regalaron al Padre Vélaz para que iniciara en ella su sueño de sembrar los barrios más pobres con escuelas. “Si me quedo con ella –trataba de argumentar Abrahán ante el asombro del Padre- será la casa de mi mujer y los ocho hijos. Pero si la convertimos en escuela, será la casa de todos los niños del barrio”.

El gesto de Abrahán conmovió profundamente al Padre Vélaz y le mostró el camino a seguir. Si había personas capaces de darlo todo, sí era posible realizar el sueño de llenar de escuelas los barrios más empobrecidos. El iría de corazón en corazón, sembrando sueños y la audacia y el valor para convertirlos en realidades. Levantarían con fuerza la bandera de la educación de los más pobres y muchas personas generosas correrían a militar bajo ella.

Fe y Alegría empezó a multiplicarse a punta de generosidad, sacrificio y de juntar muchos esfuerzos. Debajo de algunos árboles, en ranchos alquilados o cedidos, al lado de basureros y quebradas de aguas negras, en galpones que crecían sobre barrancos y precipicios, en lugares fronterizos y en el corazón de las llanuras, en esos lugares que nadie ambicionaba, fue creciendo Fe y Alegría. Pero no bastaba con poner escuelas: tenían que lograr para los empobrecidos una educación de calidad, porque como le gustaba repetir al Padre Vélaz: “La educación de los pobres no puede ser una pobre educación”. Por ello, la larga historia de Fe y Alegría es una búsqueda incesante de experiencias y modalidades para mejorar la educación y por garantizar a los educandos los medios indispensables para su éxito escolar. De ahí que, ya en las primeras escuelas, funcionaban también comedores escolares, roperos, dispensarios médicos…, y abrieron sus puertas no sólo a los niños y jóvenes, sino a todos los miembros de la comunidad. Durante el día, acudían a clases los niños y jóvenes, y en las noche y fines de semana los adultos, con los que se iniciaron cursos de alfabetización, capacitación laboral, higiene, economía familiar, atención y cuidado de los hijos, y se organizaron cooperativas de ahorro y de consumo. Las escuelas eran también capillas y, sobre todo, hogares, pues desde el comienzo Fe y Alegría consideró el amor a los alumnos como su principal principio pedagógico. Un amor que debía traducirse en unas relaciones de cercanía, servicio y amistad, y en unas escuelas sencillas pero bonitas y bien cuidadas, donde los alumnos se sintieran a gusto y muy queridos.

Fruto genuinamente venezolano, Fe y Alegría saltó las fronteras y empezó a sembrarse en lo profundo del continente latinoamericano, allí donde no llegaban los demás. Hoy Fe y Alegría es un movimiento de educación popular y promoción social presente en 17 países de América y a punto de iniciar sus labores en el continente africano, en lugares siempre donde crece vigorosa la miseria. Ciertamente, Fe y Alegría es uno de los productos principales y más exitosos de exportación de Venezuela. Exportación de mística, de opción popular, de capacidad de servicio y entrega.

La vocación de servicio ha llevado a Fe y Alegría a explorar sin descanso distintas modalidades educativas, formales y no formales, a utilizar la radio como estrategia educativa y comunicacional para llegar a muchos y ser un medio de expresión de todas las voces, a innovar permanentemente en el campo de la educación en y para el trabajo y la producción, a incursionar con pasos firmes en la educación tecnológica y superior, a producir teoría pedagógica en contextos de marginalidad, y a privilegiar la formación sistemática y permanente de sus educadores, por considerarlos los sujetos más importantes para cualquier renovación educativa y para garantizar a todos una educación integral de calidad. Muchos, sin embargo, emigran a la educación oficial buscando mejores condiciones laborales. Pero ¿será que los educadores de Fe y Alegría no merecen el mismo trato que el de sus colegas de la educación oficial? ¿Son acaso menos venezolanos los niños y niñas y las familias que prefieren las escuelas de Fe y Alegría para que reciban un trato discriminatorio? ¿Acaso olvida el Gobierno que no es dueño del presupuesto, sino un mero administrador y que debe utilizarlo para garantizar a todos una educación de calidad en términos de equidad?

La hoja de servicios de Fe y Alegría es bien elocuente. Sus centros educativos se abren como banderas de vida y esperanza en barriadas, caseríos, comunidades rurales e indígenas. Ya es hora de que se haga justicia. Sr. Presidente, Hugo Rafael Chávez Frías, usted tiene una excelente oportunidad de pagar la enorme deuda social que Venezuela tiene con Fe y Alegría y de demostrar que son ciertos sus clamores de inclusión, justicia y equidad.

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