Desgraciados e imbéciles

Antonio Pérez Esclarín

En la tarde del pasado domingo, mientras estaba disfrutando de uno de los últimos platos de ese largo banquete de fútbol que nos brindaron Meridiano y ESPN, recibí un mensaje de texto que decía “Chávez anda como loco”. Cambié sin mucha convicción de canal y me encontré al Presidente, hinchado por la ira y vomitando todo tipo de insultos e improperios contra Manuel Rosales y Pablo Pérez, candidatos respectivamente a la alcaldía de Maracaibo y a la gobernación del Estado Zulia.

Más aún que los insultos me dolió que el público asistente los riera y aplaudiera. Si bien puedo comprender (aunque nunca compartir o aprobar) que alguien, en un arrebato de ira, pierda los estribos, me resulta totalmente inaceptable que alguien, bien apoltronado en su asiento, aplauda las ofensas. Me recuerda siempre esas peleas callejeras donde la gente sale a animar a los que se están cayendo a golpes, en vez de intentar separarlos o calmarlos. Esta conducta se resume en dos palabras: sadismo o cobardía. Sádico es el que disfruta con las ofensas a otro y cobarde es el que, por miedo, se inhibe de actuar como debería. ¿Qué hombre nuevo es este que elige las peores ofensas, las que cree van a herir más duro, o las celebra con risas y aplausos?

Manuel RosalesVolví enseguida a mi fútbol pues no me gusta andar por las cloacas, y al día siguiente leí en la prensa que el Presidente había llamado desgraciado 40 veces al actual Gobernador del Zulia, elegido por mayoría popular, y le había soltado otros insultos como hampón, mafioso, ladrón… Recordé entonces que, cuando me inicié en la docencia, hubo un tremendo conflicto porque un profesor llamó a un alumno desgraciado. El profesor fue sancionado muy duramente y hasta se habló de que lo iban a suspender. Yo no terminaba de entender tanta severidad por un insulto que no me parecía especialmente grave, hasta que me dijeron: “Aquí en Venezuela llamar a uno desgraciado es lo peor que se le puede decir. Es como mentarle la madre”. Quedé abrumado por esa revelación y, si eso sigue siendo cierto, más allá de lo que puedan decir los diccionarios, no comprendo cómo alguien pueda amontonar tanto odio para ofender así, y tan repetidamente, a una persona.

A Pablo Pérez lo llamó imbécil porque supuestamente es una marioneta de Rosales; es decir, porque no tiene opinión ni decisión propias, porque hace todo lo que el gobernador le dice que haga. Con su misma lógica: son imbéciles todos los candidatos de Chávez porque ciertamente no se van a atrever a contradecirle en nada. ¿Caerían en la cuenta los que reían y aplaudían cuando llamaba imbécil a Pablo Pérez que también les estaba insultando a ellos? Es lamentable comprobar que el Presidente ha logrado arrinconar a sus candidatos en un dilema bien triste: O imbécil (el que sigue al otro incondicionalmente, sin crítica alguna), o traidor, si se atreve a opinar o actuar en algo, por mínimo que sea, distinto de lo que él piensa y decide. Ejemplos para comprobar lo dicho, sobran. Si no, que se lo pregunten a sus aliados del Partido Comunista o del PPT, que están demostrando tener un pellejo bien duro…

Chávez busca su BarbiePara el Presidente los que siguen a Rosales y Pérez, lo hacen porque están engañados. Es la misma razón con la que intentó justificar la derrota del 2 de Diciembre. Pero es una forma sutil de seguir ofendiendo a la gente: son manipulables, no tienen opinión ni personalidad propia, se dejan engañar o comprar…

No sé si Rosales o Pérez han descendido al nivel tan bajo al que pretendió llevarles el Presidente y le han respondido con términos y ofensas semejantes. Espero que no. Si lo hacen, también los desapruebo con la misma vehemencia e indignación. Estoy muy convencido que valiente no es el que ofende y golpea, si no el que es capaz de dominarse a sí mismo.

Siempre recuerdo en estos casos, la historia de aquel Gran Samurai que se mantuvo impertérrito, en total silencio, ante las injurias, insultos y ofensas que le lanzaba un joven guerrero, que le había retado a pelear. Cuando los alumnos del viejo Samurai le preguntaron por qué había permitido tantas humillaciones y ofensas en silencio, el samurai les dijo: “Si alguien te ofrece un regalo y no lo aceptas, ¿a quién pertenece el regalo?”

-Al que intentó dártelo –respondieron los alumnos.

-Pues lo mismo pasa con los ultrajes y la ofensas. Si no los aceptas, se devuelven al que te los quiso dar.

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